(Publicado en ABC, 13 de mayo de 2008)
Nadie se llamó a engaño. Ni el fin de la Guerra Civil ni el fin de las hostilidades entre el ejército israelí y las fuerzas irregulares de Hizboláh fueron mucho más que un alto el fuego. La retirada de las unidades sirias del Líbano fue un importante éxito diplomático franco-norteamericano, pero condenado a precipitar los acontecimientos.
El régimen político libanés se fundamenta en un reparto de poder por cupos religiosos tan anacrónico como insostenible. El equilibrio de entonces ya no existe y los chiítas, con Hizboláh a la cabeza, tienen razón al demandar más poder. La aplicación de un sistema auténticamente democrático podría convertir a ese partido, como a Hamás en Palestina, en el referente por excelencia. En cualquier caso el tiempo juega a su favor, mientras sunítas y maronitas reducen su natalidad y optan por abandonar el país.
Los islamistas chiítas no parecen tener prisa. Continúan rearmándose ante la inacción de las fuerzas internacionales mientras exponen al gobierno a un sistemático desgaste. Llevan meses sin permitir el nombramiento de un nuevo Presidente de la República y cada día es más evidente que el Ejecutivo no está en condiciones de imponer su voluntad.
En estas condiciones el Gobierno ha echado un pulso a Hizboláh tratando de acabar con su propio y exclusivo sistema de comunicaciones, un ejemplo más de que son un estado dentro del Estado. Sin mayor esfuerzo la respuesta de los islamistas ha puesto en evidencia hasta qué punto están en condiciones de tomar el poder, hasta qué punto el gobierno es irrelevante.
Norteamericanos y europeos -el soporte de la alianza antisiria compuesta por sunitas, un sector de los maronitas y drusos- deben mentalizarse para la crisis que se les viene encima, que supondrá un nuevo pulso con Irán, una guerra civil en la que Siria tomará partido, y la reapertura del conflicto entre Israel y Hizboláh. Otro ejemplo de que en Oriente Medio crisis distintas, con características exclusivas, responden a elementos comunes.