Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Extremo Oriente > La pesadilla norcoreana





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
La pesadilla norcoreana
Colaboraciones nº 174   |  30 de Agosto de 2004
 
(Publicado en Weekly Standard: del número del 30 de agosto del 2004: volumen 009, número 47)
 
El poderoso librito de E. H. CARR La crisis de los veinte años argumentó vaticinadoramente en 1939 que los acontecimientos que llevaban a Europa a la guerra no eran repentinos ni nuevos, sino que precisaron de dos décadas para fraguarse; la crisis entreguerras de Europa hundía sus raíces en las políticas del poder, enmarcadas por la ambición insaciable de los estados revisionistas, e intensificada por la terca reticencia de algunos líderes europeos (y norteamericanos) a reconocer estas realidades desagradables pero indiscutibles. Escrito sin embargo en otro momento y en otro lugar, La crisis de los veinte años podría ofrecerse como material de ilustración hoy para legisladores que luchan por comprender el drama internacional que gira en torno al programa de armas nucleares de Corea del Norte.
 
La crisis nuclear de Corea del Norte, por supuesto, no es exactamente noticia. Si, como el Profesor Carr, queremos datar la duración de la crisis, nos veríamos obligados a remontarnos muchos años: quizá a la negativa de Pyongyang de noviembre de 1992 a cooperar con los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (la AIEA) de la ONU, que intentaban reconstruir la historia completa de los dos enclaves sospechosos del programa nuclear de Corea del Norte; o al anuncio de marzo de 1993 de Corea del Norte de retirarse del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (NPT) que dio a los inspectores de la AIEA la autoridad [necesaria] para proseguir su investigación; o incluso a la declaración acompañante de marzo de 1993 de “semi-estado de guerra” en Corea del Norte por Kim Jong Il y la advertencia de que “se ha creado una situación grave extremadamente delicada en la que puede estallar la guerra en cualquier momento”.
 
De hecho, la imagen siguiente de la crisis de la península coreana, escrita por Paul Bracken en otoño de 1993, podría haberse publicado ayer igual:
 
Corea del Norte está en  medio de una crisis que amenaza su existencia. La situación es extraordinariamente peligrosa porque se encuentra en los últimos peldaños de la escalada. La Península Coreana, por otra parte, está fuertemente militarizada y carece de capacidad de gestión en crisis. Tratar la proliferación nuclear en sus últimas etapas será mucho más difícil que solucionar los problemas de proliferación en otros países... El régimen absolutista del Norte ha limitado el espacio de maniobra que tiene para operar dentro de estructuras militares y económicas muy inestables. Aunque hay riesgos de presionarlo demasiado, una Corea del Norte armada nuclearmente constituiría  la  largo tiempo temida pesadilla de la comunidad internacional: un estado armado hasta los dientes en una posición desesperada; con legisladores inestables y pobre dirección y control.
 
Estrictamente, las particularidades de la crisis nuclear de Corea del Norte hoy difieren en algunos aspectos de las de una década antes. Pero es sin embargo la misma crisis, modelada  por los mismos fundamentos. Y como La crisis de los veinte años de Carr, esta crisis coreana puede manifestarse durante los próximos años. Pero igual que en la Europa de entreguerras, el equilibrio es inherentemente inestable.  Algún acontecimiento o acontecimientos decisivos acabarán finalmente por provocar cambios dramáticos - quizá explosivos - que reconfigurarán profundamente la ecuación de la seguridad en la región.
 
Para la mayor parte de los actores implicados en el drama - Estados Unidos, Corea del Sur, Japón, China, y Rusia - el resultado preferible de la crisis sería una resolución factible y pacífica a través de negociaciones diplomáticas. Pero en este drama, como en el drama de la Europa de entreguerras, el producto más deseable puede ser muy bien el menos probable. Dados el carácter y objetivos del actor principal de la obra - el régimen de Pyongyang - es difícil preconizar cómo podrían armonizarse los intereses contrapuestos de las principales partes. Esto no quiere decir que no vayamos a ver conversaciones internacionales convocadas o "logros" aclamados. (Después de todo, hemos visto un montón durante la última década; es probable que haya más de lo mismo al frente). Sino que  sugiere que es ínfimamente probable que tales conversaciones y “logros” desactiven la crisis actual en sí.
 
La crisis nuclear norcoreana del 2002-2004 ha sido tratada como una terrible sorpresa por prácticamente la totalidad de gobiernos que se han visto  arrastrados a ella. Antes de esa irrupción, está bien recordar que el optimismo cauto acerca de una nueva actitud constructiva en Pyongyang llevaba extendiéndose bastantes años en los círculos diplomáticos internacionales. Y el optimismo parecía tener los hechos de su parte, dado que en el período entre finales de 1999 y octubre del 2002 -- es decir, hasta el mes en el que Washington presentó a Corea del Norte pruebas de que tenía un programa nuclear secreto que violaba muchos compromisos y obligaciones de tratados - las relaciones entre Pyongyang y sus vecinos (de hecho, con la comunidad internacional entera) eran algo mejores que en cualquier momento previo desde el fin de la Guerra de Corea.
 
