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Una derecha irresponsable
En letra impresa nº 985   |  10 de Junio de 2008
 
(Publicado en Época, 5 de junio de 2008)
 
Durante la Transición, los partidos constitucionalistas cedieron a las presiones de los nacionalismos creyendo que podrían lograr su lealtad. Hoy pagamos este error. Desde hace treinta años, utilizan la Constitución contra la Constitución. Amparados en sus libertades, nacionalistas vascos y catalanes declararon una guerra institucional, social, cultural y política a la nación española. Para construir una nación, debían romper otra. A eso se han dedicado. Persiguen la lengua, falsean la historia, utilizan la educación, la economía, el deporte con fines ideológicos. Y ahora creen haber llegado al punto de fractura. 
 
Estos nacionalismos destacan por dos cosas. En primer lugar, por el rechazo de España como nación en cualquiera de sus expresiones, sea lingüística o institucional. En segundo lugar, la sustitución del constitucional-pluralismo por un tipo de régimen nacional-colectivista, antiliberal y antipluralista. Conviene no llevarse a engaño: el nacionalismo implica un tipo de régimen que sólo por ingenuidad o desconocimiento se puede denominar democrático.
 
La anomalía política en 2008 no está en el comportamiento nacionalista; sino en que por primera vez, el Gobierno de la nación participa abiertamente de su proyecto. Las propuestas de Patxi López y Rodríguez Zapatero -“construir la nacionalidad vasca” uno, “refundar la convivencia” en Euskadi, otro- no dejan lugar a dudas: Su rechazo al nacionalismo lo es en términos de ventajas y conveniencias electorales, no de proyecto político respecto a la unidad nacional. A efectos históricos, la propuesta del PSE-PSOE se diferencia poco de la de Ibarretxe. En la derecha sólo los más despistados, y en la izquierda sólo los más cínicos, pueden negar que el Gobierno de la nación trabaja activamente para disgregar la nación de la que surge su legitimidad moral e institucional. Convencida de que el Estado-nación es un concepto conservador y de que España representa una tradición histórica y cultural reaccionaria, la izquierda española está colaborando entusiasmada con los proyectos nacionalistas.
 
Las naciones no son eternas; pueden perfectamente morir, y pueden perfectamente suicidarse. Del mismo modo, la democracia no es un régimen garantizado para siempre. Basta una minoría bien organizada y fanatizada y una clase dirigente que consienta o se desentienda, para que Estados nacionales o regímenes políticos se vengan abajo. Ha ocurrido en el pasado, ocurrirá en el futuro y en España hoy se están dando todos los síntomas.
 
No asistimos a una legislatura normal. Es con la viabilidad de España con lo que se trafica entre Vitoria, Barcelona y La Moncloa. Y ante una situación así, cada cual debe cumplir con su responsabilidad. Que el PSOE abdique de ella sólo la hace más seria, más incuestionable. Por eso, ante una amenaza real, el Partido Popular es una necesidad existencial para España. Hoy en día sólo este partido, con cientos de miles de militantes, con millones de votos, con miembros bien preparados, es capaz de hacer frente a un cambio de régimen que es real. Trabajar en defensa de la nación española y de su régimen de libertades es la primera y más importante labor para el partido político de la derecha. Pero hoy está abdicando de una responsabilidad histórica que, lo quiera o no, le corresponde.
 
Mientras el PP se desangra en luchas intestinas, el nacionalismo estrecha el cerco y la izquierda lo negocia. Incapaces de ver más allá de cuestiones internas, llevados por la fiebre de la rivalidad, la influencia o el poder, los políticos del Partido Popular dejan camino libre, allanan el terreno y proporcionan la distracción necesaria ante lo que está ocurriendo. La irresponsabilidad de la derecha política española alcanza el límite de lo intolerable cuando no sólo no actúa con la contundencia y claridad necesarias: su triste espectáculo interno está distrayendo la atención de un problema que amenaza con ser irreversible.
 
Hay más, naturalmente. La irresponsabilidad de la derecha no lo es sólo con las instituciones. El espectáculo de bajezas humanas y miserias políticas en que está instalada implica un desprecio directo a millones de personas que acudieron a ella para defender la idea de España y la de las libertades constitucionales. Votos hoy arrastrados por la ambición, sometidos a unas luchas internas que el votante observa con desaliento, traicionado. Quien votó con la conciencia de lo que estaba en juego, se encuentra hoy con sus representantes se desentienden de ello. El PP está dejando a sus votantes desamparados.
 
La irresponsabilidad es de mayor profundidad aún. No sabemos el alcance social de la desmoralización provocada desde las filas del Partido Popular en toda la derecha española, pero esta se muestra desorientada, perdida, estupefacta, justo cuando menos debe estarlo. Los problemas del PP se han extendido sobre la parte de la sociedad civil que está dispuesta a dar batalla, pero que se encuentra paralizada, dividida, ofuscada ante la división “popular”. Con su actitud, el PP no sólo se paraliza a sí mismo, sino que paraliza a todos aquellos que están llamados a colaborar en defensa del orden constitucional.
 
La derecha está dando muestras de una irresponsabilidad histórica intolerable: no afronta el problema más grave al que se enfrenta España, sirve de distracción para esconderlo, abandona a sus votantes, y desmoraliza a la sociedad civil liberal-conservadora cuando más falta hace. Sin embargo, no es tarde, o no demasiado. Es la hora de la verdad para el Partido Popular, para cualquiera de sus sectores, bandas o partidas. Con unos nacionalistas lanzados a la yugular de España y una izquierda dispuesta a permitírselo, no puede huir más de una responsabilidad que le corresponde y a la que aún puede hacer perfectamente frente.

 


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