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Carta abierta a Sarkozy
Colaboraciones nº 2318   |  4 de Junio de 2008
 
Estimado Sr. Presidente de la República francesa,
 
Hay un dicho referido a los atroces costes de los entusiasmos revolucionarios. Relativo a uno de los más traumáticos, el acontecido en Rusia en 1917, y jugando con el nombre de guerra y el nombre real de uno de sus protagonistas, dice así: Los Trotskys hacen las revoluciones, los Bronsteins pagan las consecuencias.
 
No sé si le resulta familiar, pero me parece que lo está aplicando para lo que en la campaña llamaba ruptura, se quede hoy en reforma, pero llegue a ser auténtica. Francia ha tenido su parte de revoluciones en este valle de lágrimas y estando como está, celebrando – es un decir – la última de mayo del 68, se encuentra algo fatigada de tanta excitación histórica. En fin, que si esa es su intención, le alabo el gusto.
 
Durante meses su constante actividad mediática en ambientes propios del gran dinero y la gran sociedad le ganó el apodo de presidente bling-bling, por el ruido del roce entre las gafas de diseño y los relojes de oro. Al parecer, la visita a Inglaterra marcó el final de esta época dorada para las revistas mundanas. Ví con alegría que abandonara esa actitud y espero que en el futuro encuentre un temple apropiado que no llegue al hieratismo de Giscard, se aleje de la vanidad de Mitterrand y pueda compararse a la naturalidad de Pompidou o, incluso al aire marcial de De Gaulle.
 
Seis meses después de la aprobación de la Ley (llamada) sobre el trabajo, el empleo y el poder adquisitivo, las estadísticas indican que el 59% de las empresas se han aprovechado de las horas extraordinarias que prevé la norma sin derogar expresamente la nefasta medida de las 35 horas. Me alegro sinceramente que aquel lema electoral, trabajar más para ganar más, no haya quedado en nada. Ahora bien, le imploro a hacer más en nombre de todos aquellos que creyeron poder mejorar sus condiciones y las de sus familias, acogiéndose a opciones que siendo hoy mayoritarias no están lo suficientemente generalizadas.
 
Bien sé que esta medida estaba destinada a convencer gradualmente de la necesidad de abandonar la artificial limitación del tiempo de trabajo, tanto en cómputo de jornada laboral (las 35 horas) como en cómputo vital (régimen de pensiones y jubilación). Parece que esta convicción ya estaba en el corazón de los franceses. Al menos, esto era lo que decía Gaëtan de Capelle en Le Figaro hace unos días:
 
…la economía francesa arrastra esta legislación (las 35 horas) como un grillete desde hace una década. No sólo en razón de su coste evaluado en unos veinte mil millones de euros anuales, sino también, y quizá sobretodo, por el daño causado en la devaluación del trabajo en la conciencia colectiva. Todo ello para un resultado lamentable: casi todos los economistas de todas las tendencias, franceses o extranjeros, consideran que esta ley, después de todo, no ha contribuido prácticamente nada a la creación de empleo.
 
Todo ello resulta especialmente entristecedor cuando se sabe que esa redistribución del empleo era precisamente su justificación original.
 
Le felicito por haber logrado que la reunificación de los sistemas de jubilación y la ampliación a 41 años cotizados haya generado una movilización limitada en los términos del diario económico Les échos. La conjunción de esta reacción con otras respecto a normas en los ámbitos de la educación o los servicios mínimos en los transportes públicos denota una situación en la que el francés medio considera que el cambio es necesario. La firmeza del gobierno de Fillon sobre estas medidas ayuda a asentar esta creencia.
 
Ciertamente las cifras de consumo interno siguen sin ser extraordinarias, pero, en período de desaceleración global – nos han dicho en otros sitios – Francia está creciendo a un ritmo anual (2,4%) cinco décimas superior al del 2007. Con ello, su americanizada ministra de la economía, Christine Lagarde que trabajaba en Chicago - menudo cambio para Francia - puede presumir de un bling-bling muy real. Se reduce así la deuda pública, y se mantiene el déficit público anual en el 2,7%.
 
Lamento que nada de ello sea especialmente asombroso en relación con el cúmulo de promesas con el que encandiló a los franceses. Sin embargo, es enorme en relación, no ya con lo que salía de las filas de la izquierda, sino con la derecha chiraquiana, y, lo que es más, el resto de presidentes de la Vª República.
 
