OTAN es un prodigio de pervivencia institucional, de cómo las instituciones tratan de prolongar su existencia tras la desaparición de las causas que dieron lugar a su nacimiento.
Como cualquier organización internacional y en gran medida cualquier política exterior nacional, la Alianza Atlántica es un producto de su contexto, de lo que sus miembros esperan obtener de su pertenencia a la Alianza y su Organización en un contexto determinado.
En sus orígenes y la mayor parte de su existencia la Alianza fue una típica, incluso paradigmática criatura de la guerra fría, del paradigma internacional predominante de bipolaridad, del terror nuclear, de la política occidental de contención de la Unión Soviética.
Que haya sobrevivido a la desaparición de esas circunstancias quiere decir que sus miembros han seguido considerándola útil en el nuevo entorno surgido del desplome del comunismo y la desaparición de la Unión Soviética. Eso supone adaptación, pero supone también un prestigio que no se desvanece de la noche a la mañana, un prestigioso club al que es apetecible pertenecer aunque sus instalaciones estén deterioradas y los servicios que presta a sus socios no sean los que fueron. Pero adaptación también y la expectativa de que mientras se mantenga el tinglado en pié sus activos podrán seguir prestando algunos servicios útiles sea cual sea su grado de éxito en el la adaptación a las nuevas realidades.
A la hora de repensar una vez más OTAN, el tema de cuál es el sistema internacional al que tiene que adaptarse para satisfacer las necesidades y objetivos de sus miembros es primordial.
El nuevo orden nació en la frontera temporal marcada por la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y la desintegración de la Unión Soviética en diciembre de 1991. Quedó muy claro que había desaparecido el antiguo pero el nuevo fue apuntando poco a poco a través de varios quiebros históricos, y con él, las expectativas de hacia donde iba y el análisis de lo que iba conformándose ante nuestros ojos.
Por un lado, la percepción de que tendríamos que enfrentarnos con algo absolutamente nuevo era exagerada, puesto que al menos la mitad de lo anterior no sólo había quedado en pié, sino que se había afirmado y expandido su influencia de poder y el atractivo de sus valores al resto del mundo. Desató una oleada de democratización como mínimo en la parte de Europa que había estado sometida al yugo soviético. Su hambre por ser admitidas en las instituciones vencedoras, OTAN pero en un sentido no militar igualmente la Unión Europea, creó problemas de integración pero apuntaló estas instituciones, mientras que su apertura contribuyó muy activamente a consolidar la democracia en los nuevos miembro y a afianzar la en principio dudosa estabilidad en su zona.
En todo caso, como el bando ganador tenía un líder indiscutible, la desaparición del rival no hizo más que reforzar su poder global. Así pues, la bipolaridad fue sustituida por la monopolaridad, el mundo contaba con una sola superpotencia, cuyo diferencial de poder con todas las que le seguían, la mayor parte amigas y aliadas era enorme.
Pero según los presupuestos básicos de la escuela predominante en los estudios de Relaciones Internacionales, formada ella misma por docenas de corrientes, tendencias y subescuelas, ese sistema es esencialmente inestable y no podría prolongarse por mucho tiempo. Los actores de la escena internacional, los estados son monstruos fríos, motivados por descarnados intereses y escasamente constreñidos por normas éticas que refrenen los sagrados intereses nacionales, y no se sentirían cómodos con los superpoderes de una superpotencia para la que tal nombre le quedaba ya estrecho, viniéndole mejor el apelativo inventado por el socialista ministro de exteriores francés Fraçois Vedrine: hiperpotencia. Un tal predomino de poder, dice la teoría que estaba en la base de las predicciones, ha de desembocar inexorablemente en el surgimiento de una coalición de grandes potencias que contrapese el poder del más fuerte, cuya posición, imperial, hegemónica o como quiera que se la llame, ello mismo objeto de apasionados debates, impide realizar las aspiraciones de los grandes menores y llega a ser percibida como poco tolerable, incluso amenazadora. Antes o después, pero se suponía que no en mucho tiempo, la unipolaridad tendría que dar paso a un sistema que por una mala traducción del inglés, ya consagrada, se llama de balanza o más bien de equilibrio de poderes.
