Lo de menos es quien es el bueno y el malo, el provocador y el provocado, el que puso el cebo y el que lo mordió. Lo importante es que Putin ha desencadenado en Georgia un terremoto que ha sacudido las placas tectónicas del entero orden internacional. Llevaba proclamándolo desde hace mucho y por fin encontró su oportunidad. Cuando dijo que la desaparición de la Unión Soviética había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX estaba anunciando el contrachoque, que por fin ha llegado. Quiere anular los efectos del gran seísmo y relanzar la onda hacia occidente. Para empezar, que se le reconozca una esfera de influencia, una periferia de vasallos que le rinden pleitesía. El principio es la doctrina neo- y ultra-brezneviana de que Rusia tiene derecho a defender a sus nacionales allí donde estén. ¡Ojo que en Lavapiés puede haber alguno! Y además la nueva Rusia es muy generosa repartiendo pasaportes.
El retorno de Rusia a la escena internacional, y a lo grande, se dice. Sí, pero juega al farol. No es más que una Arabia Saudí con armas atómicas. Ni menos. Tiene una importante capacidad de chantaje que le proporciona la ilusión de ser fuerte, pero es de barro hasta bastante más arriba de las rodillas.
Su oportunidad reside en que desde el punto de vista Occidental, el mayor cataclismo geopolítico del siglo XX ha sido la eliminación de Europa, por propia desgana y credo ideológico, como factor internacional y la consiguiente agonía de la alianza atlántica que presidió toda la pasada centuria. Sarkozy, en nombre de la Unión, se precipita a consagrar las conquistas del renaciente imperio. Zapatero, como con Irak, redescubre el valor de OTAN para bloquear las acciones americanas y deslegitimarlas. No es más que un comienzo.
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