En un lugar de la progresía, de cuyo nombre preferiría no acordarme, no ha mucho tiempo publicaba un ideólogo de los de lanza en ristre, escudo simpático, rollizo corcel y galgo corredor. El simpático escudo, por supuesto, es el del Sr. Lassalle en El País. Según su parecer, una de dos, o empezaba a cobrar cuerpo el discurso neocon en un sector de la derecha española, o ya se deslizaban en ella los reproches de unos autores identificados como lo más extremo de lo más reaccionario.
Esta súbita mención a los neoconservadores como influencia, ya fuera nefanda, en nuestra España de hoy, resultaba francamente insólita. ¿Qué tendría que ver esta tendencia que vino al mundo para combatir las peligrosas mentiras que estaban siendo propagadas por el radicalismo de los sesenta, y que estaban siendo aceptadas como verdad por las instituciones progresistas establecidas de aquél entonces, con la derecha española? Agradeciéndose el interés por estimular su influjo al citarlos, en qué serían de temer, cuál sería su ascendiente real.
Primero es menester disipar una de las confusiones de nuestro entorno respecto a los neoconservadores. La visibilidad que un grupo de ellos adquirieron durante los periodos iniciales de la guerra de Irak ha hecho que el imaginario progre hispánico identifique a estas personas con una perversión del alma humana destinada a generar guerras por doquier, con el único objetivo de satisfacer un ansia infinita de mal. Lo cierto es que esto - la voluntad de infundir criterios morales y de expansión democrática en el trato entre países, pues de eso se trata - afecta sólo a una corriente de relaciones internacionales. Contrapuesta a otra tradicionalmente denominada realista, acabó imponiéndose en la mente del presidente Bush por falta de un instrumento intelectual más sólido con el que enfrentarse a la amenaza desvelada por los espantosos atentados del 11 de septiembre. Piénsese lo que se piense de ella, y lo cierto es que se piensa poco, identificar a Wolfowitz, Perle o (William) Kristol con los neoconservadores sin más, equivale a confundir a – aquí, tres diputados cualquiera de partidos que no gobiernen - con la oposición al gobierno, lo que, se convendrá, se antoja inapropiado. Y lo es, no porque la labor de oposición no merezca los desvelos de estos últimos, sino porque se estaría tomando a la parte por el todo.
El todo de los neoconservadores se remonta a la tremenda resaca con la que al amanecer los setenta se encontraron algunos compañeros de viaje del radicalismo de la década precedente. Entre los que comenzaron a recuperar el equilibrio perdido entre las brumas etílicas, propias o ajenas, se encontraban nombres sin duda desconocidos entre nosotros, como James Q. Wilson, Daniel P. Moynihan, Jeane Kirkpatrick, Michael Novak, George Weigel o Richard J. Neuhaus. Otros, que seguramente suenan más, son Irving Kristol y Norman Podhoretz, a los que podrían añadirse – por presumir de erudición en tan intrincada materia – sus esposas respectivas Gertrude Himmelfarb y Midge Decter.
Estas personas, a pesar de la filiación judía de las más notorias, carecían del don de profecía de sus antepasados del Antiguo Testamento y, como es natural, nada podían proponer respecto a la guerra de Irak en el Manhattan de los setenta. Su rasgo distintivo, en materia internacional, era el rechazo al comunismo; y en el aspecto doméstico, su confianza en los valores tradicionales de América.
En qué es esto como aquello, por usar la locución americana, es algo que a primera vista no es fácil descubrir. Sin embargo, mirando con más detenimiento, se advierte tanto la razón del temor por el neoconservadurismo après la lettre, como la profundidad de la analogía. Cuando menos se lo espera, salta la liebre. Esta, tras de la cual andaba nuestro galgo, nos va a hacer correr un rato mientras le damos caza. Paciencia, la pieza lo vale.
Una de las razones por las cuales los neoconservadores decidieron abandonar el barco del radicalismo fue su patriotismo. Asombrados por el antiamericanismo que prevalecía entonces entre la clase intelectual de su país, cayeron en la cuenta de que este sentimiento se unía a otro propio del momento. La falta de gratitud por lo que ellos consideraban una gran nación que les había ofrecido las oportunidades que habían transformado en realidades, les chocaba como una manifestación más de la quejumbre general que impregnaba toda la época. El escritor negro Ralph Ellison había advertido hasta qué punto le parecía inadecuada esta actitud, al afirmarse heredero de una
…tradición que aborrece como obsceno el comercio de la propia angustia para obtener ganancia y simpatía.
Guiados pues por un patriotismo doblemente fundado, en la grandeza de América como tierra de libertad y oportunidad, y de la consecuente necesidad de manifestar agradecimiento, se dedicaron a defender las tradiciones jurídicas y morales que habían hecho posible una realidad que consideraban, en conjunto, valiosa.