Algunas de las grandes obras americanas sobre el nuevo orden internacional en vías de surgimiento eran prontuarios para orientar la política exterior de Washington a lo largo de ese al parecer ineluctable proceso. Quizás la más importante de todas fue el Diplomacy de Kissinger, que a través de un repaso histórico selectivo pretendía educar a la elite política americana para los desafíos exteriores con los que iba a tener que enfrentarse. Similar sentido tenía el más breve paro también jugoso “Nuevo Tablero Mundial” de Brzezinski. Fueron mal interpretados, por los que ya estaban de uñas con la molesta realidad de la hiperpotencia, como manuales para el mantenimiento del imperio americano, cuando partían del supuesto de que eso era inviable y lo que pretendían era que una adecuada política permitiera gestionar la peligrosa transición de forma pacífica y que en el nuevo sistema se preservasen los valores americanos de democracia, libertad de mercado y derechos humanos y por último, sin duda, también asegurar a los Estados Unidos el mejor puesto posible en ese nuevo orden.
Uno de los puntos discutidos, pero con un margen de acuerdo considerablemente amplio, es quienes serían los grandes actores internacionales que participarían en ese juego de contrabalanceo del excesivo poder americano. China aparecía ya a comienzos de los ochenta como el candidato indiscutible. Japón también, durante unos años, por su irresistible potencia económica, cada vez más incómoda para los Estados Unidos por el creciente y descomunal, para la experiencia del momento, desequilibrio a su favor en su balanza comercial mutua. Por un tiempo el “japan bashing” vino a sustituir en ciertos medios y sectores políticos americanos, al “Soviet Union bashing”, hasta que de la noche a la mañana se le declaró una paralizante crisis financiera, ejemplo entre tantos otros de lo cambiantes que son las circunstancias y lo imprevisibles que son muchas veces esos cambios, tan numerosos y sorprendentes desde que se terminó el estable hasta el inmovilismo sistema de bipolaridad de la guerra fría, o más bien, remontándonos más atrás para incluir los no menos sorprendentes que trajeron el fin de ese sistema, del polo que se hundió con su fracaso.
La nueva Rusia se daba por supuesto que aunque no fuera más que por su inmensidad territorial, aunque también por otros factores, su tradición bicentenaria de gran potencia, su superpotencial atómico, tendría un puesto seguro en el nuevo concierto mundial, ampliación a escala planetaria de lo que fue después de Napoleón, el llamado “Concierto de Europa”, la concertación de los cinco grandes para tratar de dirigir los asuntos europeos.
También por territorio y población habría que contar de algún modo con la India. Otros grandes a escala regional, como el gigante latinoamericano, Brasil, podría jugar a más largo plazo un papel más modesto.
Las grandes disputas teóricas concernían a Europa. Francia y el Reino Unidos no tenían el tamaño suficiente para seguir manteniendo, individualmente, sus pretensiones de grandes potencias. Quizás sí la Alemania unificada, si conseguía acercarse al potencial económico del Japón. En todo caso, en el terreno económico la Unión Europea era el número dos indiscutible. Lo que no estaba claro era su capacidad para transformarlo en poder político. En una muestra de miopía analítica o de errores teóricos inducidos por el deslumbramiento ante las efímeras circunstancias de un momento, tan frecuente en estos años como los virajes mismos del orden internacional, algunos escritores, a ambos lados del atlántico, creyeron ver en el atractivo que ofrecía el modelo de la Unión Europea, cuajada de éxitos económicos y envidiados logros pacíficos, una capacidad de influencia en el mundo que eclipsaría el poder militar americano. Incluso, y al margen de los destinos de Europa, apareció en estos primeros tiempos de la posguerra fría la breve moda de la “geoeconomía”, supuesta suplantación de la tradicional geopolítica, en un mundo en el que el poder económico habría de contar en el orden internacional mucho más que el militar, considerado como instrumento muy poco idóneo para el ejercicio de la influencia y de las aspiraciones nacionales en el nuevo orden que estaba surgiendo. El siempre brillante y casi siempre equivocado Edward Luttwak fue uno de los promotores de esta fugaz nueva disciplina.