Recuérdese: la “política deslumbrante” del presidente surcoreano Kim Dae Jung dio lugar a la primera cumbre de la historia entre jefes de estado coreanos en el verano del 2000. A finales de ese año, la Secretario de Estado Madeleine Albright visitó Pyongyang, la visita de más alto nivel nunca realizada por un funcionario norteamericano a Corea del Norte. La actitud internacional de Corea del Norte se juzgó lo suficientemente propicia como para que ocho estados europeos (incluyendo a Gran Bretaña, Alemania e Italia) y la Unión Europea eligieran normalizar las relaciones con Pyongyang. En septiembre del 2002, el Primer Ministro japonés también visitó Pyongyang. Esa fue la primera visita a Corea del Norte de un jefe de estado japonés. Kim Jong Il realizó dos visitas oficiales a Rusia en el 2001 y 2002; éstas habían sido precedidas de una histórica visita a Pyongyang del Presidente ruso, Vladimir Putin, en el verano del 2000. El Presidente chino, Jiang Zemin, también visitó Pyongyang en septiembre del 2001. Corea del Norte parecía hasta intentar emular a China en un experimento breve y fallido de abrir una zona económica especial en el río Yalú en septiembre del 2002.
 
En tan aparentemente prometedor contexto, La súbita espiral de declive en las relaciones exteriores de Corea del Norte desde octubre del 2002 parece aún más consternadora - y para muchos, desconcertante. Algo capital en cualquier etapa de la crisis en curso debe ser intentar comprender las motivaciones tras el proyecto secreto de Pyongyang para producir el uranio altamente enriquecido (HEU) que se utiliza en las cabezas nucleares. Algunos analistas ven la tentativa de adquirir armas nucleares como una estrategia clásica de llevar más allá el objetivo de Corea del Norte de reunificar la península militarmente. Otros ponen énfasis en la supervivencia - un canto del cisne por salvar el régimen moribundo de Kim Jong Il. Los hay que lo ven como una combinación de motivos: múltiples intentos de procurar la supervivencia del régimen, asegurarse la disuasión “existencial” contra Estados Unidos, impulsar la moral del régimen, e intimidar a Corea del Sur y a Japón.
 
Examinemos primero, no obstante, algunas de las hipótesis que no pueden explicar el comportamiento de Pyongyang. Tras la revelación de octubre de 2002 del programa nuclear encubierto de Corea del Norte, gran parte de la crítica en sotto voce de los círculos diplomáticos implicaba o afirmaba que la actual crisis estaba causada por Estados Unidos - específicamente, por la postura hostil de la administración Bush. Según esto, el flirteo de la Casa Blanca con la doctrina preventiva, su designación de Corea del Norte como miembro de un “eje del mal”, y el propio desprecio del presidente diciendo "detestar personalmente” a Kim Jong Il, presionaron al gobierno de Corea del Norte hasta abandonar una política de conciliación y aferrarse a las opciones nucleares.
 
Pero un vistazo rápido a la cronología de la crisis actual muestra que la administración Bush no puede ser el agente responsable del callejón sin salida actual. Por poner cada cosa en su sitio, el último giro de la crisis nuclear norcoreana no comenzó con un cambio de actitud por parte de Washington. En su lugar, ¡comenzó cuando Pyongyang fue sorprendido mintiendo - y admitiéndolo!.
 
Por otra parte, como fuentes occidentales de inteligencia parecen hoy convenir, el programa secreto HEU había comenzado antes de 1997-- es decir, años antes de que la administración actual llegara al cargo. Ese programa secreto, vale la pena notarlo, salió adelante durante los días exultantes de la política brillante de Kim Dae Jung. Salió adelante mientras Corea del Norte normalizaba las relaciones diplomáticas con la Unión Europea y mientras la Secretario [de Estado] Albright bailaba el agua a Pyongyang. Y era llevado a cabo incluso mientras el Primer Ministro japonés y  Kim Jong Il firmaban una declaración conjunta prometiendo "respetar todos los acuerdos internacionales en favor de una solución factible al tema nuclear en la Península Coreana”. El tono de las relaciones internacionales, en otras palabras, no parece haber influido en ningún sentido sobre la inclinación de Pyongyang hacia la consecución de un programa secreto de armamento nuclear.
 
Otra hipótesis insatisfactoria - especialmente solicitada en los círculos progresistas de Corea del Sur - sostiene que el programa HEU del Norte fue ideado realmente como estímulo para romper el callejón sin salida diplomático existente con Estados Unidos, y para llegar a un acuerdo más factible en los excepcionales desacuerdos que separan a Washington y Pyongyang. Destacando que el proyecto HEU de Corea del Norte parece ser un proyecto lento que requiere años para completarse, este argumento sugiere que la dirección de Corea del Norte eligió este tipo de programa precisamente para que las cosas en su juego fueran lentamente, y disponer de tiempo para negociar y poner condiciones antes de disponer de hecho de un arma.
 
Al igual que la teoría previa, esta también se ve desafiada empíricamente. Descuida el hecho nada trivial de que Corea del Norte fue pillada en una violación nuclear flagrante. Los engaños y las violaciones nucleares, además, no son los lubricantes ideales para un avance diplomático entre los gobiernos que desconfían entre sí. Mientras es cierto que el progreso en la acumulación de uranio altamente enriquecido se vio ralentizado por la decisión de utilizar muchas centrifugadoras pequeñas en la tarea, la elección parece haber sido hecha para evitar la detección. No hay evidencia de que Pyongyang hubiera informado a su supuesto socio norteamericano en las negociaciones del proyecto HEU si no hubiera sido detectado por la inteligencia norteamericana. Para terminar, resta un puñado de teorías alternativas y conflictivas acerca de las intenciones detrás de la decisión de Corea del Norte de desarrollar un programa de armas nucleares secreto. Al cotejar las explicaciones posibles excluyentes para sucesos oscuros, los expertos en lógica y epistemología han favorecido desde hace tiempo la explicación más parsimoniosa, alias la espada de Ockham. Para seguir esa aproximación, conjeturaremos simplemente que el impulso por desarrollar armas nucleares refleja el profundo deseo de Pyongyang por poseerlas.
 
