Carl Schmitt constituye una de las raras excepciones del pensamiento político de derecha o conservador. Mientras que otros autores de la misma procedencia ideológica han conseguido ser perfecta y pulcramente arrumbados en el estante de los libros inservibles o las categorías puramente eruditas, las distinciones del pensador alemán han conseguido calar en el lenguaje político culto ordinario. Esta penetración de la terminología de Schmitt en la jerga política se comprueba, por ejemplo, cuando se emplea la distinción de amigo y enemigo para explicar la actual situación que vive el mundo occidental respecto de los islamistas.
Posiblemente este predicamento de las categorías schmittianas en el análisis político se deba a que su obra ha sido estudiada por el pensamiento político conservador y progresista, convirtiéndose en favorito de ciertos pensadores antisistema. Sea cual sea el motivo, la bibliografía, como indica Jerónimo Molina (p. 65), sobre Carl Schmitt es enorme y llega a más de 350 libros. Se puede decir que Carl Schmitt está de moda. Al mundo académico hispánico, esta atención sobre la figura del pensador alemán no le resulta novedosa. Como Giraldo y Molina señalan en el prólogo, el mundo en español desde muy temprano se sintió atraído por la figura de Schmitt, quien legó colegas y discípulos desde Pamplona (Alvaro d’Ors) a Santiago de Chile (Jaime Guzmán). Es verdad que la atención en los últimos años ha variado en cierto grado. Si Schmitt se introdujo en nuestro mundo principalmente como el baluarte de un constitucionalismo no ingenuo, cada vez se dedica más atención al Schmitt pensador de lo político y teórico de la secularización. El titulo de la edición reciente de Héctor Orestes Aguilar del Fondo de Cultura Carl Schmitt, teólogo de la política atestigua este cambio de interés en los estudios schmittianos en nuestra lengua.
De esta manera, se puede decir que este libro se sitúa en una tradición ya prolongada en nuestro mundo hispánico, ya que si algunos ensayos se centran en los aspectos más especulativos de su obra, otros se limitan a cuestiones más politológicas. En esta obra, se recogen nueve artículos, entre los que se encuentran los compuestos por varios de los más grandes especialistas de la obra de Schmitt, como Günter Maschke, Antonio Caracciolo, Alain de Benoist y Jerónimo Molina. Expondremos ahora alguna de las ideas más aprovechables de dos de los artículos más relevantes: el de Maschke y el de Molina.
El artículo del Maschke resulta sumamente revelador. Maschke señala y contextualiza la triple raíz del antiliberalismo. La primera de estas fuentes del antiliberalismo schmittiano es la que menos contextualización necesita. Schmitt se inscribe en la tradición, que tanto contribuyó a divulgar, de teología política de Donoso, Bonald y Maistre. Schmitt no puede aceptar el planteamiento liberal de la política, pues, optimistamente, excluye cualquier influencia de lo teológico-religioso sobre lo político. Es muy notorio que Maschke sostenga que la doctrina del pecado original que estos autores sostienen no es católicamente ortodoxa, ya que ‘claramente se diferencia del concepto trentino’ (p. 19). El segundo motivo del antiliberalismo de Schmitt proviene de los problemas del liberalismo para la organización de la política interior. Schmitt consideraba que el liberalismo no podría organizar nunca la política alemana por ser una fuerza foránea. Mientras que para las potencias vencedoras de la Gran Guerra el liberalismo contribuyó a forjar la nación, para Alemania esta ideología sólo representó la ‘posibilidad de disolver el Estado’ (p. 33). La tercera razón del antiliberalismo estriba en la manera como el liberalismo esconde los motivos verdaderos de la política internacional. Aquí las críticas se dirigen contra el Tratado de Versalles que, con un discurso condenatorio de la fuerza y de la guerra, ‘preveía bloqueos de alimentos hasta la hambruna’ (p. 35).
Además de este examen de los fundamentos del antiliberalismo schmittiano, resulta interesante el énfasis que da Maschke sobre el aspecto “retórico” del pensamiento del autor alemán. El estudioso alemán señala que Schmitt era publicista y ensayista antes que científico (p. 31). Su antiliberalismo es ‘variado y no-sistemático’ (p. 39). Por esta razón, no puede sorprender que en ciertos sentidos que la propia obra de Carl Schmitt pueda considerarse perteneciente al ‘liberalismo’, como Maschke señala en la primera página de su trabajo (p. 15). Esto demuestra la terrible polisemia y la perpetua adaptabilidad, así como su casi absoluta falta de contenido material del concepto liberal El carácter ensayístico y complejo del pensamiento de Carl Schmitt se comprueba que, a pesar de ser uno de sus más duros críticos, puede seguir orbitando en la elipse del liberalismo.
La aportación de Jeronimo Molina se ciñe a una cuestión más particular: hace un análisis de parte de los estudios que sobre Carl Schmitt se han realizado en los últimos años. El profesor Molina señala cómo muchos autores pulcramente pastorales se acercan a la obra de Schmitt con la seguridad de que todo lo que dice no es sino una coartada para defender el régimen nazi (Zarka, quizá sea el más notable de estos reverendos laicos). Molina también critica por esta falta de criterio académico la reciente publicación de la habitualmente muy seria editorial Trotta, La palabra de Behemoth (2005). Molina señala que la monografía de R. Capderrich es ‘marañosa e ideológica’ (p. 68), que desconoce la lengua alemana y las fuentes de la época del propio Schmitt (p. 69). Al fin y al cabo, un desastre. Más grave de lo normal, si tenemos en cuenta que esta obra es la publicación de una tesis doctoral, que tuvo que aprobar un examen. La reseña de Molina sirve para aclararse sobre los tergiversadores derroteros por los que camina parte de la bibliografía más cool.
En una reseña ya publicada sobre este interesante libro, Pablo Molina comentaba que más valdría a la derecha española dirigir su mirada sobre la obra de este pensador. Con estas lecturas, quizá recuperaría el tono intelectual que falta a su discurso. Suscribo el juicio de la falta de musculatura de los políticos y los proyectos de la derecha española; sin embargo, no comparto el diagnóstico. En un ambiente cultural y político, en el que la derecha se ha quedado totalmente obnubilada por lo liberal, la lectura de Schmitt bien podría traerles una ácida indigestión. Hay que recordar que gran parte del atractivo, por lo menos retórico, de Schmitt consiste en un despiadado examen de lo liberal, como en esta propia obra analizaba Maschke. Ciertamente, admira a Tocqueville, pero más por lo que tiene de liberal escéptico (sentimientos aristocráticos y cierto gusto por la predicción catastrofista) que por lo canónico. Por eso, mejor que la derecha profesional se inmiscuya en el estudio constante del propio Tocqueville y Constant para que no se confunda y cuando algunos llamen liberal a Rawls, ellos sepan decir que no.
Este libro se recomienda vivamente a todo aquel que quiera introducirse en el estudio de Carl Schmitt así como a quien desee conocer el sólido y atrevido pensamiento conservador y derechas que hay más allá de lo liberal. La complejidad y los conflictos que el siglo XX nos legó deben recordarnos que un planteamiento optimista no resulta sino un acicate de muchos de esos problemas. El pensamiento de Schmitt puede servirnos como guía para adentrarnos en los recovecos del mundo políticos del siglo XX y XXI.