Pero fue transcurriendo la década de los 90 y la transición hacia el sistema de equilibrio no se veía por ninguna parte. Un par de amagos de entendimiento a tal fin de Rusia y China tratando de englobar bien a la India o bien a un candidato mucho menos cualificado pero aspirante a hegemoncillo regional como Irán, jaleados a distancia por la siempre incordiante Francia, quedaron rápidamente en agua de borrajas. Las incompatibilidades entre ambos grandes vecinos y la superior necesidad que cada uno por su lado tenía de los Estados Unidos en múltiples aspectos, dejaron los intentos en simples fintas coyunturales.
Lo que sí se veía era el continuo crecimiento del poder americano. Se destacaba cada vez más su excepcionalidad histórica. Quizás nunca, o al menos no desde el imperio romano en su ámbito geográfico, una potencia había acumulado tal grado de superioridad respecto a las demás en absolutamente todas las dimensiones del poder, duro y blando, como se empezó a decir siguiendo una aportación de Joseph Nye. Económico, militar, científico, tecnológico, de alta cultura y de cultura popular. A finales de los noventa el análisis empezó a tomarse en serio la posible estabilidad unipolar. Eran muchos más los que estaban interesados en beneficiarse de la amistad con el hegemón que los que estaban dispuestos a llevar su resentimiento hasta sumarse a los que lo desafiaban, en el supuesto de que hubiera alguno que se osase hacerlo abiertamente, fuera de los menos que transitorios intentos mencionados. Mientras la hiperperpotencia mantuviera todas sus ventajas, ejerciera prudentemente su predominio tratando de preservar la paz y la estabilidad para bien de la inmensa mayoría y repartiera hábilmente los favores de su amistad, cuidando de no exacerbar los antagonismos y envidias que su posición inexorablemente habría de suscitar, el sistema quizás podría perpetuarse indefinidamente o al menos por un largo plazo.
Al tiempo que se tomaba en serio esta posibilidad, crecía durante el segundo mandato Clinton la protesta ante lo que aparecía como la desagradable dimensión de la unipolaridad, el unilateralismo americano. La tendencia americana a tomar las grandes decisiones por su cuenta sin consultar o sentirse constreñido por los grandes organismos internacionales, empezando por las Naciones Unidas y siguiendo por una serie de grandes acuerdos internacionales de aquellos años, en los que el número uno mundial se quedaba al margen. Como prototipo puede citarse el acuerdo climático de Kyoto. Lo mucho que estas protestas tienen de míticas, por cuanto idealizaba el papel de organismos internacionales muy por encima de su realidad histórica y sus potencialidades efectivas, tiene ya un tufo de insatisfacción antihegemónica que supone un adelanto de lo que pocos años después iba a producirse.
El hecho transformador fue más puntual, inesperado y abrupto que nunca y dejó chiquita en la magnitud de la sorpresa y la inmediatez del impacto a la caída del muro de Berlín. Fue naturalmente el 11-S. Literalmente de la mañana a la tarde los Estados Unidos se encontraron con lo que en la intensa emoción del momento pareció una amenaza sino mayor que la antigua nuclear soviética si más próxima y apremiante y quizás difícil de soslayar. Al fin y al cabo el viejo y poderoso enemigo nunca había dado un zarpazo en el interior de la fortaleza americana como el que acababa de perpetrar el hasta entonces poco menos que desdeñado terrorismo de inspiración radical islámica.
