Una conferencia global que promueve el diálogo interreligioso y patrocinada por el actual régimen saudí suena algo así como que la Sudáfrica del apartheid celebrara un acto frívolo global destacando las virtudes de la igualdad racial.
Eso no equivale a negar que el Rey Abdullah rompiera tabúes al servir de anfitrión a una conferencia interreligiosa y que por primera vez invitara a judíos a participar en un acto de patrocinio iraní. El rabino David Rosen, presidente del Jewish Committee on Interreligious Consultation, lo describía exuberantemente como "un acontecimiento histórico" y un preludio "a la apertura de la sociedad saudí," aunque sí advertía que "el tiempo dirá si esto es el principio de algo o simplemente otro acto más sin ninguna relevancia real."
Lamentablemente, ser invitado por el Rey Abdullah tuvo un efecto tan intoxicador sobre algunos participantes judíos que perdieron su sentido común y cedieron al excesivo halago de su anfitrión, que acabó degenerando en humillación.
El rabino Brad Hirschfeld, presidente del National Center for Learning and Leadership, destacaba que no estaba pecando de inocente al afirmar inmediatamente después de haber recibido la bendición del Rey Abdullah "con quien Dios comparte la gloria divina" que vio lágrimas en los ojos del rey. El rabino Michael Lerner, director del grupo radical Tikkun, sugería que "para aquellos de nosotros a los que nos desespera que el cristianismo y el judaísmo han perdido el rumbo... la noción de que el islam puede encender esa chispa que genere un nuevo renacimiento religioso basado en el respeto mutuo y la intensidad y espiritual podría ampliar nuestra interpretación del infinito potencial de Dios para sorprendernos."
Walter Ruby, de la Foundation for Ethnic Understanding, comparaba la iniciativa del Rey Abdullah con la perestroika de Mikhail Gorbachev, olvidando que el reformista soviético inició las dramáticas reformas dentro de su país en tanto Arabia Saudí sigue representando el ejemplo más extremo de fundamentalismo islámico fanático de corte wahabí.
En la práctica, la exportación de patrocinio estatal del wahabismo ha dado lugar a una red global de escuelas islámicas jihadistas e instituciones que bendicen la violencia. Esto ha conducido a la creación de centros por todo el mundo que alimentan a grupos terroristas que incuban a muchos de los terroristas suicida que están en primera línea de las actividades terroristas.
Arabia Saudí niega la entrada en el país a los judíos y prohíbe todas las demás religiones que no son el islam el derecho a crear casas de oración. Los imanes saudíes promueven públicamente el antisemitismo virulento, retratando a los judíos en las mezquitas y en la televisión como los hijos de los cerdos con los monos a los que hay que matar. Hasta la fecha, el sistema educativo saudí sigue incorporando textos obscenamente antisemitas.
Claramente, el Rey Abdullah en toda su veteranía no se transformó de la noche a la mañana en un liberal. Pero es lo bastante inteligente para darse cuenta de que su país se encuentra bajo la gran amenaza del creciente chiíta en expansión de dominio iraní y anda desesperado buscando reforzar la pobre imagen del régimen en Estados Unidos y Europa. Ese fue el objetivo primordial de la conferencia interreligiosa de Abdullah.
Como era de esperar, la conferencia tuvo lugar en Madrid en lugar de en Jedda o la Meca.
Inicialmente, el "rabino" Yisroel Dovid Weiss, el demente neoyorquino de Natorei Karta que previamente había asistido a la conferencia iraní de revisionismo del Holocausto, fue seleccionado como el único judío en hablar desde el podio. Tras protestas apoyadas por un imán musulmán estadounidense implicado en actividades interreligiosas, los saudíes se retractaron y retiraron la invitación a Weiss. Fue sustituido por el gurú del diálogo interreligioso estadounidense, el rabino Arthur Schneier, que había recibido al Papa Benedicto XVI en su sinagoga de Park Avenue durante su reciente visita a Nueva York.
No fue invitado ningún rabino israelí. El rabino David Rosen, siendo israelí con doble nacionalidad, fue designado como estadounidense. En realidad, al margen de un intercambio marginal, Israel estuvo ausente de la agenda.
