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Jiménez Losantos. Juicio ideológico a la derecha
Apuntes nº 69   |  5 de Junio de 2008
 
Algo no funciona demasiado bien cuando la izquierda española abre informativos, portadas y hasta programas de humor atacando duramente al periodista más escuchado por la derecha española, y ésta, acobardada, balbucea excusas y escurre el bulto mirando para otro lado. EL juicio contra el periodista comenzó bastante antes que el pasado día 28, antes que el 11M, antes que 2004. Tiene su origen en el hecho de que el discurso progresista ha alcanzado tal predicamento, a izquierda y derecha, que ahora trata de imponerse incluso judicialmente.
 
La derecha liberal debiera cuidarse bien de hacer suyas determinadas afirmaciones, que es exactamente lo que muchos están haciendo, acaso por su silencio. ¿Crispa Jiménez Losantos? La izquierda en pleno, desde Público a Telecinco, contesta afirmativamente, al unísono. Pero que la Cadena COPE crispa a la izquierda es tan cierto como que la Cadena SER o La Sexta crispan profundamente a la derecha liberal conservadora; ¿bajo qué criterio puede afirmarse que Jiménez Losantos crispa más que Iñaki Gabilondo? Para un liberal-conservador, asomarse al informativo de Gabilondo en Cuatro es sumirse en una crispación profunda, la consecuente de una opinión y una información antiliberal, antinorteamericana, anticatólica. Las columnas y tertulias de la Cadena SER rebosan de desprecio, hostilidad y violencia dialéctica al menos tanto como lo hace Jiménez Losantos entre la izquierda progresista española.
 
¿Es radical Jiménez Losantos? ¿Representa la extrema derecha contra la que alerta obsesionada la izquierda al Partido Popular? ¿En qué sentido? En la derecha algunos olvidan no ya leer, sino escuchar: Tanto de su programa de radio como de sus libros y artículos se desprende una defensa cerrada de los principios liberales y constitucionales, y nadie, hasta ahora,  podrá mostrar una sola opinión del periodista de la COPE que no sea la defensa incondicional de los regímenes constitucional-pluralistas, en España y en el mundo.
 
Algo que difícilmente puede afirmarse de sus censores. ¿Representa la Cadena SER, con su apología de los regímenes revolucionarios, indigenistas e islamistas una línea editorial menos “radical”? ¿En qué sentido exactamente es menos “radical” Santiago Carrillo que cualquiera de los contertulios de Jiménez Losantos? ¿Con que criterio son más democráticas las opiniones a favor de la nación vasca o catalana efectuadas en SER que las efectuadas en COPE a favor de la Constitución española?
 
¿Posee más pureza democrática quien defiende los tratos políticos con los asesinos de Vic o Zaragoza que quien los denuncia?, ¿es más democrática la defensa de un Estatuto revolucionario-popular votado por el treinta por ciento de los catalanes, que la defensa de la Constitución parlamentaria de 1978? ¿Con qué parámetros? ¿Es meros radical la disculpa de las FARC en La Sexta que su condena en Libertad Digital Televisión? ¿La defensa de Hugo Chávez que la crítica? Lo cierto es que si atendemos al contenido de editoriales y opiniones, no cabe duda alguna: el programa de Carlos Francino es bastante más radical que el de Jiménez Losantos, y el de Angels Barceló bastante más extremista que el de César Vidal.
 
Sólo la anomalía mediática española, con un desequilibrio inaudito entre el número de votantes conservadores y el de los medios liberal-conservadores, explica que quienes defienden, disculpan y alientan regímenes totalitarios a lo largo del mundo acusen de radicalismo y extremismo a quienes siempre han defendido regímenes políticos democrático-liberales. Y sólo este desequibrio explica que quienes están obsesionados con cerrar un medio de comunicación de la derecha hablen de crispación mientras la derecha calla como si la cosa no fuese con ella.
 
