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Iraq y la guerra contra el terrorismo
Por GEES
Notas nº 20   |  13 de Octubre de 2004
 
Iraq es un elemento central en la guerra contra el terror. Por mucho que se insista en lo contrario, retirarse de Iraq es retirarse de la lucha contra el terrorismo internacional. Quien lo discuta o lo niegue, como se hace desde el Gobierno socialista aduciendo que no se han encontrado pruebas fehacientes de la conexión entre el régimen de Saddam Hussein y Al Qaeda, sólo puede basar sus juicios en una visión miope de lo que es el terrorismo y lo que representaba  el Iraq de Saddam para luchar contra el mismo. Bin Laden y sus secuaces representan únicamente una delgada capa de toda una política del odio cocida lentamente en las tres últimas décadas en el mundo árabe y que no sólo ha hecho posible Al Qaeda, sino alimentar todo tipo de violencia contra la modernidad y el mundo occidental.
 
El régimen de  Saddam, con su retórica y actitud agresiva, con su permanente osadía antiamericana, con su continua violación de las más mínimas normas de convivencia pacífica y respeto a la legalidad era, de hecho, el mayor impedimento en la zona para poder abordar una estrategia global contra Al Qaeda que fuera más allá de la búsqueda y captura de los elementos terroristas y que impulsara las medidas necesarias de cambio social, político y económico para acabar con el caldo de cultivo que es el mundo árabe hoy para el terrorismo global. Saddam era el claro exponente de una corriente tan amplia y diversa que abarca desde el fascismo secular del partido Baath sirio al fundamentalismo de los ayatolás de Irán o el wahabismo ultraconservador de Arabia Saudí, pero que tiene en común la opresión política, la asfixia cultural, el desdén por el progreso económico y la intolerancia religiosa, por no hablar del desprecio de los derechos humanos y una enseñanza basada en la culpabilización de todos sus males a los extranjeros y, más en particular, a los occidentales.
 
Así y todo, no puede olvidarse cómo Saddam ayudaba financieramente a las familias de los palestinos suicidas, incentivando de hecho sus ataques contra los ciudadanos de Israel, por no mencionar el refugio que prestó durante años a conocidos grupos y cabecillas del terror, como Abu Nidal. Ni los repetidos encuentros de miembros de los servicios secretos de Saddam, el tan poderoso como terrorífico Muhabarat, con militantes de Al Qaeda que aunque aparentemente no condujeron a nada, no pueden borrarse de la historia por ello.
 
Suele decirse que el Iraq de Saddam no sufría el azote del terrorismo. Y es verdad, puesto que era un Estado terrorista que no sólo apoyaba a numerosos grupos, sino que ejecutaba sus propias acciones asesinas para acabar con sus disidentes. A veces en suelo europeo.  También suele decirse que el Iraq de hoy si sufre atentados terroristas. Y eso es innegable. A la vista están las imágenes que nos llegan desde Bagdad. Lo que no suele contarse es por qué ahora Iraq padece los atentados que tantas vidas les está costando a los propios iraquíes. Y la respuesta es muy simple: porque Al Qaeda no puede permitirse que florezca una sistema libre y democrático en un país del Oriente Medio. Porque si de verdad se estableciera una democracia en un país musulmán y árabe su estrategia de acabar con los regímenes autocráticos de la zona para convertirlos en repúblicas islámicas de corte integrista se le habría venido abajo. Bin Laden necesita la corrupción de las familias reales, la tiranía y los déspotas de la región, no un foco de libertad, para poder hacer llegar su voz y su mensaje. Necesita contrarreformas, no una revolución liberal y democrática que acabe con la opresión, la desigualdad y la frustración. Necesita la pobreza y el sufrimiento para culpar y condenar a los occidentales. Por eso gentes como Al Zarqawi y otros, llegados de diversas partes del mundo musulmán, pero aleccionados en las madrazas de Pakistán y entrenados en los campos afganos, buscan por todos los medios a su alcance impedir la reconstrucción política y económica del Iraq post-Saddam.
 
Pero como queda bien patente, el papel que el terrorismo islámico concede a Iraq es a través de un ejercicio de política ficción: supongamos que debido al aumento de los ataques contra las tropas de la coalición y los propios iraquíes, las fuerzas multinacionales optaran por retirarse, dejando solo a los iraquíes frente a sus problemas. Por un lado se condenaría a Iraq a un caos de consecuencias imprevisibles pero sangrientas; por otro, Bin Laden de seguro emitiría otro de sus comunicados fantasmas alegrándose de la huida occidental y clamando su especial victoria. La credibilidad de las democracias liberales quedaría dañada durante años, como Vietnam quebró en su día el liderazgo norteamericano.
 
Por eso es tan importante, incluso vital, que los terroristas no se salgan con la suya en Iraq, porque sería el primer peldaño de una escalera al infierno. Y para conseguirlo, el mundo democrático necesita dos cosas: una aplastante victoria militar sobre los insurgentes, guerrilleros y terroristas en Iraq; y un compromiso político para el establecimiento de un gobierno plenamente soberano, libre y democrático en Iraq. Salirse unilateralmente de Iraq, como ha hecho el Gobierno Zapatero, significa, de entrada, lanzar el mensaje contrario. Significa decir “ni nos interesa su futuro, ni queremos hacer nada por ustedes”.
 
El problema es que hacer ese algo por los iraquíes no responde únicamente a un  deseo altruista. Contribuir a vencer a los terroristas islámicos en Iraq –los mismos que acabaron con 192 vidas en 11-M en Madrid- y al establecimiento de un gobierno democrático en Bagdad es también contribuir a nuestra propia seguridad. Porque el odio que se origina allí, como dramáticamente sabemos, también erupciona aquí.
 
Guste o no, el Oriente Medio se ha convertido en un caldo de cultivo pútrido del terrorismo global y la esperanza –equivocada- que se tuvo un día de que las dictaduras de la zona, religiosas o seculares, podrían contenerlo ya no se sostiene. De ahí la necesidad de introducir cambios profundos en la región, tanto en la forma de conducir los asuntos políticos, como los económicos y sociales. La libertad es la única esperanza


 

para un mundo hundido sobre sí mismo y sin ninguna capacidad de ilusión. De hecho, la caída de Saddam ya ha comenzado a dar parte de sus frutos: no sólo se ha desvelado toda una trama mundial de tráfico de armas y componentes de sistemas de destrucción masiva, sino que líderes como Gadaffi han dado marcha atrás en su desafío al mundo e, incluso, la Liga Árabe toma nota de la necesidad de apertura en sus sociedades.
 
Pero el futuro de Iraq está todavía amenazado y por hacer. Y ese futuro se está librando violentamente en sus carreteras y calles. Durante décadas, las fuerzas de la OTAN estuvieron desplegadas en la línea divisoria entre las dos Alemanias, en lo que se llamaba entonces el Frente Central, como manifestación de su solidaridad colectiva en defensa de los valores democráticos. Pues bien, Iraq es hoy el nuevo Frente Central en el que medirse contra el terror, porque eso es lo que ha elegido Al Qaeda. Abandonarlo, como hizo el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, no es motivo de orgullo sino de preocupación porque hoy, cuando ya no quedan tropas españolas en Iraq, los terroristas son más fuertes, porque España se despreocupa del destino de los iraquíes y porque el Gobierno parece querer desentenderse de lo que es la mejor oportunidad que se nos abre para cambiar el mapa y la historia futura del mundo árabe.


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