El propio Podhoretz que hasta entonces había reconocido no comprender la expresión que Katharine Lee Bates escribió en la famosa canción America the beautiful – amber waves of grain (olas de cereales gualda) - referida a los interminables campos de este color que alberga el Medio Oeste, entendió su significado tras recorrer el país en un viaje en carretera. Al ver las olas internas que proporcionaban el alimento from sea to shining sea, del Atlántico al Pacífico, a millones de americanos orgullosos y felices de su pueblo, puso en marcha, con sus compañeros, otra ola de entusiasmo por la nación, de dimensión y efecto contrarios a los que habían impulsado la marea de radicalismo de los sesenta.
Por de pronto comenzaron por oponerse a los excesos del estado del bienestar, que había convertido en subsidiados a los tradicionalmente independientes americanos. Cierto que, como se ha dicho, no amaban a la economía de mercado más de lo que odiaban al comunismo, por lo que se ha deslizado la interpretación de que los neoconservadores no eran liberales. Para respaldar esta tesis se esgrime el notorio libro de Irving Kristol Dos ¡hurras! por el capitalismo, cuando la expresión tradicional americana para consagrar al sustantivo exige tres. Para ellos, efectivamente, el capitalismo no era sino uno más de los aspectos de la cultura, que merecía reavivarse. Y en este punto vale la pena citar la explicación de Podhoretz, en la que quedaba claro que si no eran liberales solamente, desde luego eran liberales:
…Michael Novak compensó más tarde aquello (los escasos dos ¡hurras!) en su El espíritu del capitalismo democrático, dándole el equivalente a cuatro, llevando la media neoconservadora a la completa y apropiada medida de tres.
Sea ello dicho en la vertiente exclusivamente económica, que nunca es la fundamental para el liberalismo. Tratándose de americanos, en lo que se refería al respeto al estado de derecho y las libertades fundamentales, como consagración de unas reglas generales que obligan a todos y, en primer término, al poder público, hubieran sido capaces de contestar hasta en francés: cela va de soi.
Otro de sus rasgos distintivos, en nombre del principio liberal de juzgar a las personas individualmente y no por los grupos a los que pertenecen, fue su oposición a la llamada discriminación positiva, o a la perversión terminológica equivalente en inglés, que no es menor: acción afirmativa.
Así por ejemplo, en referencia a las exigencias de los sesenta para que la educación universitaria incluyera cursos sobre negros, mujeres y otras minorías, puesto que la cultura occidental ya había sido demasiado enseñada (Hey hey, ho ho Western Culture’s got to go!), un judío – ¿minoría? -, tenía esto que decir:
Para descartar esa petición por ser de mala fe, podría hablar de mi propia experiencia como judío. Los textos en cuestión incluían muy pocos de judíos, y en cuanto se referían a los judíos o al judaísmo, era más bien frecuente que fuera de manera poco amistosa o incluso hostil. Sin embargo, trabajando con las dos listas de lecturas como estudiante en Columbia, sentí como si una herencia de riqueza incalculable que en el pasado había resultado inaccesible a mi propia gente (…) fuese ahora mía. No sólo no me sentí excluido, me sentí invitado, y aprecié esa invitación como una gran oportunidad y un privilegio.
Siendo la educación uno de los elementos esenciales de ese ambiente cultural que tanta preocupación causaba a los neoconservadores, la discriminación había hecho daño en muchos otros ámbitos. No era el menor de sus males el que generaba entre aquellos a quienes pretendía ayudar, creando una costumbre de victimismo que inmunizaba de recurrir al propio esfuerzo para salir de una situación desfavorecida.
La religión, otra de las damnificadas por los sesenta, contaba para mucho entre los neoconservadores, como clave para restaurar la moralidad y fortalecer identidades libres frente a los poderes establecidos.
Finalmente, otro de los caballos de batalla del neoconservadurismo era la inmigración, a la que se mostraba más favorable que la derecha tradicional. La razón era que la capacidad para asumir inmigrantes e integrarlos en los usos y costumbres americanos nunca había tenido fallos en la historia.
Resulta pues que puede entenderse el temor a que el llamamiento a los valores patrióticos, morales, jurídicos, económicos y sociales implique una exigencia excesiva que la sociedad española rechace. En cuanto a esa posible analogía, qué duda cabe que la situación actual de España no se parece en nada, ni por quienes pueden orientarla ni por la condición de los orientados, a la circunstancia que se describe. ¿Quién por ejemplo piensa que los derechos y valores de los individuos han de prevalecer sobre los grupos que los integran? ¿O quién considera necesario recobrar el patriotismo o la moralidad pública y privada? ¿Quién está dispuesto a valorar la religión como capaz de contribuir a esas labores? ¿Quién estima que los victimismos injustificados no deben ser atendidos? ¿Quién que la educación merece convertirse en ese mecanismo generador de oportunidades en una sociedad libre que premie el mérito? ¿Quién cree en las aportaciones valiosas de una inmigración ordenada e integrada?
No habiendo nada, pues, que esos neoconservadores españoles – cuatro gatos metidos en un rincón – puedan aportar, ¡cómo quejarse de que sean orillados!. Un bien mayor ordena no ser visto en sociedad de tan pobre compañía. Pero, al menos, por caridad, siente un neoconservador a su mesa, porque, bien limpio y atildado, tiene una historia que contar.