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Entrevista a Shlomo Ben Ami
En letra impresa nº 977   |  30 de Mayo de 2008
 

(Publicado en Revista de Occidente nº 324 (mayo, 2008). La entrevista se celebró el 28 de febrero de 2008)

El proceso de paz dirigido a lograr un acuerdo diplomático entre israelíes y palestinos tiene un momento capital en las conversaciones de Camp David y, en general, en la actividad diplomática llevada a cabo durante el tramo final de la Administración Clinton. Tú fuiste un actor relevante. Cuando abandonaste el Gobierno escribiste un libro que es una obra de referencia en el análisis de lo que fueron aquellos años. Con el tiempo trascurrido, ¿por qué crees que las negociaciones fracasaron? ¿Dónde estuvo la clave del problema?
 
La clave para comprender lo sucedido reside en entender que aquél fue el final del antiguo paradigma del peace making. No fracasó por razones técnicas. Lo que falló fue el paradigma. Se agotó la posibilidad de llegar a un acuerdo en negociaciones libres entre estas dos partes según el concepto de Oslo, que habla de dos estados en las fronteras del 67. Los dos pueblos no veían con especial ilusión la solución que se podía dar a este conflicto, con lo cual no tenían la suficiente ilusión para empujar y presionar a sus líderes para llegar al acuerdo final. Hay que entender que el acuerdo posible no era muy atractivo. Cuando estás hablando de 27.000 km cuadrados entre Israel y Palestina, juntos, y esto hay que dividirlo en dos estados con dos ethos nacionales que chocan, con lugares santos, asentamientos, refugiados… todo compromiso resulta que no ha sido suficientemente atractivo para las partes.
 
Para los palestinos significaría un mini estado, parecido a San Marino, difícilmente viable; con un problema de continuidad entre ambas partes; con unos sueños hacia Jordania irrealizables, porque allí está parte del pueblo palestino; con unos sueños hacia Israel, un cambio de fronteras que debía acomodar asentamientos…
 
Se ha hablado mucho del papel de Arafat en el fracaso de las negociaciones. Arafat era una persona que entrará en la Historia como el último dirigente palestino con legitimidad para lograr una solución negociada de dos Estados. Murió y se llevó esa legitimidad con él a la tumba. El viejo paradigma del proceso de paz nació con los “tunecinos”, los palestinos que llegan de la diáspora. La diferencia entre el sionismo y el movimiento nacional palestino estriba en que en el primero los que mandaban eran aquellos que vivían en Palestina, los Ben Gurion, Golda Meir…, había una diáspora que aportaba dinero y apoyo logístico pero las decisiones las tomaban los de dentro. Entre los palestinos ha ocurrido lo contrario. La diáspora retenían el liderazgo y los de dentro no tenían ninguna importancia ¿Cuándo empieza a cambiar esto? En la primera Intifida, que se declara por los de dentro, sin conocimiento de Arafat y sin conocimiento de su OLP. Desde una perspectiva histórica, el verdadero significado de Oslo no es que ahí empieza el proceso de paz, porque ha sido ficticio a lo largo de estos años, lo que ahí empieza es la recuperación del liderazgo del movimiento nacional palestino por parte de la diáspora, que vuelve para reprimir a los de adentro. Arafat aceptó Oslo no porque él pensara que ese era el modelo de hacer la paz, sino porque era el camino más rápido para volver a los territorios y recuperar el liderazgo de la OLP a costa de Feissal Husseini, Hanan Ashrawi y tantos otros. Arafat fue el instrumento de Isaac Rabin para reprimir la Intifada y sofocar lo que en realidad fue una guerra de independencia palestina dirigida por el liderazgo local que no respondía a las órdenes de la OLP en Túnez. No es nada sorprendente que Hamas haya sido fundada en los primeros días de aquella Intifada como una respuesta más a lo que se percibió en los territorios ocupados como el fracaso de la OLP de poner fin a la ocupación israelí.
 