Puede desearlas como disuasión; como símbolo nacional; por beneficio económico. Puede que las quiera como una política de seguridad para la supervivencia del estado; como herramienta en la búsqueda de una reunificación incondicional con Corea del Sur; como medio de equipararse en su concurso altamente desigual con Estados Unidos. Puede que nunca tengamos suficiente información como para permitirnos calibrar la importancia relativa de los muchos y diferentes factores posibles que podrían estimular el deseo de la dirección norcoreana hacia las armas nucleares. Sabemos, sin embargo, que la dirección norcoreana simple y llanamente parece querer armas nucleares y parece quererlas a cualquier precio. Sabemos, por ejemplo, que Corea del Norte lleva desarrollando su programa nuclear durante décadas - y que a expensas de una sociedad muy pobre, ha construido una infraestructura nuclear compleja y diversificada. Como destacó Joseph S. Bermúdez Jr. poco después de que el intento HEU fuera revelado públicamente,
 
Dado lo que sabe Occidente del programa nuclear de Corea del Norte, es evidente que ha sido,  y está siendo, desarrollado de modo similar a China, es decir, de un modo paralelo, explorando múltiples caminos concurrentes en lugar de una forma en serie especializada.
 
La comparación con China parece ser particularmente instructiva. Igual que Beijing en la era anterior, Corea del Norte ha salido adelante con su proyecto nuclear a pesar de la carencia desesperada e incluso del hambre, y sin preocuparse de su impacto sobre las relaciones con otros países. Las acciones nucleares de Corea del Norte en los meses siguientes a octubre del 2002 tampoco han traicionado la enorme ambivalencia previa acerca de la perspectiva de lograr el estatus de potencia nuclear: durante este periodo, Pyongyang ha declarado nulo y anulado el “Marco Acordado” con Estados Unidos por congelar sus instalaciones nucleares; se ha retirado formalmente del Tratado de No Proliferación Nuclear; ha expulsado a todo inspector de la AIEA de su instalación nuclear de Yongbyon, eliminado todos los "precintos" del equipo de Yongbyon, y abierto las 8000 barras del reactor de plutonio de la instalación, anteriormente selladas; ha anunciado que está reprocesando ese plutonio; y ha declarado que su posición militar precaria con respecto a Estados Unidos le obliga a desarrollar una  "disuasión de paz” nuclear.
 
Toda evidencia a nuestra disposición, en pocas palabras, sugiere que la dirección norcoreana ha tratado la adquisición de capacidad nuclear como un compromiso duro e inamovible, una alta prioridad de estado. El problemático corolario de este análisis, por supuesto, es que los gobiernos no son disuadidos fácilmente de perseguir sus propias altas prioridades. La noción de la que se podría hablar al régimen de Pyongyang de lograr completar  su largamente buscado proyecto de armas nucleares parecería exigir a los estudiantes de seguridad internacional algo como una suspensión de la fe en las realidades de la política del poder. Por decirlo simplemente, la ardua marcha de Corea del Norte hacia convertirse en una potencia nuclear no parece el tipo de “conflicto internacional” tratado en las negociaciones convencionales.
 
Durante los dos últimos años, los vecinos de Corea del Norte han respondido al drama nuclear descubierto de diversas maneras. La distancia con respecto a Pyongyang parece clasificar estas respuestas. Los estados lejanos han expresado las respuestas más fuertes, mientras que los estados contiguos han reaccionado con más calma.
 
Considerando que Rusia (o en su defecto, la Unión Soviética) probablemente tuvo que ver con el programa de armas nucleares de Corea del Norte más que ningún otro gobierno, Moscú se ha mostrado imperturbable por la situación entera. En lugar de designar la adquisición por parte de un vecino inestable de armas nucleares como una bomba de tiempo (por hablar), ha actuado como si la última crisis fuera una oportunidad. El Presidente ruso Vladimir Putin y su aparato de política exterior han tratado hasta la fecha la intentona de Pyongyang de desarrollar armas nucleares no como una amenaza a la seguridad internacional - o a los propios intereses de Rusia - sino como un dispositivo con el que Rusia puede recuperar su equilibrio diplomático perdido en Corea del Norte , y recuperar una parte de su anterior influencia sobre el noreste de Asia.
 
China permaneció sorprendentemente en silencio sobre el tema nuclear de Corea del Norte durante los meses siguientes a  las revelaciones del HEU. La cúpula china ya estaba tratando un tema político doméstico - de nombre, el tema de la sucesión de la dirección - y fue así más reacia que de costumbre a tomar un papel activo en un conflicto que implica a Corea del Norte, como Washington le llevaba solicitando que hiciera. (El Presidente Bush telefoneó al Presidente chino, Jiang Zemín, tres veces a comienzos del 2003 para intentar obtener un compromiso chino de cooperación). Los líderes chinos están sin duda nerviosos por la idea de una crisis nuclear que lleve a una guerra o al colapso del régimen de Corea del Norte. Aún así, hasta la invasión norteamericana de Iraq, Beijing deseaba limitar aparentemente su implicación en las deliberaciones con Corea del Norte, y pidió que Estados Unidos se implicara directamente con la dirección de Corea del Norte. Sin embargo, China se ha estado impacientando con el dictador del Norte. David M. Lampton, un destacado experto en China de Washington, argumentó que la directiva de China pasó de "complaciente" a “apopléjica” con los norcoreanos en el espacio de seis meses tras las revelaciones del  HEU.
 
