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Por un racimo de bombas
En letra impresa nº 1014   |  24 de Julio de 2008
 

(Publicado en Expansión, 24 de julio de 2008)

En Defensa, política y demagogia suelen ir de la mano. Carmen Chacón no iba a ser una excepción.
 
Cuando uno contempla lo que la web del ministerio llama “actualidad de la ministra”, sólo hay una acción que destaque: en sus propias palabras “poner a España en la cabeza del no a las bombas de racimo”. Una causa noble y loable que aspira a aliviar el sufrimiento de toda guerra. Sin embargo, ¿es esta medida lo más urgente e importante para su departamento y la defensa española?
 
Abanderar medidas de desarme siempre da rédito político cuando se agita demagógicamente ante una opinión pública que por fuerza debe posicionarse contra el horror y la guerra. Pero la eficacia y los intríngulis de este tipo de decisiones suelen ser más que discutibles. Por ejemplo, la historia de las municiones de racimo, ahora en camino de ser destruidas de nuestros arsenales nacionales, nos dice que la mayoría de países que las ha empleado en los últimos treinta años no son signatarios de la convención de Dublín que prohíbe este tipo de sistemas y a la que el gobierno español se ha adherido. Por tanto, es previsible que de una u otra forma, esos mismos países sigan recurriendo a ellas cuando lo estimen necesario. Nosotros, a diferencia de otros aliados, hemos querido colocarnos a la cabeza y vamos a eliminar estas municiones de nuestros inventarios. Incluso se va a prohibir el entrenamiento con ellas (de tal forma que nuestros militares si alguna vez sufren su zarpazo no sabrán qué hacer). Alemania, por ejemplo, que también vende estar a la cabeza de esta prohibición, sin embargo, se ha garantizado que los dos tipos a disposición de sus fuerzas armadas, la M-85 y la SMART 155, quedan debidamente excluidas de la prohibición. Sus intereses industriales han primado sobre los morales. Aquí no, gracias a Dios.
 
Aunque a la ministra se le ha escapado un agujero importante: las tropas españolas podrán actuar junto a otros ejércitos que sí empleen munición de racimo. Por ejemplo en Afganistán. Pero ese es un pequeño detalle que no ensombrece su estatura moral. Como tampoco lo disminuye  que en la España de la picaresca, su Ministerio adjudique la destrucción de las 5.500 municiones de racimo que actualmente poseemos a la misma empresa que las ha fabricado. ¿Quién mejor para acabar con ellas? En fin, vamos a pagar cuatro millones de euros por acabar con unas bombas que nos costaron tres y pico. No está mal para unos sistemas que nunca hemos usado y que nunca íbamos a usar. Pero nuestra satisfacción moral bien vale ese dinero aunque otros sigan causando daños con su uso. No en balde la ministra ha dicho que estas armas son “sentencias de muerte sin juicio”. Supongo que un muerto por otro arma cualquiera también diría lo mismo.
 
Mas valdría que la ministra se preocupara por las armas que tienen nuestros enemigos y no sólo en destruir las pocas que tenemos.


 

 


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