(Publicado en ABC, 1 de agosto de 2008)
Yo ya he visto el futuro Estado palestino. Está en Gaza y se llama Hamastán. Tiene una autoridad, más que un gobierno, impuesta sobre la violencia y la exclusión. Hamás dio un golpe de estado y se hizo con el poder hace ahora un año y, desde entonces, se ha volcado en dos cosas: aterrorizar a Israel y eliminar cualquier vestigio de sus principales oponentes palestinos, los leales a Fatah.
Hamastán es un Estado sostenido financieramente por la República Islámica de Irán, quien ha encontrado en Hamás un instrumento ideal con el que extender su influencia al sur de Israel. De ahí que sus armas y cohetes fluyan generosamente hacia la Franja de Gaza, las más de las veces desde suelo egipcio a través de un laberinto de túneles que sirven para escapar a la vigilancia de uno y otro lado de la frontera.
A los líderes de Hamás les gusta mandar. Y precisamente por seguir en el Gobierno y evitar una ofensiva armada israelí que acabaría deponiéndoles, han aceptado ahora un alto el fuego con Israel, después de haber estado lanzando cohetes contra sus poblaciones día sí y otro también desde que Sharon retirara sus tropas y se llevara con ellas a los colonos en septiembre de 2005.
La comunidad internacional piensa que el futuro de Hamastán está en manos de Israel, pero como tantas veces se equivoca. El presente lo determina en buena medida Teherán, y el futuro quien lo condiciona es Egipto. Fueron Egipto e Israel quienes decidieron dónde fijar la frontera entre Gaza y el Sinaí, a veces a golpe de bulldozer. Y es en suelo egipcio el único sitio donde Gaza puede expandirse un poco, uniendo familias artificialmente separadas, como en Rafá, y ofreciendo un espacio necesario para salir de la miseria económica en la que están sumidos.
El futuro de Gaza no está en el norte, sino en el sur. Si echan un vistazo a la zona con Google Maps, se darán cuenta de lo que digo. Mientras tanto, tratemos a Hamastán como el Estado que es y hagámoslo responsable de sus actos y de los de sus ciudadanos.