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De Riyadh a Beslán: cómo los islamistas secuestraron el movimiento separatista checheno
Colaboraciones nº 145   |  23 de Septiembre de 2004
 
(Publicado en Weekly Standard, volumen 010,
edición 02 , 20 de septiembre del 2004)
 
Tres caminos llevaron al horror de Beslán, en la república rusa de Osetia del Norte, en la que murieron al menos 330 personas, la mayoría de ellas niños: un camino que empieza en Grozny, capital de la vecina Chechenia; un camino que comienza en Moscú, al norte; y un camino que comienza en Riyadh, la capital de Arabia Saudí, lejos del sur. Los norteamericanos necesitan conocer cómo tales sucesos espantosos están vinculados con la guerra contra el terror, y el grado en que amenazan nuestra propia paz mental. 
 
Los principales culpables de Beslán fueron los fundamentalistas islámicos. Desde por lo menos 1999, estos fanáticos violentos, con el respaldo del sector wahabí de Arabia Saudí y el apoyo financiero de toda la comunidad musulmana global, han venido agitándose para asumir el control del movimiento nacional checheno (acerca del que hay más en breve). 
 
La participación de "árabes" -- queriendo decir saudíes y otros extranjeros musulmanes con influencia wahabí -- es una constante en la cobertura y comentarios acerca de Beslán y de otros incidentes terroristas anteriores en Chechenia, así como en la vecina Ingushetia, en Georgia, y en la propia Rusia. La mayoría de los chechenos, gran parte de los cuales sólo desea que les dejen en paz, no están ávidos de ofensiva wahabí, lo que es un motivo de que la mayoría de los ataques hoy tengan lugar fuera de Chechenia.
 
Mientras tanto, los islamistas tienen esperanzas de explotar las viejas rencillas entre chechenos, ingushetios, y otros pueblos musulmanes de las montañas del Cáucaso y sus vecinos cristianos, incluyendo a la mayor parte de los osetios. En la historia rusa y soviética, los chechenos fueron siempre los archienemigos de la penetración rusa en las montañas, y los osetios los partidarios rusos más entusiastas. 
 
Las páginas web de promoción de Al Qaeda, accesibles casi universalmente, están repletas de propaganda elogiando el terrorismo contra inocentes en Rusia, exaltando a los terroristas suicida, y tratando de intoxicar a la juventud musulmana con el encanto de morir en la campaña chechena (véase, por ejemplo, www.islamicawakening.com/viewarticle.php?articleID=1059& < http://www.islamicawakening.com/viewarticle.php?articleID=1059& >). En mezquitas de todo el globo, de Nueva York a Nairobi, los fundamentalistas wahabíes recaudan dinero y reclutas para el combate en Chechenia, que eclipsa ocasionalmente a Irak como símbolo del supuesto martirio.
 
Por citar un ejemplo en suelo norteamericano, la vigésimo quinta Convención Nacional del Círculo Islámico de Norteamérica (ICNA), un frente para el Jamaat-i-Islamí radical de Pakistán, se celebró en el 2000 en Baltimore. Allí, Tayyib Yunus, jefe de la sección de juventudes del grupo, se quejó, "Todos nosotros queremos ver a nuestra juventud tener éxito convirtiéndose en doctores, en ingenieros; ¿pero cuántos de vosotros podéis decir realmente que queréis enviar a vuestros hijos a la jihad, a Chechenia?. ¿Cuántos de vosotros podéis decir de verdad que deseáis enviar a vuestros jóvenes a librar la jihad?". Los defensores chechenos afirman que el dinero recolectado en las mezquitas de Norteamérica y de otros países occidentales nunca alcanza el Cáucaso.
 
Dondequiera que al Qaeda y sus partidarios operen -- lo que significa, dondequiera que se puedan encontrar wahabíes, incluyendo Estados Unidos -- pueden tener lugar atrocidades como la de Beslán. ¿Por qué una conspiración capaz de los ataques del 11 de Septiembre del 2001, de la que se sabe ha estado planeando utilizar bombas sucias nucleares, y culpable desde de la matanza del club nocturno de Bali al baño de sangre del cercanías de Madrid, no va a atreverse a secuestrar niños en cualquier parte?. Derrotar a los autores materiales de Beslán y similares tiene que ser el objetivo de todos los que protegen la civilización. Y aún con todo deben plantearse dos cuestiones: ¿Cómo podemos derrotar a los terroristas?, y, ¿es la Rusia bajo Putin realmente un aliado en la lucha?. 
 
La conspiración wahabí que ha asumido el control de una sección del movimiento checheno es controlada desde Riyadh. Para evitar que ocurra otro Beslán, los Estados Unidos y otros líderes de la guerra global deben hacer todo lo necesario para terminar con al Qaeda, capturar a Osama ibn Laden y su personal de comando, y calmar la tormenta de Faluya. Es decir, deben forzar a los ricos y ricas instituciones saudíes a detener su promoción mundial del wahabismo. Sobre todo, deben desmantelarse las organizaciones de caridad subvencionadoras del terror que operan en los campamentos de refugiados chechenos de ingushetia. 
 
La acción del presidente Bush llamando al orden a los saudíes en esta materia sería más eficaz que esperar mientras Vladimir Putin maneja mal durante aún más tiempo un problema con el que los rusos nunca han podido tratar. Los rusos responden a tales desafíos intentando manipularlos con fines políticos, en lugar de intentar salvar vidas y atrapar terroristas. A la hora de tratar con al Qaeda y sus aliados, Rusia puede ser un aliado tan resbaladizo como el reino saudí. 
 
