(Publicado en ABC, 11 de julio de 2008)
Los europeos, con Solana a la cabeza, tienen un sueño: creer que frente a Irán cuentan con un buen palo y una rica zanahoria y, con ellos, ser capaces de convencer a los ayatolás de que dejen sus aspiraciones nucleares. En realidad, palo ninguno y zanahorias las justas. Hace unos días, Javier Solana ofreció a Teherán la última propuesta, la llamada «doble congelación». Esto es, congelar las sanciones a cambio de congelar el enriquecimiento de uranio.
En contra de los buenos deseos del enviado de la UE, la respuesta iraní ha sido la que cualquiera que les conozca un poco podría haber esperado: que no. Pero podrían haber dicho perfectamente que sí, ya que lo que se les demandaba no pondría en peligro su programa nuclear de carácter militar. Y si han dicho que no es, simplemente, porque saben que su negativa no va a traerles ninguna consecuencia. Como mucho, un nuevo paquete de incentivos y una visita más de Solana.
Si los ayatolás parecían, no obstante, algo más abiertos a negociar en estas semanas, no era por lo que los europeos les prometían, sino por todo lo contrario: porque los tambores de guerra se habían vuelto mucho más sonoros. En Washington la retórica era más belicista y, sobre todo, los israelíes venían de realizar una gran maniobra de bombardeo a larga distancia con notable éxito. Y que le vuelen sus instalaciones sí que es un buen palo.
Hacer creíble la posibilidad y la efectividad de un ataque militar será con toda seguridad la mejor forma de incentivar a los dirigentes iraníes a que se comporten tal y como la ONU les exige. Pero como cada vez que una acción así parece más cercana los europeos corren a Irán para salvarles del abismo donde ellos se han metido, todo se viene rápidamente abajo. ¿Qué es lo que ha conseguido Solana esta vez? Que el «no» de Teherán venga acompañado de maniobras de la Guardia Revolucionaria y que Teherán dispare, a modo de ensayo, nueve misiles, algunos con un radio de acción suficiente como para alcanzar a Israel.