Lo que es más importante, mientras el Rey Abdullah destacaba las virtudes de la paz y condenaba el terrorismo, los participantes eran informados de que sólo en una conferencia posterior se definiría "terrorismo." Hasta la fecha, los musulmanes niegan que los ataques contra Israel sean actos de terror, describiéndolos como resistencia legítima.
Es inexplicable el motivo de que los participantes judíos carecieran del valor para plantear los temas cruciales que no tendrían resonancia entre sus anfitriones. ¿Cómo pueden líderes judíos participar en un acto así sin hacer mención siquiera a la incitación obscena religiosa antisemita sustentada por el estado que es abiertamente promovida por el país que patrocina el acto? ¿Cómo pudieron permanecer en silencio cuando un ministro saudí en funciones de cultura afirmaba que "el islam es una cultura moderada y estamos decididos a evitar que los extremistas secuestren el islam"? Ciertamente tenía la obligación de señalar que mientras cada una de las tres religiones monoteístas importantes incorpora elementos de religiosidad militante y violencia, con sus ramas jihadistas dominantes, el islam representa hoy la doctrina más violenta. Permanecer en silencio en estos temas permitió que los saudíes explotaran el diálogo interreligioso como vehículo para obtener el respeto y disfraz a su fundamentalismo.
Los representantes judíos tampoco protestaron cuando el comunicado de cierre de la conferencia instaba "a organizaciones internacionales a redactar un documento que declare el respeto de las creencias y los símbolos religiosos y criminalice legalmente a aquellos que los insultan.” Este comentario aparentemente inocuo representa un llamamiento a dar el visto bueno a la intimidación islámica contra todos aquellos que critican o cuestionan las creencias islámicas o su comportamiento, como queda plasmado en la violencia y la virulenta campaña en relación con las viñetas danesas del profeta Mahoma. Los judíos sensibles a la demonización en la práctica religiosa tienen que estar por tanto firmemente en contra de esto.
No oponerse a iniciativas así es comparable a los líderes judíos estadounidenses progres que aprueban exigencias musulmanas de legalizar el fichado racial a pesar de que el 95% de los actos de terrorismo global proceden hoy de ese colectivo.
También nos estamos haciendo un pobre servicio si aprobamos la falsa alegación de que la islamofobia campa a sus anchas. Supone en la práctica un tributo a la tolerancia de los países occidentales que a pesar de la violencia e intimidación que sale de los musulmanes, la agresión abierta o la discriminación hacia ellos se haya visto extremadamente limitada. En la práctica, al contrario que las sinagogas, las mezquitas raramente exigen protección armada, y en Europa gran parte de la violencia dirigida contra los judíos procede en realidad de los musulmanes.
También debemos exigir reciprocidad. La tolerancia de los derechos para los musulmanes en los países occidentales tiene que ser equiparable a la tolerancia con los no musulmanes en los estados islámicos.
Nada de esto nos detrae de nuestra obligación de elevar nuestras voces contra aquellos que condenarían a una religión entera a causa del comportamiento criminal de unos individuos. Pero resulta exasperante que en la escena musulmana no haya virtualmente ninguna de tales condenas en relación con la incitación contra Israel, los judíos o hasta Estados Unidos.
El meollo de la cuestión es que el diálogo con la Iglesia Católica solamente tuvo éxito a causa de la apertura y la voluntad de proceder por parte de ambas partes. Las organizaciones judías de reputación tienen que reconocer que el diálogo con los musulmanes se vuelve contraproductivo cuando ellas no defienden a los judíos por miedo a ofender a la otra parte, o se rebajan humillándose para apaciguar o ganarse el favor de sus anfitriones. Todo lo que se logra es un disfraz de buena voluntad que en última instancia solamente refuerza a los fundamentalistas a expensas de los pocos moderados genuinos dentro de la comunidad islámica.
Fue particularmente escandaloso y vergonzoso que en una conferencia presidida por árabes saudíes que divagaba acerca de tolerancia y buena voluntad, los participantes judíos no insistieron en plantear el tema del antisemitismo religioso patrocinado por el estado que es endémico en el país que los recibía.