Me alegro mucho de que las propuestas del socialismo hayan quedado arrumbadas, y que, mientras el partido trata de rehacerse tras unos resultados más alentadores en las elecciones locales, no acabe de encontrar líder ni programa. No sé si ha tenido la ocasión de leer a Anne-Elisabeth Moutet, que suele escribir para medios anglosajones, quien comenta:
 
…los socialistas franceses no han abandonado todavía formalmente el marxismo. Si lo hacen, temen perder los votos de los tres (¡cuéntenlos!) pequeños partidos trotskystas que abogan por la lucha de clases y la antigloblización.
 
Leí con entusiasmo y asombro su discurso en el Vaticano en el que no dejó de hablar de las raíces cristianas de Francia y de la herencia de Clodoveo. Aunque no llegara a citar a Juana de Arco, le belle lorraine qu’anglois brulèrent à Rouen, como cantó el poeta Francis Villon, de época y talante tan alejados de la revolución, me resultó grato advertir que la tradición laica que nació de ésta, ha desembocado en una integración del fenómeno religioso. Lo mismo me pasó cuando hizo su propuesta fallida de recordar el holocausto en las escuelas hermanando a los alumnos actuales con las víctimas infantiles de la Shoah.
 
He seguido con interés las reformas que ha iniciado en aspectos como la educación universitaria o la inmigración. He visto cómo no ha dejado de intervenir en relaciones internacionales donde ha alternado visitas fastuosas, como la ominosa recepción a Gadafi, con la propuesta de integración plena en la OTAN y el aumento de los soldados franceses allí destinados. Ha sido, además, el menos apaciguador de los europeos respecto al régimen de los ayatolás, de lo que me congratulo. Ha propiciado la adopción del tratado europeo simplificado y ha presionado cuanto ha podido para rebajar los tipos de interés y el valor del euro. Sin éxito – y me perdonará que ello me alivie - porque otro francés, Trichet, se ha dedicado a cumplir los estatutos del Banco Central Europeo.
Cuando Francia asuma la presidencia europea en julio parece usted decidido a impedir la timorata reforma pretendidamente liberalizadora de la política agrícola común propuesta por la Comisión. Deploro que caiga de nuevo en esa tentación proteccionista de los lobbies que tanto critican ustedes los franceses cuando se producen en otros países. Me produce aún más perplejidad que el villepenista Barnier, su ministro del ramo, haya dicho que deben promoverse pequeñas pacs para los países hispanoamericanos y asiáticos. Creí que usted y Villepin no se llevaban bien y fíjese, eso me hizo concebir más esperanzas de las que por lo visto se pueden tener.
 
Con todo, un par de menciones a los primeros años de sus antecesores le hacen aparecer como un dirigente formidable. El caso más dramático fue el de Mitterrand que en su primer año puso en marcha las nacionalizaciones, en realidad estatalizaciones de la mayor parte de los sectores productivos franceses. Como no trajeron sino desgracias, el primer ministro Rocard, tiempo más tarde, se tuvo que dedicar a dar marcha atrás. Giscard, aparte de ser un magnífico aliado de los enemigos internos de España, hizo otras cosas excusables y no dejó de empeñarse en lo superfluo. Pompidou apenas tuvo tiempo de poner en marcha los cambios que preveía, que sin duda hubieran liberalizado la economía regulada que tanto fascinó al general de Gaulle. En cuanto a él, ce grand chêne qu’on abat, (el roble que se tala) como lo bautizó su ministro de cultura de cámara André Malraux, legó a Francia una Constitución que admitiendo modificaciones, ha permitido a su país una existencia en democracia y libertad hasta hoy. Dejaré a la historia el papel de juzgar la inmovilidad de Chirac, cuya trayectoria política me parece tan corrupta que la veo como una de las razones fundamentales para su acceso al poder.
 
He oído, y no sé si dar crédito pues se le prestan a usted muchas palabras que no ha pronunciado, que no se opondría a una presidencia de la UE encomendada a Felipe González. Comprenderá que si no nos parece bien desde fuera la decadencia económica, la corrupción y la derogación del estado de derecho para Francia, tampoco nos parezca un modelo para Europa. En España también hemos aprendido algo de esas cosas.
 
Sabe usted que en Francia cuando un poco de azul adorna el cielo encapotado, se dice que si il y a du bleu pour faire la culotte d’un gendarme, acabará saliendo el sol. Hay hoy en su tierra, después de muchos años, algo de azul para coser el pantalón de un gendarme. No deje que vuelvan las nubes. Los trotskys ya han hecho bastantes revoluciones, y los bronsteins han cargado bastante con las consecuencias. O más bien, los Durand ya están hartos de pagar las facturas de los Robespierre.  
 
Je vous prie de bien vouloir agréer, Monsieur le Président, l’expression de ma très haute considération.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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