La ventana de oportunidad para llegar a un acuerdo se agota en el 2000. Desde el 2000 lo que vemos es la recuperación del poder por parte de los jóvenes del interior. Nada tiene que sorprender pues que, al igual que durante la primera Intifada, los que llevan hoy la guerra contra Israel son Hamas y las nuevas generaciones de milicianos del Fatah en clara contradicción con la estrategia de “moderación” defendida por la vieja guardia, el Presidente Abbas y su entorno.
 
El proceso de Camp David fracasó y tiempo después Arafat falleció. Se abría un nuevo período enmarcado en una nueva estrategia, el Road Map, que primaba la generación de confianza paso a paso a una negociación global, como se intentó en Camp David. Durante este tiempo no se ha avanzado nada, pero ha emergido el islamismo, provocando un cambio sísmico.
 
¿Alguien cree seriamente que Abu Mazen... puede convencer a su pueblo si hoy todos los que están llevando a cabo las negociaciones por parte palestina son el sector más execrable del movimiento palestino, los más odiados, los que llevaron durante años el paradigma del proceso de paz sin éxito, con el único resultado de que ellos se han enriquecido mientras el pueblo palestino se ha empobrecido y son culpables del crecimiento de Hamas?
 
Lo que está ocurriendo en Palestina con el auge del islamismo y el declive del nacionalismo es algo que no está exclusivamente relacionado con los fallos del proceso de paz. La mejor prueba está en todo el Medio Oriente, el nacionalismo secular está en declive, la respuesta islamista está por todas partes, organizaciones no estatales –como Hizbolah, los Hermanos Musulmanes…- están surgiendo y desafiando al Estado. Lo que ha ocurrido es que el Estado no ha cuajado, en ningún lugar el estado ha conseguido en el mundo árabe ganar la legitimidad popular que evite ese desafío constante por parte de los islamistas. Y eso ocurre también en Palestina. El proceso de paz también ha influido, como no, pero no se puede entender sólo por él.
 
En este camino el Partido Laborista se ha dejado muchos jirones y no ha vuelto a ser el gran partido nacional que fue. Las tensiones entre los defensores de grandes concesiones y los que mantienen, con Barak, una posición más tradicional son grandes. La gestión de la Guerra del Líbano por parte de Peretz, alguien que llegó al Ministerio para ganar talla de estadista, ha resultado calamitosa ¿Cómo ves la situación actual y el futuro de tu partido?
 
Todo aquel que ha tocado el proceso de paz se ha quemado, tanto por parte israelí como por parte palestina. La diferencia es que Israel es una democracia que renueva su clase política, mientras que en el campo palestino son los mismos y ahí siguen. Hacer concesiones en un proceso de paz no es un pecado político, el pecado es hacerlas y no rematar. Eso es lo que nos ocurrió a laboristas y palestinos. El resultado es que has fracasado, pero has creado un nuevo punto de partida. Eso ha llevado a que el Partido Laborista se haya replegado a una posición de centro, de hecho a la derecha de Kadima. El Partido Laborista se fue alejando y hoy no cuenta para nada en las negociaciones de paz. No ejerce ningún tipo de presión sobre el Gobierno, entre otras razones porque se dice a sí mismo “nosotros hemos fracasado, dejémosles que lo intenten, ¿por qué voy a compartir este fracaso?, que sea el de ellos”. De hecho lo que Barak está diciendo, aunque no expresamente, es “yo he quitado la máscara de Arafat, eso es lo que yo he conseguido. Ahora Olmert tiene que quitar la máscara del objetivo de crear dos estados. Ellos no lo van a conseguir, y entonces va a morir la idea de los dos estados”.
 
Pero sin el marco conceptual de los dos estados ya no tenemos proceso de paz. Es verdad que hoy el proceso es una ficción, es una realidad virtual alimentada por los dirigentes norteamericanos, israelíes y palestinos que, por distintas razones, necesitan mantener algo inexistente. Pero sin esta ficción nos quedamos sin guión. En este sentido Benjamín Netanyahu señaló hace unos meses, desde las páginas del Financial Times, que había que volver a la idea de que Jordania se anexionara Cisjordania, en una Monarquía federal, y Egipto Gaza. Estamos volviendo al marco conceptual de hace décadas, pero lo que a primera vista puede parecer sorprendente, a la vista de la imposibilidad de un acuerdo y de la desmembración del campo palestino, puede resultar una opción realista.
 