Históricamente, el conflicto entre el poder ruso y los musulmanes caucásicos, de los cuales los chechenos son el grupo mayoritario, data de hace más de siglo y medio. Para echar un vistazo útil a cómo se desarrolló la guerra original ruso-chechena, se puede consultar la novela de Tolstoi Hadji Murad, su último trabajo relevante de ficción. Tolstoi era un joven oficial del Zar en la campaña de 1851 para acabar con una insurrección caucásica. Su libro evoca el paisaje salvaje y las experiencias que le condujeron a una identificación abierta y emocional con los combatientes musulmanes. 
Por entonces, los chechenos eran idolatrados por muchos en Europa como un pueblo indígena amante de la libertad que había hecho al régimen zarista lo mismo que los oprimidos polacos y, más tarde, los perseguidos judíos no pudieron hacer: causar serias bajas militares. Entre los judíos rusos, el respeto a los musulmanes caucásicos era tan grande que Lubavitcher rebbe Menachem M. Schneerson elogió al líder islámico, el imán Shamyl, como un héroe de la resistencia contra la injusticia. 
 
Los chechenos no se iban a ahorrar la venganza por su éxito en minar la autoridad rusa. El más brutal de los gobernantes de Rusia durante los últimos 150 años, Joseph Stalin, cuyo árbol genealógico incluía algunos osetios, ordenó que un abanico entero de naciones musulmanas del Cáucaso -- chechenos, ingushetios, karachis, balcánicos y turcos meskhetianes -- fueran deportados a Kazakhstán, a Uzbekistán, y a otras repúblicas de Asia Central durante la Segunda Guerra Mundial. En la mayoría de los casos, el pretexto era presunta colaboración con los Nazis, que en el mejor de los casos, raramente alcanzaron los territorios que habitaron estos desgraciados pueblos. 
 
En los años 50, los sucesores de Stalin permitieron que los musulmanes caucásicos volvieran a sus hogares y les absolvieron de la acusación de colaborar con los Nazis. Pero muchos de ellos se asentaron en Asia Central, donde siguieron una forma moderada del Islam. En una larga entrevista conmigo en Almaty en junio, el muftí de Kazakhstán en funciones, Mohammed-Husein Hadzhi Alsabekov, uno de los principales clérigos musulmanes del país y étnicamente caucásico, expresó su dolor y ultraje por los ataques del 11 de Septiembre contra Estados Unidos. 
 
Sin embargo, el problema checheno resurgió en el Cáucaso después de que la Unión Soviética se desintegrara. Al principio, el líder checheno Dzhokhar Dudayev, que cuando era niño había sido deportado de su tierra natal en un vagón de ganado, sirvió junto con sus partidarios como protector de la naciente democracia. Un comandante de la Fuerza Aérea Soviética Dudayev entregó una base aérea nuclear a los recién liberados estones en 1990, haciéndole un héroe en los estados de Báltico. Dentro de Chechenia, sin embargo, el orden pronto se desintegró. Durante años, muchos chechenos exigieron una independencia de Rusia del tipo que su líder había ayudado a ganar a los pueblos del Báltico. Pero al contrario que Estonia, Chechenia tiene petróleo, y Rusia no lo iba a dejar marchar por las buenas. El resultado fue una serie de conflictos de baja intensidad y alta atrocidad, en los que los militantes chechenos atacaban a las fuerzas rusas al estilo guerrilla, y el ejército ruso respondía con matanzas en masa y desapariciones de civiles chechenos.
 
Dudayev, una fuerza para la moderación y la estabilidad, fue asesinado por los rusos en 1996. El presidente ruso Boris Yeltsin se reconcilió después con Chechenia, en cooperación con el líder checheno moderado Aslan Maskhadov, y retiró al ejército ruso. Pero en 1999 los wahabíes aparecieron en Chechenia rivalizando en fuerzas con la vecina Dagestán. Entre musulmanes, se decía que eran árabes que habían sido excluidos de participar en la guerra de Kosovo por los líderes albaneses del Ejército de Liberación de Kosovo, quienes consideraban el kosovar como un combate no religioso, y que no querían alienar a sus aliados norteamericanos.
 
Por la razón que sea, la llegada de los wahabíes, liderados por un saudí -- Samir Saleh Abdaláh Al-Suwailem, que se llamó a sí mismo Khattab, y que sería asesinado en circunstancias misteriosas en el 2002 -- ha hundido a Chechenia de nuevo dentro de una pesadilla de secuestros, asesinatos, terrorismo suicida, e incidentes similares, que aún está por terminar. 
 
Pero si el problema checheno persiste, también lo hacen sus homólogos ruso y saudí. Muchos dentro y fuera de Rusia creen que el régimen de Putin tiene interés en el conflicto checheno como medio de unir a su gente tras el presidente, sin importar la ineptitud criminal exhibida por las autoridades rusas en lugares como Beslán. Según expertos occidentales de peso, la complicidad oficial rusa con el terror wahabí en el Cáucaso no puede ser puesta en duda. Los peores secuestradores wahabíes, Arbi Baraev y su sobrino Rovshan, que llevaron a cabo el secuestro del teatro de Moscú del 2002, estuvieron vinculados a los servicios rusos de seguridad. Las autoridades rusas hacen frente en parte a un problema fomentado por ellas mismas.
 
Sea como sea, la lucha decisiva para evitar que atrocidades como la de Beslán se repitan tendrá lugar en el origen, que es saudí. No podemos esperar, visto lo visto, que Putin entre en razón de pronto y encuentre nuevos aliados chechenos capaces de aislar a los terroristas. En lugar de esto, debemos recordar el final de la Guerra Fría. Una vez que el Kremlin dejó de financiar el comunismo mundial, el fenómeno casi desapareció del planeta. Si América puede obligar a Arabia Saudí a suspender la financiación del wahabismo global, el horroroso espectáculo de Beslán no se repetirá una y otra vez.
 


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