Y es que a la anomalía resultante del hecho de que la mitad de la población española no esté representada por ninguna televisión de ámbito nacional, se une otra anomalía democrática profunda: En la España del año 2008, hay llamadas a la censura, todas ellas provienen de la izquierda, y todas ellas vienen acompañadas de una agresividad revestida de tolerancia. Lo que diferencia a la Cadena SER de la Cadena COPE no es una agresividad que es mutua; es el hecho de que sólo la primera defiende que hay que cerrar la segunda.
 
Y es que la Cadena SER, Público o El País no sólo crispan; lo hacen más que la Cadena COPE, en la medida en que lo que hacen es eliminar la legitimidad democrática de todos aquellos que no comparten determinados principios. Por la mañana, por la tarde y por la noche, la radio de PRISA señala sin inmutarse a aquellos situados fuera del juego democrático, y defiende la censura y la muerte social contra ellos. Por el patíbulo moral de la izquierda pasan cada día Pío Moa, Acebes, FAES, Esperanza Aguirre, Libertad Digital, José María Aznar o César Vidal. EL GEES tampoco ha quedado al margen de la guillotina cultural e ideológica de los censores progresistas. Todos acusados de los peores crímenes, todos acusados de conspirar contra la democracia, todos supuestamente situados al borde mismo de lo tolerable en democracia. Y a todos –cortesía de los guardianes de la democracia-, se les exige silencio o se pide contra ellos la censura.
 
Porque éste es el asunto que la derecha colaboracionista olvida a menudo: hoy a la izquierda le parecen intolerables los comentarios de Jiménez Losantos. Pero antes (como ahora), le parecían intolerables los de José María Aznar. Y un repaso de la historia contemporánea demuestra que cada vez que la derecha escapa al control ideológico de la izquierda y plantea sus propias ideas y propuestas, se le acusa de crispar, de insultar, y de sembrar odio. Y se apela a la censura como solución al asunto.
 
El asunto es profundamente ideológico: Estamos asistiendo a un juicio que tiene todos los ingredientes de ejecución ejemplar. Se ha levantado un patíbulo público, al que acuden rabiosos desde intelectuales hasta programas del corazón: no se juzga a Jiménez Losantos, claro, sino a cualquier jiménez losantos presente o futuro, escriba en un diario, hable en una emisora o –lo que preocupa a algunos héroes de las libertades- ocupe un escaño en el Parlamento.
 
Que Ruíz Gallardón pretenda ejercer de verdugo, sin que nadie en su partido se atreva siquiera a levantar la voz ante una persecución que es política e ideológica, muestra cuál es el quid de la cuestión: la cacería salvaje desatada contra el periodista de COPE acaba convirtiéndose en un aviso para aquellos insensatos que osen desafiar en el futuro a la poderosa armada progresista desde postulados liberal-conservadores. El silencio de gran parte de la derecha, y el papel ejecutor del alcalde de Madrid, no hacen sino mostrar dramáticamente que en el Partido Popular pocos parecen dispuestos, no ya a defender los principios liberales que el periodista defiende, sino la propia libertad de expresión que es lo que está en juego aquí. Que quienes cercaban las sedes del PP y llamaban asesino a Aznar aplaudan a Ruiz Gallardón y a quienes en su partido se ponen de medio lado, muestra el estado en que se encuentran determinados principios en el seno de la derecha española.
 
Las llamadas a la censura, la hostilidad desatada contra Jiménez Losantos lo son contra una derecha que se niega a seguir las reglas del juego que le marca la izquierda, y que propone su propia agenda política para España. Que la izquierda mediática encienda la hoguera donde quemar a un periodista, no por escandaloso no es ya habitual. Pero que la derecha mediática y política corra a esconderse en cualquier esquina, o colabore abiertamente con la censura televisada, muestra hasta que punto la crisis del liberalismo en España es real y profunda, y afecta a su propia voluntad para defender determinados principios. Que es de lo que se trata, porque lo que se está juzgando y condenando hoy no es el pasado ni el presente de un periodista, sino el futuro de la derecha española. La misma que dejará de crispar y de ser radical cuando deje de ser derecha y española. Parece fácil.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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