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Liderazgo y renovación
En letra impresa nº 972   |  20 de Mayo de 2008
 
(Publicado en ABC, 20 de mayo de 2008)
 
De todos es sabido que la popularidad del presidente George W. Bush anda por los suelos. Lo que no es tan conocido es que el prestigio de republicanos y demócratas no le va a la zaga. La sociedad norteamericana demanda un cambio aunque, como tantas veces ocurre en la historia, esa palabra tenga un contenido vago. La democracia más antigua del planeta ha arbitrado un sistema electoral particularmente útil para resolver este tipo de situaciones.
 
Mantener un modelo bipartidista en una nación de trescientos millones de habitantes es todo un reto. Cada formación asume que tiene que dar cobijo a intereses, ideas y sensibilidades distintas, en un continuo ejercicio de equilibrio. En realidad, cada partido es una coalición. Para fijar la línea ideológica y el programa, los norteamericanos utilizan las primarias. El candidato elegido impone su programa.
 
Mientras el partido no pasa de ser una vaga red de relaciones, lo que de verdad cuenta es el liderazgo, potenciado por el distrito uninominal, y sobre él recae la responsabilidad de adaptar el partido a los nuevos tiempos.
 
A nadie le puede extrañar que, en un momento en que se demanda cambio, los elegidos sean dos personalidades ajenas al núcleo rector de sus respectivos partidos.
 
Tanto John McCain como Barack Obama tienen problemas con destacados sectores de votantes de sus propias formaciones, al mismo tiempo que están en condiciones de robar votos a su oponente en su propio territorio.
 
De la misma forma que el ex presidente Ronald Reagan reformuló el programa republicano y Jimmy Carter el demócrata, todo apunta a que, tras las elecciones de noviembre, ambos partidos sufrirán una importante metamorfosis. No es posible que tras la Guerra Fría y en un entorno tan distinto todo siga igual.
 
Lo sorprendente es la facilidad con la que este gran país resuelve retos tan complejos. La clave no es otra que el ejercicio de la democracia, impidiendo que los aparatos de los partidos políticos la secuestren, fenómeno que tantas veces padecemos en Europa.

 


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