(Publicado en el Diario Palentino, el 18 de julio de 2004)
La coherencia no parece un valor social en alza. Tampoco está clara cuál es su rentabilidad política. Esta situación puede tener que ver con la propia complejidad de las sociedades actuales, pero forma parte también de una cierta crisis de valores. Un moderado grado de incoherencia nos permite una mayor flexibilidad para enfrentarnos a realidades o desafíos cada vez más complejos, pero también nos quita autenticidad y, en último extremo, nos lleva a una claudicación de nuestros principios. Un buen ejemplo de incoherencia es la cuestión religiosa en nuestro país. Así, una mayoría de españoles se declara creyentes, pero sólo una minoría de ellos se considera practicante. Es decir, se cree en algo de forma abstracta, pero no se práctica en la realidad. No practicar lo que se cree demuestra antes que nada poca convicción en las creencias. Pero por otro lado, la incongruencia es también una opción personal que debemos respetar. Nadie puede obligar a nadie a no creer en algo, ni tiene porque obligar a practicar algo. Es más, desde el punto de la Iglesia, imagino que siempre será mejor que las personas crean aunque no practiquen, que no crean en nada. Otro ejemplo de incoherencia social bastante generalizado es la contradicción entre valores culturales dominantes y posiciones ideológicas. Así, muchos jóvenes que visten vaqueros, comen en un Burger, beben Coca-Cola y se tragan todas las superproducciones de Holywood dicen después sentirse profundamente antiamericanos. Habrá quién piense que todo lo anterior son señas de identidad universales y que por tanto han perdido en buena parte su identificación como símbolos de Estados Unidos. Puede ser también que uno selectivamente acepte lo que le parece conveniente de los norteamericanos pero no le impida criticar otras cosas. Todo esto es cierto, pero no deja de haber cierta contradicción entre seguir un american way of life y al mismo tiempo sentir un antiamericanismo visceral. La cuestión es si la coherencia política puede resultar electoralmente rentable en una sociedad que asume una importante dosis de incongruencia social con una gran naturalidad. El problema se agudiza en partidos mayoritarios que representan los valores y los intereses de muchos millones de ciudadanos que a veces tienen percepciones muy diferentes de la realidad. Es decir, la cuestión de la coherencia es más compleja para partidos grandes que para partidos minoritarios con una fuerte carga ideológica que tiende a simplificar muchas respuestas. El caso español podría resultar paradigmático de cómo la incoherencia es un valor político más rentable. Por un lado, pocos partidos políticos han alcanzado mayor grado de coherencia y de cohesión que el Partido Popular en sus ocho años de Gobierno. El PP basaba su política en resultar predecible, es decir, en cumplir aquello que decía. Era difícil encontrar contradicciones entre el Gobierno y el Partido. Incluso en las cuestiones territorialmente más controvertidas, como pudo ser el Plan Hidrológico Nacional o el reconocimiento de hechos
diferenciales, el PP mantenía un mismo discurso en todos los rincones de España. El PSOE por el contrario era un ejemplo permanente de incoherencia. En los asuntos esenciales como el ya mencionado PHN o la financiación autonómica cada federación socialista defendía una posición distinta. Incluso dentro del propio aparato central del Partido existían discursos diferentes y contradictorios sobre la reforma fiscal o el modelo de Estado. Zapatero no tenía empacho en decir una cosa en Cataluña y otra distinta en Andalucía. A tenor de los resultados se podría decir que el Partido Popular puede haber pagado incluso por su exceso de coherencia mientras que los electores han premiado en el PSOE su indefinición y ambigüedad. Pero la conclusión es errónea. Es más, es la solidez de su coherencia lo que en buena parte explica la mayoría absoluta del PP en el año 2000. Y es también esa coherencia la que vaticinaba una amplia victoria de los populares en el 2004 si los terroristas no hubieran logrado torcer la voluntad electoral con sus atentados del 11-M. Haría bien el PP en conservar esa coherencia como una de las principales herencias que recibe de su etapa de Gobierno. Es cierto que mantener la coherencia es más difícil sino se dispone del elemento aglutinador del poder. Pero en una sociedad que puede tender a recuperar autenticidad, especialmente entre los jóvenes, el PP debería aspirar a seguir siendo el partido de los principios y a mantenerse como referencia de un proyecto común y coherente de España.