Hubo algunas señales bastante fuertes de creciente descontento de Beijing con Corea del Norte incluso antes de marzo de 2003. La semana posterior a que Pyongyang anunciara su retirada inminente del Tratado de No Proliferación Nuclear, por ejemplo, China efectuó un ejercicio militar de siete días cerca de la frontera norcoreana. Y aunque las reducciones no se anunciaron públicamente, los datos comerciales chinos sugieren que los subsidios económicos a Corea del Norte fueron recortados significativamente entre el 2001 y el 2002 -- en un descenso que continuó durante el comienzo del 2003, cuando, en la antesala de la Operación Libertad Iraquí, China tomó la iniciativa diplomática de arbitrar las conversaciones multilaterales con Corea del Norte. (Desde marzo del 2003, China ha celebrado cuatro de tales sesiones: una ronda de conversaciones a tres bandas entre Pyongyang, Washington, y Beijing, y tres rondas de conversaciones a seis bandas que también incluyeron a Moscú, Tokio, y Seúl). Es bastante interesante que aunque China ha utilizado en apariencia su palanca económica con Corea del Norte aquí y allá, hasta la fecha se ha decantado constantemente en contra de la amenaza de sanciones económicas internacionales: quizá porque Beijing teme que tales medidas minen de hecho el régimen de Corea del Norte, con consecuencias imprevisibles para China, o quizá porque tales sanciones serían una aplicación de presión sobre el Norte más allá del control inmediato de Beijing.
 
A pesar de la reputación de Japón como "ecuánime" empedernido en las crisis internacionales, los líderes japoneses, bregando con las consecuencias de su propia crisis norcoreana de los secuestrados japoneses, se alineó inconfundiblemente tras Estados Unidos en la última crisis nuclear. Cuando las noticias del anuncio norcoreano se hicieron públicas durante el viaje de Kelly de octubre del 2002, Tokio publicó inmediatamente una denuncia; El Primer Ministro Koizumi agregó que el tema de la normalización de las relaciones con Pyongyang no podría progresar más hasta que el tema de los secuestrados japoneses y el del programa nuclear norcoreano se resolvieran para la satisfacción de Japón.
 
Como consecuencia de las revelaciones nucleares, Japón adoptó algunas respuestas poco características; asombrosamente, se toparon con poca oposición doméstica. Primero, en una salida de la política japonesa de seguridad del último medio siglo, el jefe de la Agencia de Defensa, Shigeru Ishiba, declaró que Tokio abogaría, y participaría, en un ataque preventivo contra Corea del Norte si Japón se encontrara en peligro inminente de ataque con misiles norcoreanos. El Ministro de Asuntos Exteriores, Yoriko Kawaguchi, apoyó públicamente la posición de Ishiba, explicando que tal movimiento estaría “dentro del marco jurídico” de la constitución japonesa, que limita las acciones militares a la autodefensa. En segundo lugar, tras décadas de tolerar tal comercio, Japón maniobró para suspender la fuente de remesas de efectivo que llevan abriéndose camino a Corea del Norte desde la comunidad japonesa de ascendencia coreana, con vínculos con Pyongyang. En la sesión de la Diet, que finalizó en junio, Tokio atusó más sus restricciones legales, permitiendo al gobierno imponer sanciones económicas sobre Corea del Norte unilateralmente, y prohibiendo además sumariamente a barcos específicos atracar en puertos japoneses.
 
Tercero, en junio del 2003, la Diet japonesa aprobó una serie de leyes de contingencia en la guerra que permiten que el gobierno asuma mayores poderes en tiempos de emergencia nacional. Que estas leyes se aprobaran con poca controversia da fe de las preocupaciones nuevamente incrementadas del público japonés ante las amenazas de seguridad a su país por - especialmente desde - Corea del Norte. Debe también observarse que las maniobras de Japón fueron realizadas con poco respeto hacia la opinión pública en todo Asia, una consideración que pesó fuertemente sobre la política exterior y de seguridad japonesa en el pasado.
 
La última ronda del drama nuclear de Corea del Norte manifestó que Tokio aún no ha dominado su impulso habitual de "equilibrio” en tiempos de crisis. El pasado mayo, el Primer Ministro Koizumi realizó otra visita a Corea del Norte para otra cumbre con Kim Jong Il - y para informar tras este asueto que el Querido Líder desea “claramente” desnuclearizar su país. (Esta declaración improbable fue seguida, algunos meses después, por un compromiso renovado de ayuda alimentaria japonesa para la también interminable crisis alimentaria de Corea del Norte).
 
