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La Historia ha vuelto
Reseñas nº 141   |  4 de Agosto de 2008
 

(Del libro El retorno de la Historia y el fin de los sueños de Robert Kagan. Taurus. Madrid, 2008. Publicado en La Ilustración Liberal, número 36, 2008)

Uno de los términos que más hemos utilizado para describir el mundo tras el fin de la Guerra Fría ha sido la de “deshielo”. Viejos problemas habían quedado “congelados” ante la emergencia de un conflicto de mayor envergadura que había dividido el mundo en dos grandes bloques enfrentados ideológica y militarmente. Cualquier crisis menor podía derivar, si no se controlaba a tiempo, en un holocausto nuclear, en la famosa “destrucción mutua asegurada”. De ahí que tras la descomposición de la Unión Soviética esos viejos y concretos problemas volvieran a aparecer con sorprendente vitalidad. El caso más evidente para los europeos fue, y continúa siendo, la crisis de los Balcanes. Robert Kagan va más allá y nos plantea que no sólo emergen hechos concretos sino el sistema internacional anterior a la Guerra Fría, adaptado a un nuevo entorno y a unas capacidades militares inimaginables a principios del siglo XX.

Kagan es autor de sobra conocido. Columnista y conferenciante de éxito, tiene la extraordinaria habilidad de presentarnos libros breves y bien escritos en los que con sorprendente concisión afronta, de forma amena, los temas realmente importantes de la escena internacional. No se pierde en erudiciones, terreno en el que tanto su padre como su hermano son reconocidas figuras, sino que va al núcleo del problema. Tras su éxito editorial Poder y debilidad, centrado en la crisis de las relaciones trasatlánticas como consecuencia de lo que él denominó la opción “postmoderna” de la política internacional asumida por Europa, en su último libro, El retorno de la Historia, centra su atención sobre el sistema internacional en su conjunto. No es una continuación del anterior, sino un trabajo complementario.

El planteamiento es propio de un profesional de la historia intelectual. No se limita a contarnos cómo ve el sistema internacional de nuestros días, sino que, partiendo de las tesis más extendidas en los años de la crisis de la Guerra Fría, analiza sus fundamentos, sus fallos y en qué medida han pervivido para, a la postre, explicar qué elementos nos impedían entender que el futuro sería una continuación del pasado en mayor medida de lo supuesto. Su crítica se vuelca sobre esos ensueños de la Ilustración, tan presentes en el imaginario colectivo, tan rebatidos por la experiencia histórica, que nos llevan a creer en la idea de que a mayor progreso más democracia. No siempre es así. No lo fue durante el siglo XX y no lo está siendo en la actualidad.

Tras la Guerra Fría hemos dejado atrás un conflicto característicamente ideológico para entrar en un período en el que países con distintas historias y culturas coinciden en tener regímenes autoritarios, escasa o nula experiencia democrática y elites preocupadas por su falta de legitimidad y por el riesgo que para sus intereses supone la expansión de los valores democráticos. Esta división entre demócratas y antidemócratas se convierte, de hecho, en un eje de la vida internacional, que lleva a unos y otros a unirse en defensa de sus valores e intereses. La descripción que hace Kagan de los principios y fundamentos de las políticas exteriores rusa, china o iraní resultan enormemente ilustrativas, como las que realiza, en sentido contrario, cuando habla de Estados Unidos, India o Japón.

El modelo que Kagan nos ofrece minusvalora la tensión entre civilizaciones planteada por Huntington y afirmada, por la vía de hecho, por las distintas corrientes islamistas. El problema existe, pero ni es el único ni es el eje sobre el que gira el conjunto del sistema internacional. La clave por el contrario residiría tanto en la creciente multipolaridad alimentada por una exitosa globalización como por la tensión entre democracia y autoritarismo. El desenganche “postmoderno” de Europa supone un serio problema para Estados Unidos, que tiene que sustituirla con las nuevas democracias orientales, como Japón o India. En opinión del autor el futuro dependerá de la capacidad de las naciones democráticas para coordinar sus políticas en defensa de sus valores compartidos frente a una creciente resistencia, que ya es realidad, de las naciones con regímenes autoritarios. Un escenario que ya conocimos a lo largo del siglo XIX y XX y al que ahora volvemos, si bien en un marco más global y menos occidental.


 

 


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