Yo no creo que la propuesta de Netanyahu sea tan disparata si se agota finalmente el proceso de paz. Pero me gustaría llegar a ella después de explicar qué es lo que hay que hacer, desde mi visión, para a lo mejor salvar en el último momento la solución de los dos estados.
 
No es verdad que los palestinos carezcan de un líder que sea aun capaz de legitimar una paz basada en dos estados.. Ese hombre es Marwan Barghuti. Él todavía vive en el paradigma de los dos estados. Lo mejor que Israel podría hacer es liberarlo y expulsarlo de Palestina. Hay que expulsarle porque si se queda en dos meses lo quemarán en la pequeña política de Ramala. Él tiene que ejercer de “padre refundador” y no lo podrá ser si se queda allí. Con él es posible que la Autoridad Palestina recupere la legitimidad de hablar en nombre del pueblo palestino. Eso requeriría recuperar los Acuerdos de Meca y establecer un alto el fuego. Estados Unidos tiene que entender que la política con Hamas no debe enfocarse sólo dentro del marco de la lucha contra el terrorismo islamista. Hamas no es al-Qaeda, pero si Hamas se deshace, quien le sucederá será al-Qaeda. Hay que cooptar a determinados dirigentes de Hamas, aquellos más posibilistas. Yo soy muy pesimista, porque tanto Estados Unidos como Israel no conciben otra solución con Hamas que la militar. No aceptan que haya otra vía y que sea posible concebir algún tipo de diálogo, dejando atrás cuestiones de principio. Hay que olvidarse de que para hablar con Hamas tiene que reconocer a Israel o viceversa. Que nadie reconozca a nadie. Que hablen de cosas prácticas, como un alto el fuego. También hay que olvidarse de tratar de apoyar a los moderados frente a los radicales. Ese es un problema interno de los palestinos. Si nosotros tratamos de influir en la política interna de los palestinos nos ocurrirá como cuando lo hemos intentado con estados árabes “nos saldrá el tiro por la culata”. En el 1982 entramos en el Líbano para reestructurar la política libanesa a favor de los maronitas, y el resultado fue que abrimos el camino para el surgimiento del enemigo más feroz desplegado en nuestra frontera del norte, Hizbolah. También, a finales de los años 1980 Israel había apoyado a Hamas para llevar a la destrucción política de la OLP. El resultado fue que acabamos firmando los acuerdos de Oslo con la OLP, y hoy nos enfrentamos a Hamas en una guerra sin cuartel. Si se quita el veto a Abu Mazen para que hable con Hamás generaremos espacios de diálogo político que pueden llevar a acuerdos entre nacionalistas e islamistas. Entonces es posible que vuelvan al proceso de negociación. Lo harán con exigencias muy duras. Será el momento de que Estados Unidos y los países árabes asuman un papel protagonista para llegar a un acuerdo que no estará muy lejos de los ya conocidos. Si esto no se hace, creo que ideas como las propuestas por Netanyahu serán las únicas viables. Si no tendremos que ir a un estado binacional, que será una forma renovada de estado apartheid. Un estado de guerra civil permanente, con progroms diarios. No va a funcionar y no puede funcionar.  Un estado binacional llevaría a una situación surafricana, pero sin que ésta tenga una solución surafricana.
 
La propuesta Netanyahu puede ser el próximo paradigma, pero no será fácil. Los jordanos tienen una gran población palestina y temen la palestinización de su propio país. Estamos en una situación penosa. Se nos acaban los paradigmas y los alternativos no son perfectos. No está claro dónde están las fuerzas políticas que apoyen ese nuevo paradigma.
 
