A Zapatero le entró un afán loco por colarse en un club al que sencillamente no pertenecemos, tras haber sido filmado durante once minutos sentado solito mareando papeles para hacer que hacía en la cumbre de la OTAN en Bucarest el pasado abril, mientras sus compis europeos se juntaban en corrillos detrás de él.
De fracaso en fracaso había llegado a una política exterior cero, concluyendo que no le perjudicaba ante su electorado. No es que no nos hubieran invitado, sino que no somos miembros. La invitación a los otros 12 la hizo el G-7/G-8, núcleo del grupo, cuando creó el más amplio, G-20, en 1999, para reunir a emergidos con un cogollito de emergentes, en general muy grandes, de manera que entre todos suponen más del 80% de la economía mundial. Los europeos originales eran, y han seguido siendo, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. Ahora Zapatero ha conseguido acoplarnos gracias a desenfrenadas maniobras de seguidismo a un Sarkozy que ha hecho prestidigitación con su silla nacional y la de la Unión.
Todos estamos intrigados por el precio de sometimiento que habrá tenido que pagar nuestro hombre, pero los juegos de silla no refuerzan la seriedad de estos cónclaves, ni la de la Unión, ni la del artista francés por no hablar del suplicante español, que fue a predicar que había que coordinar las políticas a una reunión destinada a coordinar políticas, y no dejó de hinchar el pecho ideológico para resucitar la marca de socialdemócrata, destinada a prolongar la crisis, tras haberla preterido esmeradamente durante años.