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Rusia: el ascenso del terrorismo islámico
En letra impresa nº 275   |  5 de Septiembre de 2004
 
(Publicado en ABC, 5 de septiembre de 2004)
 
Chechenia es, sin duda, una cuestión controvertida. Por una parte está el deseo de independencia de un pueblo fiero y que ha sufrido mucho desde las deportaciones en masa llevadas a cabo por Stalin tras la guerra mundial como represalia por la colaboración chechena con los nazis; por otro lado está la cuestionable estrategia del Kremlin que, desde 1994, se ha dado por objetivo una victoria militar total pero que, hasta el momento, no sólo no ha sabido lograr sus fines, sino que ha provocado todo tipo de desmanes, sangrías y asolar la región  sin conseguir ni siquiera la perspectiva de un futuro mejor y pacífico; por último está también la transformación profunda de la guerrilla chechena, inicialmente una fuerza irregular que luchaba una guerra asimétrica, del débil frente al fuerte, en pos de unos ideales nacionalistas, pero que progresivamente se ha convertido en una fuerza islamista e islamizante y con el recurso a todo tipo de tácticas terroristas.
 
Durante años, la guerra en Chechenia se ha entendido como un problema específicamente ruso. Es más, algunos líderes europeos, como los socios de Putin, Chrirac y Schroeder, así lo siguen entendiendo. Pero una de las lecciones del trágico episodio vivido en la ciudad de Beslan, es comprender que la cuestión chechena ya no es un asunto exclusivamente ruso, sino que amenaza con convertirse en un riesgo internacional. Es obvio que los militantes chechenos han querido este verano lanzar el mensaje de que pueden golpear a los rusos allí y cuándo ellos quieran. Han sido unos meses sangrientos, desde los suicidas en la Plaza Roja, a la voladura de los dos aviones comerciales y la toma de la Escuela Media número 1 de Beslan en Osetia del Norte. Es verdad que ya antes los chechenos habían actuado fuera de Chechenia, pero Beslan confirma que para sus dirigentes, su peculiar guerra tiene que conducirse definitivamente fuera de Chechenia.
 
En segundo lugar, ni la estrategia antiterrorista ni las fuerzas rusas parecen especialmente preparadas para defenderse o hacer frente a los terroristas chechenos. Han dado reiteradas muestras de la falta de imaginación necesaria para anticiparse a sus movimientos y cuando han debido actuar para resolver una situación de crisis, como la reciente en Beslan, suscitan muchas dudas sobre sus capacidades y aptitudes. En Beslan llama la atención la falta de un plan de actuación, el desconcierto y la ausencia de un mando claramente establecido. Hasta el momento los terroristas chechenos han elegido objetivos relativamente “blandos”, indefensos ante su agresión, pero eso no puede llevar a descartar actuaciones más atrevidas, habida cuenta de su continua escalada. Por ejemplo, contra una de las centrales nucleares. Nadie en Europa puede quedarse al margen de un nuevo Chernobil, sólo que esta vez provocado por gente sin escrúpulos.
 
En tercer lugar, hay que ser conscientes de la creciente presencia de Al Qaeda y del ascenso del islamismo radical en toda la región. No es sólo ya que la guerrilla chechena se haya convertido en una fuerza terrorista islámica, es también su conexión con la aparición y crecimiento de grupos similares en otras repúblicas del Cáucaso. Así, por ejemplo, el pasado 30 de julio, tres terroristas suicidas atacaron las embajadas de Estados Unidos, de Israel y la oficina del fiscal general en Taskén, la capital de Uzbekistán. Su acción fue reivindicada tanto por el Movimiento Islámico de Uzbekistán, como por la Jihad Islámica. Otros grupos, como Hizb-ut-Tahrir, salido y no casualmente de las Hermandad Islámica egipcia, está activo en toda la zona, desde Uzbekistán a Tayikistán. En esta república, el liderazgo terrorista, no obstante, recae en la banda Bayat, aparentemente conectada con el hoy famoso terrorista Al-Zarqawi. Incluso hay quien habla de una conexión estratégica entre el movimiento islámico de Turkmenistán y la provincia china de Xinjiang, lo que configuraría una vasta red terrorista por toda el Asia Central.
 
En fin, la conexión de una estrategia rusa tan inaceptable desde la perspectiva de los derechos humanos como fallida desde lo militar, con el ascenso del terrorismo islámico hace que Chechenia se eleve a un problema global. Ahora  bien, hay que ser conscientes de que reparar el daño causado al pueblo chechenio por la barbarie de unos y otros no puede ocultar que quien lucha en su nombre son terroristas islámicos con una fuerte vinculación a Al-Qaeda y a su guerra total contra el mundo liberal. Cuando los rusos pusieron cien mil soldados sobre el terreno, no hubo un solo caso de terrorista suicida. Sólo con la deriva islamista de sus líderes, desde 1996, el suicidio asesino se ha vuelto un instrumento común. La guerra en Chechenia no es ya una lucha por la independencia de un pueblo frente a Moscú, también se solapa la lucha del islamismo contra la democracia. En la medida en que Putin no es capaz de batallar satisfactoriamente en ambas guerras simultáneamente, las democracias tendremos que prepararnos paras sufrir sus consecuencias. A menos que elijamos antes intervenir en ellas.
 


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