Es evidente que nos hemos quedado sin modelo y que encontrar uno nuevo no va a ser fácil. Sin embargo, no todo lo que vemos nos lleva al pesimismo. Hoy hay una mayoría de israelíes que admite la necesidad de que haya un estado palestino, que desea separarse de ellos y vivir independientemente. Atrás quedan las ensoñaciones de un gran Israel, los objetivos del movimiento de los asentamientos… Israel está dispuesto a ceder terreno. Hoy por hoy el límite parece estar en los grandes asentamientos de rodean Jerusalén. ¿Quién nos iba a decir que Sharon iba a abandonar el Likud para dirigir el “desenganche” de Gaza que, si su salud y las circunstancias políticas lo hubieran permitido, hubiera continuado en Cisjordania? Hay un cambio de opinión y eso es relevante.
 
La razón por la que Sharon fue al “desenganche” residía en que él entendió que los israelíes no quieren quedarse con los territorios, pero también entendió que los israelíes no quieren negociar, que no se fían del interlocutor. De ahí el “desenganche” unilateral.
 
El también tenía en cuenta otra razón. Para él la negociación era como “entrar en un corral”, según su propia expresión, donde al final te cortan la cabeza. En los últimos años el primer ministro que más años gobernó fue Shamir, y la razón es que no tocó el problema palestino. Luego llegó Rabin, trató el tema palestino y acabó asesinado. Vino Peres y se hundió en una ola de terrorismo. Llegó Netanyahu, gobernó durante tres años, se fue a Wye Plantation a negociar, firmó el Acuerdo y cayó. Barak se estrelló con el problema palestino. Sharon entendió que el hacedor de la política israelí era Arafat y él no estaba dispuesto a pasar por allí.
 
Por último, Sharon, que era muy astuto, era también perfectamente consciente de que si entraba en el “corral” de la negociación al final tendría que llegar a la cesión de parte de Jerusalén, a las fronteras del 67, al desmantelamiento de asentamientos. Él sabía perfectamente que nosotros habíamos hecho aquellas ofertas no por ser izquierdistas, sino porque no había otro remedio ¿Quién te va a comprar un acuerdo sin Jerusalén, sin las fronteras del 67 etc.? Él no quería llegar allí porque, desde su punto de vista y desde el punto de vista de su electorado, no era un acuerdo atractivo.
 
La dificultad con la que hoy nos encontramos reside menos en el texto del acuerdo que en el contexto. Se ha negociado tanto que ya no hay que ser muy imaginativo para plantear un texto válido. Lo que falla es el contexto –liderazgo pobre, descomposición del campo palestino, divisiones en Israel…- Sobran planes de paz y la sola idea de otro nuevo resulta irritante. Hay que trabajar sobre el contexto. Facilitar la unión nacional palestina, ayudar a que Hamás no se radicalice aún más y se convierta en una organización aceptable para la sociedad internacional y para el entorno. Si se continúa tratando de dividir a sus dirigentes entre moderados y extremistas no se llegará a nada, porque los moderados, precisamente porque son débiles e impopulares, tratarán de defender las mismas posiciones que los radicales. Prefieren no lograr un acuerdo a que los echen por la ventana. Dejemos a los palestinos resolver sus propios problemas. Hoy les toca refundar su movimiento nacional porque éste ha perdido el objetivo que se marcó en los años en los que Arafat era capaz de otorgar la vital legitimidad a la idea de dos estados, y porque el liderazgo actual es concebido por las masas como títeres de Estados Unidos...
 
Quisiera volver a un tema que ya has tocado para afrontar los retos del inmediato futuro israelí. Me refiero al islamismo. Durante años la seguridad de Israel parecía depender de las negociaciones con los palestinos, con los árabes de la Cisjordania. Ya no es así, porque el islamismo no es un fenómeno de la ribera occidental del Jordán. Tanto Hamás como Hizbolah son amenazas importantes, pero tras ellas, aunque con desigual peso, se enconde Irán. Los ayatolás han conseguido con sus misiles y con su programa nuclear que analistas, militares y políticos israelíes y europeos piensen en los mismos términos, ante las mismas amenazas y con conceptos semejantes ¿Cómo ves el proceso intelectual que se está siguiendo en Israel para definir esta amenaza y para establecer una estrategia apropiada?
 
