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¿Es usted antinorteamericano?
En letra impresa nº 260   |  16 de Julio de 2004
 
(Publicado en Expansión, el 16 de julio de 2004)
 
Durante el último año y medio el término “antinorteamericano” ha surgido con asiduidad en las páginas de opinión. En la prensa de distintas tendencias se han publicado artículos rechazando el apelativo con argumentos semejantes: criticar la actuación de un presidente norteamericano no tiene por qué ser un ejercicio de antinorteamericanismo, se critica una decisión o una política pero no a todo un país. En algunos casos, a la denuncia del uso exagerado del término se suma una declaración de amor a Estados Unidos o, por lo menos, de algunos aspectos de su cultura.
 
Todo imperio ha tenido su leyenda negra. En el caso del actual antinorteamericanismo europeo hay elementos fáciles de identificar. Durante los años de la Guerra Fría tuvimos que llamar insistentemente a la puerta de Estados Unidos para lograr su compromiso con la seguridad del Viejo Continente. La Alianza Atlántica fue el resultado del miedo europeo a la Unión Soviética y su confianza en Estados Unidos. El sistema funcionó y los europeos dejamos de preocuparnos por los temas de seguridad y por ende de gastar en defensa, tranquilos bajo el “protectorado” yankee. Pero, con el paso del tiempo, la relación se fue deteriorando. Era cómodo que otro resolviera nuestros problemas, pero no lo era tanto que ejerciera su cuota proporcional de poder, más aún, era humillante. Tras décadas de ahorro, nuestras Fuerzas Armadas perdieron capacidad de combate e interoperabilidad con las norteamericanas. Dejábamos de ser útiles como socios militares y empezábamos a no ser tratados como tales. Desaparecida la Unión Soviética el vínculo comenzó a disolverse rápidamente, hasta que por fin Estados Unidos acuñó el concepto de “alianzas de voluntad”, réquiem de la vieja OTAN.
 
Conscientes de nuestra debilidad los europeos de hoy rehuimos los conflictos, porque no estamos preparados para hacerles frente y porque somos conscientes de que no estaremos en condiciones de hacer valer nuestras posiciones frente a la norteamericana. Las evaluaciones sobre la gravedad de los problemas son muy semejantes a ambos lados del Atlántico, pero las políticas no. Para entenderlo hay que sumar, a los elementos ya citados, el recuerdo de las pasadas guerras mundiales o el análisis que se repite en las escuelas sobre la experiencia colonial. Los europeos tratamos de superar un pasado de violencia que nos angustia, buscamos la paz y el bienestar y rechazamos el uso de la fuerza aún cuando somos concientes de que no estamos haciendo frente a los problemas.
 
La iniciativa norteamericana nos sitúa a la defensiva y tratamos de contenerla. Se ha escrito mucho sobre la vocación multilateral de Europa y la unilateral de Estados Unidos. Sin embargo, el más mínimo análisis histórico deshace esta hipótesis. Los europeos utilizamos el Consejo de Seguridad para tratar de controlar a Estados Unidos, pero no somos mucho más multilateralistas. Cuando nos interesa estamos dispuestos a ignorar al Consejo. Recordemos la crisis de Kosovo. Clinton no quería intervenir, los europeos necesitábamos que lo hiciera, Rusia amenazó con vetar y nosotros apoyamos la acción fuera del ámbito del Consejo y violando el hasta entonces más sacrosanto principio de relaciones internacionales, el respeto a los asuntos internos de un estado soberano. El multilateralismo a la europea es el derecho a decidir cuándo se puede hacer uso de la fuerza sin cobertura del Consejo de Seguridad.
 
La crítica a cualquier política imperial tiene un segundo componente clásico: el rechazo a su elemento civilizador, a su cultura política. Estados Unidos no es sólo criticado por su poder sino por la ideología que transmite. Uno de los grandes especialistas en este enrevesado tema, el profesor de la Universidad de Virginia James W. Ceasar, situaba, en un reciente encuentro en Cascais, el tema en sus justos términos: “El antinorteamericanismo descansa en la idea singular de que algo asociado con Estados Unidos, algo en el núcleo de la vida americana, está amenazando profundamente al resto del mundo...” En otras palabras, los principios y valores que caracterizan la civilización estadounidense son percibidos en distintas partes del planeta como una agresión.
Clinton fue muy explícito cuando hizo de la globalización el núcleo de su política exterior, entendida como la expansión de los principios del liberalismo político y la apertura de los mercados.  Desde la izquierda alemana hasta Al Qaeda, pasando por amplios sectores del conservadurismo europeo las reacciones son idénticas: la expansión de los valores del liberalismo suponen una grave amenaza para los sistemas vigentes. En unos casos por el empeño de estos sectores en que minorías ilustradas controlen la evolución social desde estados fuertes. En otros, porque desean mantener principios y valores superados por la historia. En todos los casos porque temen el efecto de la libertad. Tom Paine, Jefferson o Lincoln son hoy día peligrosos revolucionarios para muchos que, creyéndose “progresistas”, no son más que reaccionarios tratando de mantener en pié edificios en ruina.
 
Estar en desacuerdo con la política de Bush no supone ser antinorteamericano, pero conviene evitar confusiones. Clinton actuó muchas más veces que Bush sin cobertura del Consejo de Seguridad; Clinton decidió reiniciar la guerra contra Iraq en 1998 y no lo pudo hacer por encontrarse en plena crisis de la becaria; la globalización liberal es un objetivo de republicanos y demócratas; la doctrina de la mal llamada “guerra preventiva” –“preemptive action”- es reivindicada por los demócratas; la Guerra contra Iraq fue apoyada por la gran mayoría de los senadores, incluyendo a las grandes figuras del Partido Demócrata, como Biden, Liberman, Kerry y el recién llegado Edwards. Es evidente que Kerry y Bush no son iguales, el primero lleva meses pidiendo el envío de miles de soldados más a Irak.
 
Pongámos las cartas sobre la mesa y no adjudiquemos a Bush lo que es del común de la clase política norteamericana y consecuencia directa de los principios de su sistema político. El creciente antinorteamericanismo es una expresión más de la deriva ideológica continental iniciada años atrás, del poderío americano y de la decadencia de Europa.


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