Al final lo han hecho. Los demócratas en Denver han votado mayoritariamente por Barack Obama como su mejor candidato a la Casa Blanca. Ninguna sorpresa en ello. Por un lado ya se sabían los resultados de sus primarias; por otro, es bien conocida la deriva del Partido Demócrata hacia la izquierda cada vez más radical. Y Obama es su exponente más genuino.
No sabemos a ciencia cierta si Obama cree en lo que dice o es simple oportunismo, pero es muy posible que en verdad resulte ser un iluminado. Su biografía dice mucho de él. Demasiado. De su vida privada sabemos de sus malas amistades, incluyendo pastores racistas, terroristas convictos y no arrepentidos y funcionarios corruptos. De su vida pública también sabemos de su actuación legislativa, primero en el senado de Illinois y luego en Washington, consistentemente a favor de posturas a la izquierda del propio partido demócrata. En cuestiones de criminalidad y derecho a la vida entre otras.
Cierto, las elecciones de este noviembre contienen tantos elementos novedosos que es harto difícil buscar comparaciones con las anteriores o hacer predicciones sobre su resultado, pero por las encuestas sí sabemos una cosa: que a pesar de todo el circo obamita sobre el cambio necesario, los americanos le siguen viendo con recelo. No despega frente a un McCain menos atractivo que él y en medio de un país agotado por los años de George W. Bush.
Y posiblemente no lo haga por una razón muy simple, a saber, que la sociedad americana sin ser mayoritariamente conservadora, sí parecer serlo lo bastante como para no fiarse del ya oficialmente candidato demócrata.
Que el candidato a vicepresidente, el senador Joseph Biden pueda, con su experiencia, compensar la falta de la misma de Obama está por ver. Dos senadores en un mismo «ticket» puede que sea demasiado para un pueblo que ve en los políticos de Washington sobre todo un peligro. Es más, en un país de empresarios, muchos se preguntan ¿contrataría yo a estos dos? Obama no lo tiene claro.