En Israel siempre ha habido dos escuelas estratégicas. La primera ha defendido que la seguridad de Israel dependía de la resolución del problema palestino. Esta fue tradicionalmente la postura de la izquierda. La propuesta saudí se fundamenta en este mismo principio: tendréis paz si resolvéis la cuestión palestina. La segunda escuela considera que no podemos hacer concesiones dolorosas a los palestinos hasta que no haya una paz regional. Para los que creían que el problema palestino no era soluble, el gran acuerdo de Oriente Medio era una forma de aislar a los palestinos que les impidiese, en caso de fracasar el proceso de paz, desatar contra Israel una guerra regional.
 
En la actualidad se ha optado por asumir que hay que tratar de resolver los dos problemas conjuntamente, porque uno no es más importante que el otro. “Palestina primero” fracasó con Clinton. “Oriente Medio primero” también fracasó con Bush. Ahora estamos tratando de avanzar en todas las líneas al mismo tiempo. Pero este enfoque quita atractivo al proceso de paz con los palestinos. En Camp David se hablaba de un acuerdo definitivo de paz, pero hoy ya nadie se cree que del acuerdo con los palestinos se vaya a derivar la paz. Todo el mundo sabe que, tras una paz con Abbas o con Hamas, siempre habrá un grupo extremista que continuará con la violencia. Hoy una paz con los palestinos no será el fin de las armas. No obstante, yo soy partidario de ese tipo de acuerdos. La paz con los palestinos, por el carácter de la clase política palestina y por la complejidad de los temas, es inviable. Pero, más que hacer la paz con los palestinos, yo estaré haciendo la paz con la comunidad internacional. Yo necesito la paz con la comunidad internacional para que, cuando aparezca el revisionismo palestino, yo tenga la legitimidad internacional para responder por la vía militar si es necesario, para defender exactamente lo que hemos hecho con Hizbolah en la Guerra del Líbano. Algo que estaba bien en cuanto a los principios, pero que se ejecutó mal. La Guerra del Líbano fue la más larga de la historia de Israel porque ningún actor corrió al Consejo de Seguridad para exigir un alto el fuego. Porque Israel tenía razón para atacar, aunque eso no implicara que tuviera que hacerlo. Tenía legitimidad para defender una frontera internacionalmente reconocida.
 
Planteas un tema de enorme actualidad. Nos encontramos ante la paradoja de que, cuando por primera vez Israel es incompetente en términos políticos y militares, comienza a ganar en el terreno diplomático. Es evidente que en la Guerra del Líbano tuvo de su parte hasta a Arabia Saudita. El “desenganche” de Sharon demostró al mundo que Israel, “de verdad”, está dispuesta a cambiar paz por territorios, con acuerdo o unilateralmente. Europa hoy reconoce que la principal amenaza que pende sobre ella es la misma que sufre Israel, el islamismo. El escenario está cambiando e Israel tiene que cuidar mucho el frente diplomático porque se le abren oportunidades muy interesantes para mejorar su situación internacional.
 
El contexto ha sido favorable a este cambio de actitud. No es sólo consecuencia del “desenganche”. El “desenganche” tuvo un impacto importante, se desmantelaron asentamientos y eso generó “beneficios” ante la opinión pública. Pero además hay dos elementos que ayudan a comprender este cambio de actitud hacia Israel.
 
En primer lugar, hoy la amenaza islamista es una realidad, el enemigo está por todas partes y Europa está preocupada por su seguridad. Israel no es la única que está imponiendo vetos a Hamas, el Cuarteto también lo ha hecho así como Europa. Yo creo que se equivocan, que tenían que haber apoyado los Acuerdos de Meca, no lo hicieron y creo que eso fue un fallo. 
 
En segundo lugar, este cambio de actitud refleja el cansancio de la sociedad internacional ante el pueblo palestino. Empieza a aburrir el conflicto. Empiezan a surgir otros problemas, como la crisis de Georgia, el conflicto de Darfur, la crisis económica, Irán, Hizbolah… el contexto ha diluido la centralidad del problema y el mal comportamiento de Hamas ha ayudado a explicar el comportamiento de Israel.
 
