(Publicado en el Diario Palentino, el 12 de septiembre de 2004)
Hay dos cosas que son inadmisibles en política exterior. La primera es supeditar los intereses de España en el mundo a los intereses de partido en la política interna. La segunda es la incongruencia, es decir, pensar una cosa, decir otra distinta y hacer todo lo contrario. El Gobierno socialista está cometiendo ambos errores. Por un lado, la visión del mundo de Zapatero aparece profundamente distorsionada por sus propios condicionantes electorales. Por otro, el Gobierno es capaz de sostener al mismo tiempo una cosa y la contraria según que foros.
La posición del Gobierno en la crisis de Iraq es el mejor ejemplo de esta política partidista e incongruente. Zapatero considera que Iraq es un filón electoral que debe seguir explotando a toda costa. El problema es que no es fácil extraer más ventaja política de una veta que parecía agotada con la retirada de las tropas españolas. Eso explica el salto al vacío de Zapatero esta semana durante su visita a Túnez, cuando solicitó la retirada de todas las tropas extranjeras desplegadas en ese país.
Esta declaración es temeraria. En primer lugar porque la retirada de las fuerzas multinacionales de Iraq en este momento propiciaría una guerra civil que tendrían probabilidad de ganar los elementos más raciales. En segundo término, porque la instauración de un régimen radical en Bagdad podría tener un efecto de contagio en sus vecinos, especialmente en Arabia Saudita, poniendo en jaque la propia supervivencia energética de Occidente. En tercer término, porque un desmembramiento de Iraq podría suponer abrir una guerra en el Kurdistan que afectaría especialmente a Turquía. Por último, la salida de las tropas norteamericanas de Iraq supondría una decisiva victoria de los terroristas de Al Quaeda que verían fortalecido su prestigio y su fuerza en todo el mundo árabe y musulmán. Las consecuencias de la petición de Rodríguez Zapatero no pueden ser por tanto más catastróficas y sólo una interesada ceguera partidista puede hacer que no sea capaz de verlas.
En segundo lugar, la petición es una grave afrenta a países amigos, aliados y socios de la Unión Europea que están poniendo en riesgo la vida de sus soldados por una causa que consideran justa y a favor de nuestra propia seguridad. Ni siquiera aquellos países que se opusieron racialmente a la intervención, como Francia o Alemania, se han atrevido jamás a solicitar la salida de las tropas multinacionales de Iraq. La petición de Zapatero se produjo además en un momento en el que los terroristas amenazan con matar a dos cooperantes italianas con idéntica petición a la que hizo el presidente del Gobierno español, la retirada de las tropas de ese país.
Por su parte, Estados Unidos sólo puede interpretar las palabras de Zapatero como una apología a la deserción general. Así, esta declaración dañará aún más nuestra deteriorada relación con la primera potencia mundial que es a la vez el principal aliado de Europa. Aún cuando la relación de nuestros dos países pueda estar por encima de las equivocaciones de los gobiernos, es obvio que el mero coste de oportunidad por el deterioro de esa relación puede ser ya enorme para nuestro país.
Pero lo más incomprensible de estas declaraciones es la absoluta incoherencia con las decisiones adoptadas por este mismo Gobierno. Es incomprensible que nuestro Gobierno vote en la ONU una resolución que pide a los países miembros su contribución a una fuerza multinacional para garantizar la paz y la seguridad en Iraq y que después solicitemos a los que cumplen con ese mandato que retiren sus tropas. Es inaudito que autoricemos como miembros de la OTAN dar apoyo militar al Ejército de Iraq y luego solicitemos la evacuación de esas fuerzas para abrir “una expectativa más favorable”. Esto demuestra que el origen del error no está en la ignorancia sino en el interés de Partido.