Sin embargo: La postura de Japón en la última crisis nuclear de Corea del Norte lleva siendo prácticamente la diametralmente opuesta a su posición en la previa. En la crisis nuclear de 1993 - 94, cuando las fuerzas norteamericanas contemplaron ataques contra las instalaciones nucleares de Corea del Norte, Washington no estaba  seguro de si los aviones norteamericanos serían bienvenidos en tierra en los aeropuertos civiles japoneses en caso de emergencia. Aun así, este cambio de postura sólo significó que Japón estaba preparado para seguir de cerca el problema nuclear de Corea del Norte. Tokio era aún reticente e incapaz de conducir una crisis regional. El país más directamente afectado por la crisis nuclear de Corea del Norte es, por supuesto, Corea del Sur. Pero inicialmente, para los líderes de Corea del Sur, los sucesos justo al norte de Seúl parecían ser la menor de sus preocupaciones. Al estallar la crisis en el otoño del 2002, Kim Dae Jung ya estaba en aprietos por las irregularidades que rodeaban su política brillante: habían aflorado pruebas de que su gobierno había hecho pagos ilegales y secretos al Norte, suponiendo quizá centenares de millones de dólares, para asegurar la histórica cumbre de Pyongyang de junio del 2000. Pero el Presidente Kim no estaba preparado para admitir que las nuevas revelaciones nucleares de Corea del Norte amenazaban la mera racionalidad de su amada política; de hecho, su administración intentó conducir el tema más o menos como si el descubrimiento del programa HEU  no hubiera sucedido. A finales del 2002, Corea del Sur se encontraba en medio de unas elecciones presidenciales reñidas, acaloradas e ideológicamente cargadas. Una ola de sentimiento antiamericano barría la generación surcoreana más joven como consecuencia de la absolución de dos soldados norteamericanos que habían atropellado accidentalmente a dos escolares coreanas con su vehículo militar. Era obviamente el momento menos propicio para la cooperación Estados Unidos - Corea del Sur con respecto a la crisis de Corea del Norte.
 
La elección de Roh Moo Hyun en diciembre del 2002 no sirvió para despejar las preocupaciones norteamericanas acerca de la fiabilidad de su socio y aliado surcoreano. En los dos meses entre las elecciones y el cambio, El equipo de Roh no hizo casi nada para sugerir a los funcionarios de Washington que la nueva administración se uniría a Estados Unidos a la hora de confrontar el problema nuclear de Corea del Norte. Se expresaron dudas por todo Corea del Sur de que existiese siquiera un programa de armamento nuclear en el Norte, y en un momento, el propio Roh fue citado insinuando que si comenzaba una guerra, mantendría a Corea del Sur fuera de las hostilidades y actuaría como mediador entre Washington y Pyongyang.
 
Pero si Roh se inclinaba hacia el equilibrio con respecto a la creciente amenaza de Corea del Norte, otros cuya opinión no podría ignorar no lo hacían. En un golpe a la confianza en la joven administración Roh, el Moody's Investors Service rebajó la perspectiva de crédito de Corea del Sur en dos unidades, de positiva a negativa, citando específicamente la crisis nuclear de Corea del Norte; los recortes en los índices se acompañaron de una caída significativa de la bolsa surcoreana, un descenso abrupto de la inversión directa exterior, un máximo en los costes de préstamo, y una ralentización económica, atribuido todo en parte a las inquietudes financieras ante la situación norcoreana. Más o menos al mismo tiempo, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, acarició la idea de traer de vuelta a una parte significativa de las tropas norteamericanas estacionadas en Corea del Sur, las que se encuentran a lo largo de la zona desmilitarizada (DMZ). Pronto quedó claro que esto no era un globo sonda, sino una decisión ya determinada. La perspectiva de un reposicionamiento de fuerzas norteamericanas causó estupor en todo el estamento político de Corea del Sur - y la posibilidad de que el plan de “racionalización” del Pentágono prefigurara realmente una retirada norteamericana fue saludada casi con consternación universal, incluso en círculos que habían sido extremadamente críticos con la política norteamericana semanas antes.
Bajo estas presiones inesperadas, el gobierno de Roh cambió de curso, rechazando sus más memorables comentarios de los meses anteriores. El Primer Ministro, Goh Kun, solicitó que las fuerzas norteamericanas permanecieran en Corea con propósitos disuasorios. El jefe de personal del ejército , Nam Jae Joon, “clarificó” la posición militar del gobierno, identificando específicamente a Corea del Norte como la principal amenaza a la seguridad del Sur. Aunque esta designación puede parecer completamente predecible, el quid de la cuestión es que la administración de Kim Dae Jung no pudo lograr describir al Norte de tal manera durante la mayor parte del tiempo en el puesto.
 
Para la época en que Roh visitó Washington en mayo del 2003, estaba claro que el nuevo presidente quería ser visto como socio de Washington. Roh había aprendido rápidamente que una alianza sana y creíble Estados Unidos - Corea del Sur era imprescindible, no sólo para restaurar la confianza pública en su mandato en Corea del Sur sino también para tranquilizar a las comunidades industriales y financieras nacionales y exteriores con que Corea del Sur era aún un lugar donde seguir haciendo negocios. Así que la administración Roh se encontró en la delicada posición de intentar una política de “apaciguamiento dual”: aplacar simultáneamente a Pyongyang y a Washington. Era un tema intrincado, dependiente más de la vaguedad y la indecisión oficial. En una cumbre de junio del 2003 con el Primer Ministro japonés Koizumi, por ejemplo, Roh concurrió en la formulación de que una Corea del Norte armada nuclearmente sería “intolerable”: pero evitó cuidadosamente explicar exactamente qué medidas serían “tolerables” para prevenir este contratiempo.
 