Nadie en Israel se toma en serio el proceso de paz, porque nadie lo ve viable. La sensación que uno tiene cuando habla con los diferentes actores es que el proceso da sentido, aporta una agenda, al gobierno israelí, a los “tunecinos” que aparentemente controlan la Autoridad Palestina y al gobierno de EE.UU. No se les puede acusar de no ocuparse del tema, porque hay un proceso y trabajan sobre él. Si reconociéramos que el proceso no existe, entonces ¿qué sentido tendría el gobierno de Olmert y el de Abbas? Los norteamericanos dan al proceso una utilidad, es el instrumento diplomático que les permite acercarse a los dirigentes árabes como un estado preocupado por la suerte de los palestinos y, sobre todo, para aunar fuerzas contra Irán. Sería difícil para Rice formar una gran frente contra los ayatolás ignorando la causa palestina.
 
Los que están comprometidos con este proceso son los elementos más odiados: Abu Mazen, Olmert y Bush. Cuando yo me reuní con Olmert hace un par de semanas en su casa me dijo “nosotros no hemos implementado ni un solo artículo del Road Map”, los israelíes no tienen fuerza política para mover ni un pequeño outpost. En una reciente declaración, Rice dijo que el proceso de paz podía ayudar a neutralizar la amenaza iraní. Yo no sé que decir. Lo que estoy temiendo es que los iraníes están avanzando en la cuestión nuclear, están en la fase de enriquecimiento y en cuanto la acaben pueden llegar en seis o nueve meses a poseer la bomba. Hay incluso quien especula con la premisa de que antes de las elecciones de noviembre, temiendo una Administración Obama, y en esa ventana antes de que Obama ocupe la Casa Blanca y los rusos hayan entregado el nuevo armamento antiaéreo, Israel pueda lanzar una acción militar contra las instalaciones nucleares iraníes. Yo tengo mis dudas, pero todos tenemos derecho a especular.
 
La gente en Occidente no es consciente de cómo la sociedad israelí percibe la amenaza iraní. Israel con acuerdos de paz o sin ellos está convencido de que seguirá viviendo en esa parte del mundo sólo si tiene poder de disuasión. Con un arma nuclear iraní Israel pierde su bargaining position en la zona. Debilita su posición y a partir de ese momento ningún estado árabe, ni siquiera los palestinos, tendrán interés en llegar a un acuerdo. Y esto sin considerar el problema que supone el uso del arma nuclear, sólo me limito a señalar sus efectos diplomáticos.
 
Lo urgente es revigorizar el diálogo entre las partes, que los actores regionales se comprometan, pero con esta Administración norteamericana es difícil.  Hay que dar tiempo a que los palestinos reorganicen su propio campo, para ver si en el último momento la opción de los dos estados se salva. Paralelamente crear las condiciones para que los palestinos refundan su movimiento nacional adaptado a la realidad. Es algo surrealista que Abu Mazen y Abú Alá, dos personas por las que tengo un enorme respeto, sigan siendo los dirigentes cuando todos los paradigmas que han defendido desde 1987 hasta hoy han fracasado tan estrepitosamente. Sea como fuere, cuando llegue el momento, cuando las circunstancias lo permitan, será necesario presentar a las partes propuestas que sirvan de puente para reconciliar sus diferencias.  Pero no como hizo Clinton, que las puso sobre la mesa y se fue, porque su mandato concluía. Lo que hace falta es un previo acuerdo entre Estados Unidos, Europa, Rusia y los estados árabes para que lo impongan a las partes. Las partes no lo van a hacer. No son capaces. Para lograr algo así hace falta un gran presidente norteamericano. Yo dudo que tanto McCain como Obama tengan la capacidad necesaria. A lo mejor McCain, pero es una incógnita para mí. Tiene que tener la creatividad de Clinton y la brutalidad de Bush. Esto no funciona con buenos modales.


 

 


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