(Publicado en ABC, 15 de agosto de 2008)
En la cumbre de Bucarest, el pasado abril, los europeos de la OTAN eligieron no enfadar a Moscú y sí molestar a Bush rechazando la propuesta de éste de invitar a Ucrania y Georgia a ser parte de la Alianza Atlántica. Un grave error.
De hecho, si Georgia hubiera estado ya negociando su adhesión a la OTAN, cabe pensar que Rusia se habría mostrado más cautelosa en el ejercicio de su política de matón en lo que considera su barrio.
Pero los europeos dijeron entonces que Georgia no estaba todavía preparada para entrar en su organización. A pesar o tal vez porque sus tropas combatían en Irak junto con las americanas y porque su presidente, Mijail Saakashvili, es un decidido pro-norteamericano.
En realidad quienes no estaban preparados para ser aliados de Georgia eran los europeos de la OTAN. No estaban dispuestos a comprometer su política de apaciguamiento frente a la cada vez más agresiva «putincracia» rusa.
Saakashvili ha cometido un gravísimo error: creer que los aliados occidentales le respaldarían en su intento de imponer el control constitucional en Osetia del Sur frente a una reacción rusa. Reacción absolutamente desproporcionada, dicho sea de paso.
El problema es que esta guerra trasciende con mucho el ámbito de Georgia y Rusia. En realidad tiene que ver con los principios en los que debe basarse un orden internacional liberal. Aceptando la política agresiva del Kremlin, los europeos asumen de facto la ley del más fuerte, no la legalidad internacional.
Políticos como el senador McCain, o Aznar en nuestros lares, e intelectuales como Robert Kagan, han venido hablando de un mundo crecientemente dividido entre naciones democráticas y países autocráticos donde no sólo no se respetan los derechos básicos de la persona, sino que se creen legitimados para retar la extensión de los valores democráticos en el mundo.
Es en ese contexto donde la OTAN, callando ante Rusia, debe sentirse profundamente avergonzada. Porque es el orden liberal lo que queda en entredicho.