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España se instala cómodamente en la tercera fila mundial
Colaboraciones nº 99   |  29 de Junio de 2004
 
La aprobación de la Constitución Europea en la reciente Cumbre de Bruselas ha sido una buena noticia para Europa y un mal precedente para España.
 
Todos los europeos debemos sentirnos satisfechos por el éxito que supone dar este paso fundamental en el proyecto de construcción europea. Sin embargo, cuando la Constitución entre en vigor previsiblemente en 2009, España no será tan central en ese proyecto como lo podría haber sido.
 
Se ha hablado mucho de las diferencias entre el Tratado de Niza y la recién aprobada Constitución y de la merma de la influencia española que suponen. Quizá, en lo que no se haya insistido lo suficiente es en que Niza exigía una mayor implicación de España en el proceso de construcción europea de la que ahora exige la Constitución. Tener un peso equiparable al de los grandes países de la Unión implicaba un necesario compromiso español en todos los grandes debates y acuerdos europeos. Con Niza, Europa necesitaba a España: España era imprescindible para Europa. Con la actual Constitución, España será mucho más prescindible.
 
Pero, más allá, de la Constitución, la reciente negociación en Bruselas ha confirmado un hecho que ya había comenzado a asomar la cabeza. Este es la preocupante actitud y forma de entender las negociaciones internacionales del actual Presidente de Gobierno.
 
El Sr. Zapatero fue un convidado de piedra en las negociaciones de Bruselas. Aceptó un acuerdo propuesto por la Presidencia irlandesa sin apenas rechistar. No exigió contrapartidas a la evidente merma en el peso de España en la Unión generada por un acuerdo que favorecía a países grandes y pequeños, es decir, a todos menos a España y a Polonia. Quizá la inercia de la negociación llevaba en esa dirección, pero los españoles nos merecíamos un Gobierno que batallase hasta el final para sacar el máximo provecho de un acuerdo perjudicial para España en comparación con el anterior.
 
Peor aún, el Sr. Zapatero pareció tomarse la negociación como un recreo. Como él mismo dijo a sus colaboradores, el espectáculo de los duros intercambios entre delegaciones fue algo que le hizo “divertirse de verdad.” Las negociaciones europeas son todo menos divertidas dadas las enormes presiones y responsabilidades que se ejercen, por lo que uno se pregunta qué tuvo nuestro Presidente del Gobierno en la cabeza durante su estancia en Bruselas.
 
La verdad es que el Sr. Zapatero ya se había desplumado a sí mismo antes de comenzar la negociación. Su Gobierno puso sus cartas negociadoras sobre la mesa a las primeras de cambio cuando anunció - sin que nadie se lo pidiese - que renunciaba a defender el Tratado de Niza. Si el Sr. Zapatero fuese un jugador de poker, sería el rival de partida ideal para todo aquel que quisiese ganar mucho dinero en poco tiempo.
 
Por desgracia, esta forma de entender las negociaciones internacionales se está imponiendo como la regla y no la excepción de este Gobierno. Ya se vio en la negociación de la reciente resolución 1.546 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Irak.
 
Entonces, España dejó que otros países tomasen la iniciativa y presentasen sus borradores de resolución. El Sr. Zapatero reaccionó afirmando que la resolución no le satisfacía porque no era “suficientemente ambiciosa.” Sin embargo, fue incapaz de oponerse a ella. Una vez que quedó claro que se iba a alcanzar un acuerdo, España se limitó a sumarse a él a regañadientes. Aceptó lo que otros países habían impulsado por no tener la valentía de decir que no o la de proponer un texto alternativo.
 
Es importante resaltar que nada obligaba a España a someterse a la iniciativa de otros. España, como miembro del Consejo de Seguridad, podría haber presentado su propio borrador de resolución. De haberlo hecho nada más llegar el Sr. Zapatero al Gobierno, habría defendido en el foro donde había que hacerlo las condiciones bajo las que las tropas españolas deberían permanecer en Irak. Pero no lo hizo porque su voluntad era la de retirar las tropas españolas pensasen lo que pensasen nuestros socios internacionales.
 
Aprobada la resolución, el Gobierno, con su falta de modestia habitual, nos quiso convencer de que España había sido el “detonante” del acuerdo. El Sr. Zapatero, cuanto más cede, mejor se cree que negocia porque más facilita el acuerdo.
 
Parece mentira que el Presidente del Gobierno mida el éxito para España de una negociación en función de que se llegue a un acuerdo o no, en vez de hacerlo en función de que dicho acuerdo se ajuste al máximo a los intereses de España.
 
Llegar a un acuerdo es lo fácil. Con someterse a las exigencias de los demás es suficiente. Se acepta lo que plantean otros, no se defiende – o ni siquiera se establece – la posición propia y en la rueda de prensa posterior se hace el canto al diálogo y al talante.
 
El Sr. Zapatero debería darse cuenta de una vez de que el diálogo es un medio y no un fin. Cuando se hace del diálogo un fin, se acaba perdiendo la iniciativa, olvidando los intereses nacionales y aceptando un acuerdo – cualquiera – que pueda venderse luego como propio. Además, se lanza un mensaje de debilidad a nuestros socios internacionales que se acostumbran a dar por hecho el asentimiento español. Todo, por supuesto, convenientemente aderezado con generosos chorros de “talante” y “diálogo” que no consiguen, sin embargo, camuflar el amargo sabor del fracaso.
 
Son los gobiernos ambiciosos, con hambre de responsabilidad, los que afrontan cualquier negociación como una batalla de la que sacar el máximo provecho. En estos escasos meses, el Gobierno del Sr. Zapatero nos ha dado ya varias indicaciones de que se conforma con que España se instale cómodamente en tercera fila de la escena internacional.
 
¿Cuál es la explicación? Quizá no haya que buscarla en el extranjero, sino en el interior de nuestras fronteras.
 
Y es que mientras que el partido del Sr. Zapatero o sus aliados políticos continúen sin creer en España, difícilmente podrá el Gobierno defender los intereses españoles en el extranjero. Para defender los intereses de España fuera, lo primero que hay que hacer es defenderlos dentro.


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