En los meses siguientes, el enfoque del “apaciguamiento dual” no sólo persistió, sino que se convirtió en rutina. Así, por una parte, Roh presionaría a la Asamblea Nacional para aprobar el envío de tropas surcoreanas en apoyo de la coalición liderada por Estados Unidos en Iraq, mientras que por la otra,  el recién estrenado ministro de unificación de Roh animaría a los empleados de ayuda humanitaria y ONGs a no ayudar a los refugiados norcoreanos a huir de su desgraciada patria, aconsejando en su lugar "contención”. La dinámica del apaciguamiento dual dio un giro potencialmente trascendental en la primavera del 2004, como consecuencia de un cómico complot de impugnación concebido por el partido de la oposición de Corea del Sur. Los medios de comunicación norcoreanos pedían a gritos el castigo de los legisladores que habían favorecido la impugnación del presidente del apaciguamiento; en los comicios de abril del 2004, los votantes surcoreanos lo obligaron debidamente. Por primera vez en la historia de la Corea dividida, el electorado del Sur había coincidido con el consejo del régimen del Norte acerca de los derroteros de los asuntos nacionales de su propio país.
 
Los Estados Unidos han seguido siendo el defensor más abierto de una línea dura con Pyongyang - era de esperar, considerando el desprecio abierto del Presidente Bush hacía Kim Jong Il, y el apoyo doctrinal de su administración a un “cambio del régimen” como instrumento de la política de seguridad internacional. Pero la posición crítica hacia Corea del Norte y sus violaciones nucleares no debería ser necesariamente un error para una política efectiva y coherente. En varios puntos durante la escalada de la crisis de Corea del Norte, la posición de la administración Bush ha parecido ser confusa, reactiva o vacilante. De hecho, tres años y medio en el cargo después, la administración aún parece estar buscando el consenso interno, con contrastes sustanciales de opinión dentro del gobierno, particularmente entre el Departamento de Estado y el Pentágono, de ninguna manera resueltos.
 
Algunos esperaban que el final de la campaña militar de Iraq despejara tiempo para la planificación política del problema de Corea del Norte, pero no parece que éste sea el caso. Irónicamente, la iniciativa más sustancial de Norteamérica en materia coreana ha implicado a Corea del Sur - siendo ésta el realineamiento previsto de las fuerzas norteamericanas, con una reducción de un tercio de las fuerzas norteamericanas en Corea hoy programada para finales de 2005. Mientras que algunos discutirían que el realineamiento previsto es sensato, incluso está bastante atrasado, nadie podría argumentar en serio que es el problema más acuciante que Estados Unidos afronta en este momento en la península coreana.
 
Al adoptar la postura desafiante, pero no obstante, enormemente pasiva de rehusar ceder al chantaje norcoreano, la administración Bush parece buscar que otras naciones tomen la iniciativa en Corea. Por supuesto, esta posición puede pasar factura más pronto o más tarde. La cuestión es: ¿Cuanto tiempo puede esperar el mundo?. Quizá la Casa Blanca tenga conocimiento a través de inteligencia fiable que el programa de armamento nuclear del Norte está aún lejos de su objetivo. A uno sólo le queda esperar que éste sea el caso, dado que los problemas en otras regiones, incluyendo Oriente Medio, prometen ocupar aún más atención de Washington en un futuro no tan distante. Otra crisis nuclear, esta en Irán, amenaza ya con eclipsar la peligrosa secuencia de sucesos que se escenifica en la península coreana.
 
La administración Bush parece estar mareando la perdiz con Corea del Norte - mientras que Corea del Norte parece acometer afanosamente su meta de estatus de potencia nuclear declarada. El creciente agujero entre el problema entre manos y la respuesta norteamericana a él es palpable: tras casi dos años desde la última inflamación de la crisis nuclear norcoreana, Washington no sólo carece de una solución para este grave problema, sino que aparentemente no ha empezado siquiera a formar un acercamiento factible a tal solución.
 
Aunque la administración Bush ha dejado claro su desdén al enfoque conciliador hacia Pyongyang tomado por el Presidente Bill Clinton, ha ofrecido muy pocas indicaciones de qué es, más o menos, lo que debe reemplazarlo. Hasta la fecha,  la respuesta más proactiva de la administración a la crisis nuclear norcoreana ha sido la creación de una Iniciativa de Seguridad de Proliferación (PSI) multinacional para prohibir el contrabando norcoreano en el exterior (un esfuerzo, debe observarse, al que Corea del Sur ha rehusado unirse).
 
De otro modo, el expediente de la administración en asuntos norcoreanos consiste principalmente en quejas proclamadas en alto acerca de presionar a Pyongyang hacia negociaciones bilaterales; preocupación por la actitud de despreocupación ante las amenazas de Corea del Norte de proceder al procesamiento de plutonio; y la reclasificación taxonómica de Pyongyang a miembro del “eje del mal” desde el “estado de preocupación” de la administración Clinton.
 
Tres resultados alternativos del callejón sin salida actual son posibles. El primero sería el logro de un acuerdo pacífico negociado - un acuerdo diplomático por el que el Norte abandonaría su programa de armas nucleares. (Esto  es precisamente lo que muchos  argumentaron que Washington había montado en el Marco de Acuerdo de 1994, con el canje de la instalación de Yongbyon a cambio de incentivos económicos y compromisos de seguridad). El segundo sería ignorar la extorsión del Norte diplomáticamente y simplemente aceptar la llegada de una Corea del Norte armada nuclearmente, haciendo frente a todos los peligros que la acompañan conforme se presenten. Un tercer producto sería implementar y considerar una estrategia de cambio de régimen en Pyongyang.
 
El acuerdo pacífico negociado es claramente el producto preferible para la mayoría de los gobiernos involucrados en la crisis nuclear de Corea del Norte. Sería al menos problemático y el escenario ventajoso más inmediato para todos los socios potenciales negociadores de Pyongyang. Desafortunadamente, la perspectiva de un acuerdo negociado para desmantelar el programa de armas nucleares de Pyongyang es extraordinariamente remota. Uno puede hacerse una idea de la improbabilidad de tal producto cuando considera los muchos obstáculos contra él.
 
