(Publicado en La Razón, 6 de octubre de 2008)
El abismo es el pánico financiero que llevaría a tratar de venderlo todo enloquecidamente, pulverizando los precios y contagiándose el mundo entero, en desplome de quiebras como castillos de naipes. A su borde hemos seguido caminando esta semana.
El salvavidas, bueno, regular o malo, nadie puede estar seguro, pero imprescindible, nadie lo duda, que el Congreso americano tenía que haber aprobado el lunes, ha ido arrastrando su pródiga alma de 700 mil millones hasta, por fin, el viernes.
Problema: que es impopular. La gente quiere salvación y quiere culpables y quiere castigos. Quiere demasiado. Lo que la gente no quiere es que le digan que las culpas llegan hasta los apartamentos más humildes. Empiezan por los que compraron algo a lo que todo el mundo tiene derecho, sí, pero no necesariamente los medios. Se compra porque un banco le da a lo loco una hipoteca que en principio no podría pagar, apostando a que su modesta vivienda aumentará de precio rápidamente y podrá salir ganando. Demasiadas apuestas y la burbuja revienta, los valores que los bancos han emitido teniendo como garantía grandes y opacos paquetes de hipotecas se hunden, los balances de los bancos se dañan, pierden crédito, se quedan sin liquidez y los virus financieros se extienden por los mil y un recónditos recovecos del sistema, con inminente amenaza de darlo al traste.
Pero los parámetros del resto de la economía, la que produce e intercambia bienes que tienen peso y volumen y servicios que se consumen, son básicamente sanos. Si se apuntala el castillo de naipes el baile puede seguir. Pero los diputados, en mes de elecciones, no quieren arrostrar impopularidades. El patriotismo bien entendido empieza por uno mismo. Hasta que lo muy urgente se vuelve desesperadamente urgente.