George W. Bush es consciente de la grave amenaza que supone el programa nuclear iraní. Lo ha repetido muchas veces, tantas como que todas las opciones están sobre la mesa. Pero no es así. El presidente norteamericano no quiere abrir un nuevo frente que podría desestabilizar el curso de las operaciones en Afganistán e Iraq y dificultar la recuperación económica. Israel ha recibido el mensaje y trata de adaptarse a un nuevo entorno, mucho más peligroso que el presente.
Estados Unidos no va a atacar durante esta presidencia las instalaciones nucleares iraníes y ha enviado un recado claro a Israel para que tampoco lo haga. Conocedor de la grave situación en la que deja a su aliado, ha enviado un radar para mejorar su sistema de defensa antimisiles. Ya que no le permite destruir la amenaza, por lo menos trata de ayudarle a defenderse de ella. El nuevo radar puede detectar el lanzamiento de un misil a 1.900 km. de distancia, 1.000 km más que el actualmente en activo. Una vez localizado, sus coordenadas serían enviadas al centro de control del sistema Arrow, nombre de la defensa antimisiles israelí, desde donde se trataría de anular mediante el lanzamiento de interceptores.
El gesto de Washington es importante y puede tener consecuencias muy interesantes para la región. La presencia de soldados norteamericanos para el mantenimiento del radar implica que en caso de ataque lo sería también a Estados Unidos. Es el equivalente a un tratado de mutua defensa. No hay mejor disuasión que saber que la respuesta sería un ataque nuclear masivo contra Irán.
Cabe suponer que, de hecho, el nuevo radar pasará a formar parte de la Defensa contra Misiles Balísticos norteamericana, iniciada por Reagan y recientemente extendida a la OTAN. Ante la imparable crisis del régimen de no proliferación nuclear la ampliación del «escudo» norteamericano puede resultar la mejor forma de limitar la amenaza y evitar que nuevos estados entren en la carrera nuclear para garantizar su propia defensa.