(Publicado en Expansión, 15 de mayo de 2008)
Israel celebra estos días su sesenta aniversario de su creación. No ha tenido una existencia fácil, ni mucho menos, lo que justifica de por sí que seguir existiendo sea ya un motivo de celebración. Israel ha progresado mucho desde aquel mayo de 1948 cuando la ONU decretó su nacimiento. Hoy es una potencia económica mundial a pesar de ser un país insignificante en términos geográficos, minúsculo en términos de población y que no tiene ni petróleo ni otros recursos naturales. La prosperidad de Israel es un milagro que se debe al tesón, la perseverancia y la imaginación de su gente, el pueblo judío. Es lo que le diferencia de sus vecinos pobres o dictatoriales del norte y sur.
Pero a la vez que celera su existencia, Israel debería estar preocupado. En el Líbano, los lacayos de Irán y Siria han pasado a la ofensiva y todo apunta a que Hizbolá acabará imponiendo por la fuerza sus demandas políticas. La UNIFIL, desplegada al sur del río Litani no ha logrado desarmar a su milicia ni reforzar al ejército en teoría al servicio del gobierno. En el sur, Hamas ha vuelto a un frágil alto el fuego que rompen a diario los cohetes de otros grupos, como la Jihad Islámica, a los que se niega a desmantelar. Y, en todo caso, su ideal sigue siendo acabar con el Estado de Israel. A lo lejos, Irán avanza en su nuclearización y en su proyecto de hegemonía regional sin que nadie parezca dispuesto a pararle los pies. Con Ahmadinejad al frente y sus constantes amenazas, Israel ya sabe lo que le espera. Más cerca, el diálogo con los palestinos, renovado desde la conferencia de Anápolis de finales del año pasado, no acaba de dar fruto alguno. YA es significativo que en la visita del presidente Bush que está teniendo lugar mientras usted lee esto, se entreviste con Olmert y vea a Tony Blair en tanto que representante del Cuarteto, pero que no tenga lugar un encuentro tripartito con los palestinos.
Por otro lado, los israelíes saben que si han cumplido todos estos años, ha sido gracias a contar siempre con un gobierno fuerte y un sólido consenso nacional en cuestiones de seguridad. Hoy eso ya no es así. Olmert salió muy disminuido de la guerra en el Líbano de 2006 y las sucesivas investigaciones de la oficina anti-corrupción no le dejan respirar apenas. Su estabilidad parlamentaria no es lo mismo que legitimidad política. La buena nueva es que Israel siempre ha sabido encontrar las soluciones a sus problemas. Por eso hay que sumarse al optimismo de esta fiesta organizada por su presidente, Simon Peres, ideada para pensar en el futuro y en Israel dentro de otros sesenta años. En la sala, pocos españoles. Un invitado oficial inevitable, Moratinos; un ponente de honor, José María Aznar, y algunos sueltos más. Un honor poder estar en Jerusalen y decir “feliz cumpleaños, Israel. Y que cumplas muchos más”.