Condoleezza Rice, secretaria de Estado norteamericana, ha dicho esta semana que los iraníes no son serios en las negociaciones sobre su programa nuclear y que están recurriendo a su consabida táctica de perder el tiempo. En realidad, la representante del Gobierno americano debería haber dicho que quienes no somos serios, somos los demás, por permitir que nos tomen el pelo con total impunidad -y ya vamos por el quinto año de negociaciones- y, sobre todo, por jugar a engañarnos a nosotros mismos.
Primero sobre las intenciones iraníes. Mientras que los ayatolás se empeñaban en comprar todo tipo de elementos que sólo sirven para fabricar una bomba, los negociadores occidentales preferían creer que el programa nuclear, aunque tuviera una derivada militar, seguramente no tenía como finalidad hacerse con un arsenal atómico. Pero eso es lo que en realidad quiere Irán. Segundo, sobre las sanciones que se le han impuesto a Irán. No sólo limitadas, sino sin consecuencia alguna capaz de cambiar el rumbo o el ritmo del programa nuclear iraní.
Si de verdad queremos detener la bomba iraní, convendría actuar deprisa y presionando allí donde verdad les duele a los ayatolás, paradójicamente en el petróleo. Sólo un embargo total de gas y gasolina puede llegar a doblegar la voluntad del régimen fundamentalista de Teherán. No en vano, Irán depende de sus importaciones de gasolina en algo más de un 40 por ciento de su consumo. Sus reservas estratégicas y un posible racionamiento les permitiría seguir funcionando con normalidad algunas semanas, pero en menos de dos meses, no habría gasolina en las gasolineras y en algo más, las fuerzas armadas y la guardia revolucionaria se habrían quedado secas.
Si la comunidad internacional no hace algo así y pronto, los iraníes dispondrán del tiempo necesario para tener su bomba. Y después de eso, sólo Dios lo sabe. Y todo por no ser serios.