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Una nueva estrategia para Irak
En letra impresa nº 242   |  23 de Mayo de 2004
 
(Publicado en el Diario Palentino, el 23 de mayo de 2004)
 
La terrible situación que se vive estos días en Irak no debe hacernos olvidar dos cosas. La primera es que el régimen de Sadam Husein constituía una de las tiranías más sangrientas y opresoras de la historia de la humanidad. La segunda es que por mal que nos parezca que están las cosas, la situación sería aún mucho peor en el caso de que las tropas de los treinta países implicados en la estabilización de Irak abandonaran el país. En ese supuesto se desencadenaría una verdadera guerra civil cuyas cifras de muertos serían aún mucho mayores que las que se ahora se producen a diario. El resultado de esa guerra podría ser además una nueva tiranía tan repugnante como la Sadam Hussein y una amenaza de mayor desestabilización de una zona ya muy convulsa.
 
La situación actual, por dura que parezca, no nos deja más opción que perseverar e intensificar nuestros esfuerzos por lograr un Irak seguro, prospero y democrático. El problema es que para culminar esa misión, que algunos definen interesadamente como imposible, es necesaria una estrategia capaz de asegurar la consecución de ese objetivo y unos medios proporcionados a su enorme ambición.
 
La carencia de una estrategia definida capaz de asegurar un Irak seguro, prospero y democrático es el elemento más inquietante. Un año después de la guerra es claro que los planificadores del Pentágono tenía un plan excelente para derribar a Sadam Hussein, pero que la Administración Bush carecía de una estrategia para lograr el objetivo último: un Irak libre. La ausencia de esta estrategia ha hecho que el día a día haya ido imponiendo una dinámica que ha conducido a la situación en la que nos encontramos, muy lejos del país estable y democrático al que aspiramos.
 
¿Es posible reformular ahora esa estrategia? Parece muy difícil embarcados en una inminente campaña presidencial en Estados Unidos. El actual Presidente, George Bush, está convencido de que lo que le permitirá ser reelegido no será una victoria en Irak, lo que parece improbable en las actuales circunstancias, sino la rentabilización de sus logros económicos, sus propuestas sociales y la defensa de sus valores conservadores. Por el contrario, Irak se ha convertido hoy más en un riesgo que una baza electoral. Esto explica el desinterés de Bush por el problema, al menos hasta que pasen las elecciones.
 
Por otro lado, el escándalo de los malos tratos a prisioneros ha venido a dificultar aún en mayor medida la necesaria revisión de esa estrategia. El caso es especialmente grave porque socava la legitimidad del propósito: hacer de Irak un país libre y democrático. Está por determinar hasta que punto la cadena de mando pueda estar comprometida en estas prácticas, pero el mero hecho de que se hayan producido indica un fallo del sistema que debe ser corregido con la máxima diligencia y contundencia. En todo caso, la responsabilidad política del Secretario de Defensa, Donald Rumsfield, le invalida como alternativa al necesario liderazgo presidencial en la redefinición de la estrategia.
 
En segundo lugar, está la cuestión de los medios que requeriría implementar esta nueva estrategia. Una de las críticas más persistentes de los propios militares norteamericanos es que el número de soldados desplegados sobre el terreno era manifiestamente insuficiente para la misión que debían desarrollar. Esto siempre es discutible, porque más soldados implican también mayores costes económicos y políticos. Pero a tenor de cómo ha evolucionado la situación parece que los militares tenían razón. En muchas ocasiones, a mayor despliegue es necesario un menor uso de la fuerza. No obstante, los problemas en Irak tienen una raíz política mucho más que militar. La revisión debe por tanto incidir más en la definición de una estrategia política que en el mero redespliegue o aumento de tropas. Esperemos que la transición de poder prevista para el próximo mes facilite esta estrategia.
 
Estados Unidos debe entender bien lo que está en juego en Irak en estos momentos. En primer lugar, el terrorismo internacional podría convertir el país en su gran centro de operaciones, como en cierto modo ya está ocurriendo. En segundo lugar, una retirada precipitada podría desencadenar una crisis en todo el Gran Oriente Medio, haciendo tambalearse a todos los regimenes moderados que hoy son aliados de Washington en la zona. En tercer término, la mayoría del pueblo de Irak quedaría frustrado en sus ansias de libertad y devuelto a una tiranía que puede ser aún peor que la que sufrieron en las últimas décadas. Finalmente, el crédito de Estados Unidos quedaría bajo mínimos y su posición como potencia mundial seriamente comprometida. Por todo ello, el Presidente Bush debería anunciar cuanto antes una nueva estrategia para Irak.


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