(Publicado en Expansión, el 3 de septiembre de 2004)
Acaba Agosto con una extraordinaria campaña de actos terroristas en Rusia. Dos aviones comerciales derribados, un coche-bomba en Moscú y el secuestro de todo un colegio en la sureña república de Osetia del Norte, cuando padres, niños y profesores se encontraban reunidos celebrando la apertura formal del curso. En todos los casos nos encontramos con el sello inequívoco del islamismo radical.
Los comentaristas y medios de comunicación próximos a nuestro gobierno apuntan contra la clase política rusa a la hora de localizar responsabilidades. Lo ocurrido, los sucesivos actos terroristas chechenos, tendrían como “causa” el expansionismo ruso en el Caúcaso y la represión ejercida en estas últimas décadas contra los rebeldes nacionalistas. Siguiendo el modelo establecido para analizar otras crisis internacionales, un movimiento nacionalista degenera en terrorismo como efecto de la desesperación. Por lo tanto, la víctima es la culpable.
Para los españoles el tema no es nuevo. Aquellos que sufrieron en propia carne o en la de sus allegados la violencia terrorista tuvieron que arrostrar, en muchos casos, el estigma de la culpabilidad. Algo habrían hecho para merecerlo. No se aplaudía el ejercicio del terrorismo, pero se comprendía porque había unas “causas” que empujaban a aquellos “chicos” al ejercicio de la violencia. Con el tiempo comprendimos que no era verdad. Que desaparecidas las supuestas “causas”, concedida la mayor autonomía conocida hasta la fecha, la violencia continuaba.
Al terrorismo no se llega por desesperación sino por cálculo. Cuando a través de medios pacíficos y legales no se logra lo que se desea se evalúa la posibilidad del ejercicio de la violencia. Si la comisión de actos terroristas despierta la atención mundial y mueve a la opinión pública, nacional o internacional, a presionar a los gobiernos para que realicen concesiones, con la esperanza de poner fin al horror, entonces es una táctica rentable para lograr los objetivos estratégicos característicos de cada organización. El estudio de la historia del terrorismo nos enseña dos cosas: que nunca se llega a él por desesperación y que se alimenta de las buenas intenciones y la cobardía de los ciudadanos. Cuanto más dispuestos estemos a realizar concesiones más les convenceremos de que están en el buen camino y, por lo tanto, más actos terroristas sufriremos. Recordemos el caso español. Cuando el tándem Aznar-Mayor aplicó una política de firmeza y no concesiones a ETA la organización entró en crisis y los atentados disminuyeron hasta casi desaparecer.
¿Es Rusia responsable de los atentados terroristas que está sufriendo? No tenemos por qué asumir la posición rusa sobre sus derechos en Chechenia. El pueblo checheno se ha resistido siempre a la asimilación, resultado de la histórica y difícil expansión zarista hacia el Caucaso. Podemos sentir simpatía por el valor de aquel pueblo y por su legítima defensa a defender su identidad, pero no podemos confundir causas distintas. Las personas y organizaciones que están detrás de los recientes atentados y que capitalizan la resistencia chechena no tienen como primer objetivo la independencia o autonomía de Chechenia sino el programa islamista. No estamos ante un problema de nacionalismo irredento, sino ante la apertura de un frente islamista. La derrota de Rusia en Afganistán está en el origen de Al Qaeda. Fue el triunfo iniciático que dio seguridad y cohesión a una red internacional de fundamentalistas. Chechenia representa para ellos un segundo Afganistán. Sabedores de las debilidades de su enemigo, rehuirán el enfrentamiento abierto y buscarán las acciones tipo guerrilla o las terroristas para desmoralizarles y forzar su retirada. Así lograrían presentarse ante el mundo musulmán como los únicos capaces de vencer al enemigo y capitalizar el éxito en términos políticos. Con activistas dispuestos al martirio, el secuestro de cuatrocientas personas tiene una salida muy difícil para el gobierno de Moscú. Lo más probable es que haya muchas bajas y que el mundo y la sociedad rusa comprendan que su seguridad es una ilusión y que apenas podrán hacer nada para evitar nuevos atentados. Si Rusia cede al chantaje mostrará su debilidad, premiará la táctica terrorista y animará nuevas acciones.
La amenaza islamista radical no está vinculada a problemas concretos, sino al rechazo del “otro”. Cuando muchos medios de comunicación proclamaban que el origen de todo está en la política norteamericana los islamistas parecen no tener reparos en abrirnos los ojos, aunque no estemos dispuestos a ello. Los trabajadores nepalíes asesinados, los periodistas franceses secuestrados o los miembros de la comunidad escolar de la pequeña población de Belsan, en Osetia del Norte, no parecen tener mucho que ver con Bush o con los neoconservadores. Y es que, nos guste o no, encaje o no en nuestro pequeño catecismo de tópicos para entender el mundo de nuestros días, los islamistas sí creen en el “choque de civilizaciones”, ellos sí se sienten agredidos por nuestra sola existencia, por los principios y valores que caracterizan nuestro sistema de convivencia, que “corrompen” su forma de entender el Islam.
Hay un mecanismo psicológico bien conocido por el que la persona rehuye las dificultades que le presenta el entorno para poder hallar la felicidad. Si la realidad nos agobia, miramos a otra parte. En política internacional hacemos referencia a una metáfora, el avestruz que esconde la cabeza dentro de la tierra, y a una política, las estrategias de apaciguamiento, para referirnos a la reacción social ante problemas a los que no quiere hacer frente. Lo cómodo ahora es afirmar que toda la culpa la tiene Rusia, la víctima; que no podemos disculpar, pero sí comprender, el comportamiento de los “resistentes”, que no terroristas, chechenos; y que todo se solucionará si se dialoga y se cede. Pero la realidad es que no estamos ante una cuestión nacional, sino global. El frente no es Estados Unidos, sino todos, incluida Rusia, China y hasta Francia.
Rusia necesita de nuestra solidaridad. Hay que evitar que su población sienta, como en muchas ocasiones anteriores, que estamos dispuestos a beneficiarnos de sus problemas, que “comprendemos” a los chechenos con intención de debilitarles en su frontera sur. Es fundamental que los islamistas reciban el mensaje de que frente a las acciones terroristas estamos todos unidos. La guerra contra el islamismo radical, porque estamos en guerra, será larga y la unión imprescindible para ganarla lo antes posible.