Se debe comenzar con el problema de las intenciones de Corea del Norte. Durante la última docena de años, la diplomacia occidental no ha reparado en gastos para sondearlas. A comienzos de los 90, la administración de Roh Tae Woo, del Sur, la sondeó durante dos años, asegurando con el tiempo una Declaración de Desnuclearización Conjunta Norte - Sur de la Península Coreana de 1992. Cuando ese acuerdo colapsó, la administración Clinton y el gobierno norteamericano sondearon las intenciones nucleares de Pyongyang en el año y medio de diplomacia que culminó en el Marco Acordado de 1994. Tras 1998, como consecuencia del primer episodio que amenazó con echar abajo el Marco Acordado, la administración Clinton sondeó aún más las intenciones norcoreanas a través de lo que se conoció como “el Proceso Perry”. Y por supuesto, el Presidente Kim Dae Jung sondeó las intenciones nucleares norcoreanas desde 1998 hasta comienzos del 2003 con la hoy desacreditada política brillante. Repasando este historial, uno sugeriría que tenemos una idea bastante clara de las intenciones nucleares de Corea del Norte - nos gusten o no. Esas intenciones no parecen conducir exactamente a un acuerdo voluntario para desnuclearizar  Corea del Norte.
 
Un segundo problema concierne al precedente internacional que se establecería por una solución negociada a la crisis nuclear de Corea del Norte. Hasta el momento, Corea del Norte ha violado explícita y provocativamente más restricciones de no proliferación que cualquier otro estado - pero no ha sufrido castigo alguno por su comportamiento (aparte de la suspensión de los suministros de crudo gratuito cuando se derrumbó el Marco Acordado). La comunidad internacional intenta poner fin ya al programa nuclear de Corea del Norte, a través del hoy moribundo Marco Acordado. Si fuera a proporcionar recursos para estrangular el proyecto nuclear de Corea del Norte de nuevo en un nuevo acuerdo negociado, la señal para otros futuros proliferadores en otras localizaciones sólo sería desestabilizadora. La lección de tal acuerdo no pasaría por alto al gobierno de Irán, o al pueblo de un Iraq reconstruido (cuyo anterior gobierno fue castigado mucho más severamente por transgresiones nucleares mucho menos amenazadoras - quizá precisamente porque no eran aún amenazadoras). Un acuerdo negociado con recompensas para Pyongyang enviaría un mensaje muy peligroso: A saber, el desarrollo rápido de una capacidad nuclear  relevante puede ser una estrategia provechosa e inteligente - especialmente si un estado se encuentra en problemas financieros.
 
Aparte de todos los restantes obstáculos para un acuerdo diplomático a la actual crisis nuclear, existen prohibiciones particulares que no deben olvidarse. Aparte del armisticio de julio de 1953  que termina el conflicto coreano - el cual se ha mantenido solamente a través de la fuerza continuada de las armas norteamericanas - es difícil señalar un acuerdo que Pyongyang no haya violado en sus más de 55 años en el poder. Durante casi tres décadas, Pyongyang ha sido el receptor por defecto de centenares de millones de dólares en créditos que contrató con occidente, y los archivos del Bloque Soviético revelan hoy que Corea del Norte ignoró los términos de sus préstamos con acreedores socialistas de modo rutinario. Corea del Norte se ha burlado regular y repetidamente de los protocolos que rodean el uso de las relaciones diplomáticas, utilizándolas para transportar narcóticos y otros materiales ilegales a países en los que los funcionarios norcoreanos gozan de inmunidad diplomática. El gobierno norcoreano ha patrocinado el terrorismo de estado en países con los que disfrutaba de relaciones diplomáticas. Ha violado aguas territoriales de gobiernos que le habían concedido el reconocimiento diplomático, mediante cargamentos de drogas y contrabando militar patrocinados por el estado. ¿Por qué iba alguien a pensar que Corea del Norte se adheriría a algún acuerdo nuevo, dado este historial - mucho menos a un acuerdo sobre armas nucleares?.
 
El segundo resultado posible de la crisis actual implica convivir  con una Corea del Norte nuclear. Estados Unidos ha convivido con, y ha soportado a, estados peligrosos nucleares en el pasado, como atestigua la historia de la Guerra Fría. Pero los costes y riesgos que presenta una Corea del Norte nuclear serían temibles. El ejemplo de una  irrupción de una Corea del Norte nuclear  animaría la proliferación en otras regiones - y una Corea del Norte nuclear podría animar esa proliferación a través de la exportación de armamento, tecnología y conocimiento. Dentro de la región del noreste asiático, el impacto de la entrada de Corea del Norte en el club nuclear tendría también implicaciones a largo plazo. Más que cualquier otro estado moderno, Pyongyang vive de la extorsión militar occidental; el armamento nuclear mejoraría dramáticamente los beneficios esperados de esa política; con una Corea del Norte nuclear hostil como centro geográfico, las economías de la región del noreste asiático no podrían evitar sufrir: el descenso financiero que sufrió Seúl como consecuencia de que Corea del Norte enseñara los dientes a comienzos del 2003 representa probablemente tan sólo un aperitivo de lo que podría esperar a Corea del Sur, Japón o incluso China. Y una Corea del Norte armada nuclearmente minaría necesaria e ineludiblemente la credibilidad de las alianzas Estados Unidos - Corea del Sur, y Estados Unidos - Japón - la mera arquitectura de seguridad sobre la que los éxitos económicos y políticos posguerra del noreste de Asia se han levantado. La erosión de la disuasión en el noreste de Asia podría tener consecuencias impredecibles adicionales, posiblemente una tras otra. No es probable que alguna de ellas fuera agradable .
 
