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El antiamericanismo de Zapatero
En letra impresa nº 285   |  17 de Octubre de 2004
 
(Publicado en el Diario Palentino, el 17 de octubre de 2004)
 
La guerra entre España y Estados Unidos por Cuba, hace ahora algo más un siglo, simbolizó mejor que ningún otro acontecimiento histórico el desastre español de finales del XIX. La Alianza con Estados Unidos en 1953, que para algunos supuso el afianzamiento de Franco en el poder, señaló en mi opinión el principio del fin del régimen al facilitar la prosperidad económica que dio a luz a una nueva clase media y al romper el asilamiento internacional en el que la dictadura nos había instalado durante décadas. La historia reciente nos muestra por tanto que a España le ha ido bien cuando ha mantenido una buena relación con Norteamérica y, en general, le ha ido mal cuando lo que ha buscado es el enfrentamiento.
 
No creo que un pacifista como Zapatero vaya a declarar la guerra a Estados Unidos. Pero sí creo que con sus decisiones y sus declaraciones están provocando un enfrentamiento político con la primera potencia mundial en el que España tiene mucho más que perder que ganar. Una confrontación que está además superando algunos límites peligrosos que harán más difícil reconstruir esa relación en el futuro.
 
La razón de Zapatero para esta política anti-americana es doble. Por un lado, es un modo de tratar de aniquilar políticamente la herencia de Aznar. El anterior Presidente había hecho de la relación privilegiada con Estados Unidos un eje fundamental de su política exterior. Por primera vez desde hace siglos España volvía a ser alguien en Washington. Esa labor de años, a la que también contribuyó algún ilustre socialista, como Javier Solana, ha sido dinamitada por Zapatero en sólo seis meses. España ha pasado así en tiempo récord de ser un aliado preferencial a ser un país poco fiable y poco amistoso para Estados Unidos.
 
La segunda razón, es la rentabilidad electoral del sentimiento antiamericano que aún persiste en nuestra sociedad. Un sentimiento que perdura en la izquierda como residuo no reciclado de la guerra fría, durante la que buena parte de la izquierda sociológica española se sentía sentimentalmente más próxima a la Unión Soviética que al Imperio Yankee. Pero un poso que también existe en la derecha antiliberal española motivado en el resentimiento histórico por Cuba e incluso por los valores perversos que representan los americanos. Todo ello hace que una parte importante de la opinión pública aplauda más que discrepe con la actual política del Gobierno.
 
La esperanza de Zapatero es que este beneficio electoral le salga además barato en términos de política exterior. Su apuesta, hecha pública, es que Bush pierda las próximas elecciones y que con Kerry de presidente pueda hacer olvidar algunas de las afrentas. El cálculo es doblemente erróneo. Primero porque hay más posibilidades de que Bush siga instalado en la Casa Blanca después de las elecciones de noviembre que de que sea desalojado. Segundo porque en el caso de que Kerry gane las elecciones habrá gestos, como el desprecio a su bandera, que serán difíciles de olvidar. Es más, la administración demócrata puede exigir a sus aliados un mayor compromiso, por ejemplo en Irak, que Zapatero difícilmente podrá satisfacer. Eso puede llevar a un enfrentamiento aún mayor del que vivimos con Bush.
 
Pero en el actual contexto estratégico, este antiamericanismo de Zapatero resultará no sólo lesivo para los intereses de España, sino que contribuye a debilitar además el frente democrático contra el terrorismo. El Gobierno español se ha alineado así con aquellas potencias que parecen más preocupadas por contener el hegemonismo estadounidense que por combatir a los terroristas que matan a nuestros ciudadanos y amenazan nuestra democracia. Es de una cortedad de miras apabullante que en un momento en el que está en juego la seguridad de nuestras sociedades y la pervivencia de nuestros valores democráticos nos dejemos arrastrar por determinados egoísmos nacionales.
 
El antiamericanismo del Gobierno se justifica en última instancia en un nacionalismo trasnochado y estúpido cuando se afirma que España no se pone de rodillas ante nadie. Ese discurso patriotero e insensato debió ser el mismo que se escuchó en las postrimerías de 1898. Imagino que entonces aquellas voces minoritarias que se alzaron para denunciar el error de un conflicto con Estados Unidos serían calificadas de antiespañolas y de haberse vendido al enemigo.


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