(Publicado en La Razón, 24 de noviembre de 2008)
Guantánamo y Abu Ghraib demuestran de manera rotunda y fehaciente que la guerra de Irak es la más limpia, ética y constreñida por limitaciones legales del mundo contemporáneo. En las guerras la vida se deprecia y el derecho no resiste los embates de la necesidad extrema. En cualquiera, incluida las actuaciones de las democracias que vencieron a los nazis en el Oeste. Si todo lo que hay contra Irak es eso, eso es casi nada, en términos comparativos. Igualmente lo es en términos absolutos, porque en el enorme éxito de propaganda conseguido por los que abominando de Sadam o de Bin Laden tienen claro a quienes prefieren frente a Bush, el mito construido y convertido en dogma de fe guarda una muy tenue relación con la realidad. Ahora Guantánamo se convierte en piedra de toque para el nuevo presidente. La más minúscula coherencia con todo el mundo ideológico que representa le exige cerrar el ultra simbólico centro de detención. Lo ha declarado taxativamente tras su victoria, no ya como promesa electoral. Otras muchas no las cumplirá y no abandonará Irak, pero con Guantánamo ha quemado sus naves. Los convenios de Ginebra dicen que los «combatientes enemigos» pueden mantenerse como prisioneros hasta la finalización de la contienda. Los que nos ocupan son además «ilegales». No llevan uniforme, no respetan las reglas de la guerra, ni los derechos humanos ni la ley común. De los detenidos en la base cubana cientos han sido ya puestos en libertad. Más de treinta han sido localizados practicando actividades terroristas. Como consecuencia, más de una docena de soldados americanos han perdido la vida. Otros enemigos irregulares serán capturados con las manos en la masa fuera de territorio americano. ¿Qué hará con ellos Obama?