La tragedia demócrata es que en un año en que las circunstancias les son absolutamente favorables y con un candidato que ha encandilado a su base, puede que a fin de cuentas hayan elegido a uno de los pocos correligionarios con los que podían perder.
A lo largo del verano no han logrado explicarse por qué su hombre mantenía una diferencia tan pequeña con McCain. Al optar por Palin y tras el triunfal discurso de ésta en la asamblea republicana, las tornas han cambiado.
McCain va por delante. No es un margen irreversible, pero asociado al fenómeno Palin, tan ilusionador para la derecha como Obama lo es para el otro bando, ha hecho estremecer a la izquierda y enloquecer a los medios, que se han abalanzado con saña contra esta cazadora de alces de los hielos del norte. La bilis que vierten contra ella resalta la disparidad de tratamiento respecto a Obama y en su desmesura engendra simpatías que consolidan su imagen de renovación y cambio. El temor, esperanza para otros, de que la decisión de McCain hubiera dilapidado su más eficaz vector de ataque, la inexperiencia de su rival, se difuminó rápidamente: en la comparación, Sara sigue saliendo airosa. La gran incógnita es cómo lidiar a una prensa rabiosamente hostil. El primer round, con la cadena ABC, lo ha superado con éxito considerable.
Hay también que contar con que en un proceso tan largo el globo de Obama ha comenzado a perder presión. Los anuncios tomándose a guasa las promesas mesiánicas y sus aires de superfamoso parecen haberle hecho mella, pero sobre todo es la insostenibilidad de una imagen tan sobreinflada.
El helio se escapa por los poros aunque no se pinche el globo. La pelea no ha terminado, pero McCain puede ahora ganar.