El tercer resultado posible sería que la comunidad internacional (o Estados Unidos) intentara, y lograra, un cambio de régimen en el norte. Generalizar acerca de este resultado es más difícil. Podemos estar seguros de que el camino a un cambio de régimen estaría jalonado de peligros, y que el resultado, incluso en los pronósticos más optimistas, implicaría una injerencia e incertidumbre enormes. No se necesita mucha imaginación para ver, por ejemplo, que un impulso con éxito hacia un cambio de régimen podría precipitar un éxodo en masa de norcoreanos  hambrientos, ya sea hacia China o Rusia, o en barco a Japón o Corea del Sur. Existe también la posibilidad real de que el impulso hacia un cambio de régimen en Corea del Norte acabara en guerra, en cuyo caso la probabilidad de que Seúl saliera airoso sería aparentemente pequeña. En cualquier caso, no obstante, un impulso hacia un cambio de régimen en Pyongyang no parece ser una opción. Cualquiera que sean sus diferencias, los gobiernos de China, Rusia, Corea del Sur y Japón están unidos hoy por su aversión a una política de promoción de un cambio de régimen en Pyongyang. Entre los principales objetivos de la administración Bush, la noción del cambio de régimen en Corea del Norte ha sido debatida - pero al parecer, sólo como pasatiempo. Flirteos ocasionales aparte, la política norteamericana nunca ha abrazado formalmente el argumento de que el cambio de régimen sea deseable o necesario en Corea del Norte.
 
Sin acuerdo en torno a la estrategia del problema de Corea del Norte, ya sea en Washington o entre los socios norteamericanos del noreste de Asia, la situación se inclina en una dirección impredecible. Igual que en los años entreguerras de 1919-1939, existe un equilibrio inestable, y afrontamos una situación inherentemente peligrosa. Un factor adicional hace que la situación sea incluso más peligrosa de lo que se aprecia ampliamente: el pobre historial de tomar decisiones de la cúpula de Corea del Norte. Considérese: La tentativa de Pyongyang de revitalizar su economía de septiembre del 2002 a través de una “región autónoma especial” proyectada para Sinuiju se convirtió en un fiasco cuando el recién elegido jefe del proyecto, el controvertido empresario chino Yang Bin, fue detenido, juzgado y condenado por las autoridades chinas. En septiembre del 2002, la tentativa de  Kim Jong Il de “diplomacia de confesión” con Japón se volvió ferozmente en su contra, hundiendo aún más las perspectivas de normalización diplomática norcoreano - japonesa de lo que lo habían estado antes de la cumbre con el Primer Ministro Koizumi. Esta serie de faux pas fue seguida por los discursos furibundos de octubre de 2002 en las reuniones con el Asistente del Secretario de Estado Kelly, que abrieron la actual fase del drama nuclear de Corea del Norte en curso.
 
La crisis nuclear más reciente plantea otras cuestiones acerca de la habilidad de gestionar las crisis de la dirección norcoreana. En las disputas pasadas, la directiva norcoreana, de modo constante y a menudo hábilmente, intentó colocar una nación contra otra. Hoy, por el contrario, Kim Jong Il ha logrado enajenar y alarmar a la mayoría de sus vecinos simultáneamente - incluso aunque no han respondido aún a sus crecientes amenazas. Hasta tal punto que uno puede hoy detectar en el noreste de Asia los componentes germinales de una coalición para castigar a Corea del Norte por sus transgresiones nucleares, una coalición unida más a través de las acciones inadvertidas de Pyongyang que mediante el diseño consciente de Washington. Por citar de nuevo el estudio de 1993 de Paul Bracken:
 
Esta [situación] es peligrosa porque indica que Corea del Norte está aprendiendo poco, y que Corea del Norte es un país en el que el máximo gobernante es todopoderoso, pero está pobremente informado y carece de consejo competente. El peligro, por supuesto, se ve aumentado por el hecho de que este sistema de toma decisiones tiene el control de una enorme fuerza militar y fuerza nuclear potencial, que aunque pequeña...
Lo que significa esto es que es probable que Corea del Norte sea peligrosamente torpe en la gestión de crisis. La política norcoreana es una colección de ideas excéntricas, cogidas con alfileres, que emanan a través de una estructura de seguridad incoherente - pero grande y mortal - que es pobre en cautela y coordinación.
 
La advertencia de Bracken se debe tener muy presente por cualquiera que intente prever el producto eventual de una Crisis de Diez Años aún por cerrarse con la Corea del Norte nuclear. Podemos esperar que la comunidad mundial pronostique esta crisis de modo mejor y más sabio de lo que lo hizo en la Crisis de los  Diez Años hace unas tres generaciones; el historial de los sucesos hasta la fecha, sin embargo,  no proporciona sino argumentos frágiles para tal esperanza.

 
Nicholas Eberstadt ocupa el sillón Henry Wendt de economía política en el American Enterprise Institute. Joseph P. Ferguson es director de estudios del noreste asiático en la Oficina Nacional de Investigación Asiática (NBR) de Seattle. Este ensayo se basa en un estudio más largo de Asia Estratégica del NBR.


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar