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La vía rusa
En letra impresa nº 279   |  17 de Septiembre de 2004
 
(Publicado en Expansión, el 17 de septiembre de 2004)
 
Los recientes acontecimientos vividos en Rusia, desde el derribo de los dos aviones hasta el secuestro de la comunidad escolar de la Escuela nº 1 de Beslán, bien puede equipararse al 11-S norteamericano. En ambos casos hallamos una sociedad profundamente herida, un pueblo que se une frente a un enemigo común y una ciudadanía que manifiesta su perplejidad ante la incompetencia de sus sistemas de seguridad, ante su extrema vulnerabilidad frente a un grupo de terroristas.
 
La clase política norteamericana sacó sus conclusiones de aquellos sucesos y desde entonces se han aprobado cuatro documentos de estrategia de gran trascendencia, se han hecho dos guerras y, más recientemente, se ha aprobado una “gran estrategia” para orientar la política norteamericana durante las próximas décadas ¿Qué han hecho los rusos?
 
En los pocos días transcurridos desde la masacre de Beslán, el Presidente Putin ha adoptado un primer conjunto de medidas para evitar sucesos semejantes. Entre ellas la prensa internacional ha destacado la reforma del sistema electoral, en beneficio de la actual mayoría parlamentaria; la elección de gobernadores regionales a partir de nombres propuestos por el Presidente; la creación de una nueva agencia federal para coordinar las labores de inteligencia y seguridad antiterrorista; y la creación de una nueva cámara donde puedan estar presentes organizaciones de todo tipo capaces de movilizar a la ciudadanía en la lucha contra la amenaza terrorista ¿Son éstas la medidas más eficaces para mejorar la seguridad de Rusia?
 
La historia de Rusia, desde los tiempos del Ducado de Moscovia, es la de un país poco cohesionado, con unas fronteras extensas y difíciles de defender. Para garantizarlas se siente obligado a aumentar el poder central y conquistar nuevas tierras. A más conquistas menos cohesión social y, de nuevo, mayor centralización. Cuando Rusia se siente insegura recurre al autoritarismo. Así ha sido durante siglos y así reacciona hoy Putin. Sus medidas no van a mejorar la seguridad frente a la amenaza de los terroristas islamistas, pero le van a proporcionar una sensación de mayor control de la situación. Entonces, como ahora, Rusia se siente incomprendida por sus vecinos y, desconfiada, ve en esa actitud una intención de debilitarla.
 
El reto que tiene ante sí Putin no se va a resolver concentrando poder, sino avanzando en la democratización del país, mejorando la formación y los medios de policías, militares y servicios de inteligencia. Y todo eso sólo se puede conseguir con transparencia y profesionalidad. El proceso venía de atrás, pero la amenaza terrorista lo ha acelerado. Putin y su entorno creen que la solución está en el control de la situación, en el orden y la autoridad, y no comprenden los efectos de la libertad individual y de mercado en el desarrollo social. Más aún, desconfían de procesos que no pueden controlar y que generan esferas de poder autónomas.
 
La reacción europea ha sido la previsible, como previsibles han sido sus efectos en Moscú. Los primeros niegan la mayor –existencia de una amenaza global islamista- y consideran que lo ocurrido es el resultado de la política seguida en Chechenia. Los segundos se sienten incomprendidos, creen que Europa quiere verles débiles pero constatan que los europeos se niegan a ver la realidad para no tener que asumir su propia responsabilidad en el combate. Los rusos, desde hace siglos, admiran el bienestar y la cohesión social europea, pero desprecian su actitud pacifista. En términos estratégicos se entienden mejor con Estados Unidos, pero el interés apunta a limitar su hegemonía, a constituir un frente con europeos y chinos que obligue a la potencia norteamericana a pactar. De ahí que ellos, que denuncian la agresión terrorista, apoyen a terroristas -de mismo o parecido signo que aquellos que les han golpeado- en otros estados, allí donde Estados Unidos o sus aliados pueden sufrir un alto desgaste.
 
Rusia ha sido, durante siglos, un espectacular cúmulo de contradicciones. Es interés de todos nosotros que deje de serlo, que la democracia arraigue de una vez por todas y que, por fin, se incorpore plenamente al club de las naciones libres. Desde la descomposición de la Unión Soviética éste ha sido un objetivo fundamental de la Unión Europea y, muy especialmente, de Alemania. No es casual que el canciller Schröeder, tan poco comprensivo con las preocupaciones norteamericanas en materia de seguridad internacional, haya mostrado su solidaridad con Rusia de forma tan clara. Sin embargo, estos gestos no serán suficientes.
 
Lo más probable es que de lo ocurrido en Rusia, como de lo sucedido en Madrid, se extraigan pocas conclusiones sensatas y que se pierda una importante oportunidad. Rusia continuará sintiéndose incomprendida, al mismo tiempo que apoya a grupos terroristas en otras partes del globo. Aunque en Chechenia sea inaceptable afirmar que los combatientes se ven abocados a hacer uso del terrorismo para defender una causa justa, resultará que sí lo es en Oriente Medio. Desconfían de los europeos y desprecian su pacifismo, pero continuarán la política iniciada por los soviéticos de tratar de separar aún más las dos orillas del Atlántico. Los fundamentos de la política de finlandización, de la “casa común” siguen vigentes. Y que aún piensan que Estados Unidos, a quien respetan y con quien pueden hablar un lenguaje común, les rodea y somete al dictado de su hegemonía.
 
Las naciones herederas de la civilización cristiana siguen pensando frente a la amenaza islamista en términos de balanza de poder y confiando, algunas de ellas, en que pueden librarse del terror si no se significan demasiado. La división, la falta de una estrategia común, es el terreno abonado para que los islamistas continúen actuando y que sus golpes provoquen el impacto social deseado. Veremos cuántos desastres como el ocurrido en Beslán son necesarios para que acabemos de comprender la situación ante la que nos encontramos.


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