(Publicado en La Razón, 26 de junio de 2008)
El mundo árabo-islámico, como otras muchas áreas del planeta, se dejó fascinar por Obama, pero ya a estas alturas está carcomido por la duda. El entusiasmo inicial por alguien que desciende de familia islámica y lleva nombres árabes se ha ido enturbiando. No hay que recurrir al Hussein que tiene en segunda posición y los conservadores gustan malévolamente recordarle. Barak también lo es, el mismo nombre que el Baruk hebreo, del verbo que significa bendecir.
Es un bendito, Benito, Benedicto, pero no son bendiciones las que le pueden llegar de ese Oriente Medio cuyos tiranos se propone aplacar con sólo dirigirles la palabra. Porque su padre el keniata abandonó la religión en la que había nacido y se convirtiéndose en lo peor que puede ser un musulmán. Pero dado que por mucho que apostate o reniegue un musulmán nunca puede dejar de serlo, lo mismo que un bautizado nunca deja de estarlo, las escuelas discuten si esa condición irrenunciable alcanza también a sus hijos. Los más radicales no lo dudan. Él es también discípulo de Mahoma, por mucho que le pese. Su proclamada conversión al cristianismo, en modalidad teología de liberación negra, a la que ahora ha también renunciado, no hace más que agravar la situación.
Para colmo de males se presenta en la asamblea anual de AIPAC, el poderoso lobby americano pro-israelí, y proclama que Jerusalén ha de ser eternamente judía. La audiencia, abrumadoramente judía y demócrata, supera instantáneamente sus dudas y se deja arrebatar por la gran esperanza americana. El día siguiente, donde dije digo digo diego. Una ducha fría para su público del día anterior que no consigue templar a los ateridos palestinos y a sus partidarios en el Oriente Medio. De estos quiebros, veremos muchos más.