El resultado momentáneo, tan momentáneo que fue casi aparente, fue un pico de reafirmación de la unipolaridad y también el unilateralismo. El poder americano, ante el desafío, pareció crecer todavía más por cuanto se desarrollaron repentinamente de forma casi elefantiásica dos dimensiones intangibles de todo poder: la voluntad de ejercerlo y la aceptación por parte de los demás. El león herido en su dignidad pero entero en toda su fuerza estuvo dispuesto utilizarla a fondo para perseguir a los terroristas y destruir el régimen que lo amparaba en el lugar aparentemente más inaccesible del mundo, con fama de ser una tumba de imperios desde Alejandro Magno hasta el recientemente fenecido soviético y el resto del mundo sancionó la aventura y buena parte compitió por tomar alguna visible parte en ella.
Pero ese pico fue flor de un par de meses y a fin de cuentas no hizo más que sacar a la superficie los instintos antihegemónicos de lo que algo prosopopéyicamente podríamos llamar la sociedad mundial. A pesar de todos los apoyos y refrendo onusino incluido, a los pocos días de la entrada de un puñadito de tropas americanas en Afganistán empezaron a surgir en occidente tímidas voces que clamaban: “pero estos que se creen, que pueden entrar a saco en cualquier esquina del mundo”, voces que en el mundo árabo-islámico tenían el carácter de verdaderos alaridos. La rápida victoria, que siempre tiene mil padres, y las exultantes manifestaciones de liberación de los afganos, acallaron esas protestas, pero la punta del iceberg se había hecho visible.
La enorme y gélida masa antihegemónica se revelaría en todo su esplendor en la crisis de Irak. Suscitó una repulsión popular etico-ideológica en la que confluyeron todas las formas de antiamericanismo en una potente amalgama antihegemónica. Su instrumento de elección fue Naciones Unidas, erigidas en templo mundial del multeralismo con el que pararle los pies al brutal hegemón. El endeble organismo internacional al que cada uno acude a defender sus más descarados intereses nacionales, y su órgano regular de gobierno, el Consejo de Seguridad, tan ajeno a la lógica de la democracia como régimen político doméstico, fueron canonizados como mundiales legislativo, ejecutivo y judicial en una sólo pieza. De repente una oposición de Francia, Rusia y China se convertía en una sacrosanta norma de inexcusable cumplimiento so pena de convertirse en criminal planetario de la magnitud del nazismo. La informal coalición antihegemónica que surgió de manera espontánea pretendió hacer con el gigante lo que los liliputienses con Gulliver: inmovilizarlo con los finos hilos de unas normas que nadie ha estado nunca dispuesto a cumplir cuando perjudicaban sus intereses nacionales y menos que ninguno el plus marquista de la década en pisoteamiento de resoluciones del Consejo de Seguridad, de acuerdo con el capitulo VII de la carta de Naciones Unidas, es decir, legalmente obligatorias, a saber, el belicista e inmensamente represivo régimen baasista de Irak, del que esa coalición se convirtió en protectora para evitar que Estados Unidos le obligara a cumplir las 16 resoluciones que venía violando desde hacía más de diez años.
Pero no nos engañemos, el gran temor mundial no era las consecuencias que una malhadada intervención militar iba a tener para la paz en el país, la región y el mundo. El gran temor era que un éxito demasiado rotundo de la aventura americana reforzaría aún más su poder, de ahí la tierna solicitud por los derechos del régimen sadamita y la sacralidad de las ambiguas resoluciones onusinas, no para exigir su cumplimiento a los infractores multireincidentes sino para deslegitimar la acción de quienes pretendían imponérselas de una vez por todas. El empantanamiento militar de la coalición proamericana debe ser considerado un gran éxito de la muy hetereogénea coalición antihegemónica y no un éxito casual sino causal. Una parte nada minúscula de la responsabilidad de las enormes dificultades con las que los americanos se han encontrado en Irak y del precio en sangre que han tenido que pagar los iraquíes a manos de feroces terroristas locales e internaciones, hay que atribuírselo al éxito de la acción la acción de zapa deslegitimadora que a la inversa ha supuesto una pretensión de legitimar a los terroristas presentándolos como heroicos patriotas iraquíes, resistentes frente a unas fuerzas imperialista de ocupación, cuando la realidad es que una clara mayoría de los ciudadanos de Irak se sintió francamente liberada con el derrocamiento del tirano Sadam.