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La insoportable levedad de Europa
Colaboraciones nº 2289   |  12 de Mayo de 2008
 
Entre bromas y veras, Nicolas Sarkozy ha dedicado un discurso a la premiada Merkel en Aquisgrán. El homenaje del imperio de Carlomagno recayó este año sobre la canciller alemana. Los medios han destacado el relanzamiento de la pareja franco-alemana. Aprovechando el doble sentido, el presidente francés ha intentado darle un tono más distendido a la celebración, chocando visiblemente a Merkel, sin ganar, que se sepa, más adeptos al proyecto europeo.
 
En Inglaterra, país del self-government, Gordon Brown acaba de cosechar una tremenda derrota en las elecciones locales, que puede resultar prometedora por los cambios que suscite.
 
Entretanto, Italia ha celebrado elecciones parlamentarias expulsando a la izquierda del poder; se acrecientan las críticas a la Comisión Barroso por haber iniciado un largo letargo que pretende llevar hasta las elecciones de 2009 sin generar noticias negativas de la capital europea; Bélgica continúa dando tumbos en su indefinición nacional; Holanda trata de pasar desapercibida ante el islamismo radical. Es cierto que Alemania, donde está hoy situada la antigua capital carolingia de los tres nombres (Aix-La-Chapelle, Aquisgrán, Aachen), parece ser el país que mejor está sobrellevando la crisis económica, y que la propia Francia, con todas las sombras de la pareja – ahora sí – Bruni/Sarkozy, al menos ha iniciado algunas de las reformas prometidas por el hoy presidente. Cierto también que el Banco Central Europeo ha cumplido hasta el momento con rigor las reglas jurídicas que le ordenan luchar contra la inflación y que, de ese modo, ha resultado mucho más eficaz, frente a la mala situación del crecimiento económico, que la mayor parte de las instituciones similares de otros ámbitos monetarios.
 
Sin embargo, nada de todo esto apunta a la existencia de una Europa convencida de sí misma y dispuesta a proponerse una misión digna. Ni siquiera la reducida, pero no sólo aceptable sino encomiable, de cumplir con los principios básicos de la unión europea y la comunidad de derecho que la sostiene.  Al contrario, la impresión que prevalece es aquella que expresa con un cierto aire de lamento el título de la famosa novela de Milan Kundera: la insoportable levedad… de Europa.
 
En su momento, la obra de Kundera abrumó el panorama literario de Occidente llenando los escaparates de nuestras librerías. Nuestros críticos, y, lo que es peor, el propio autor, acabaron por insistir en el hecho de que la novela era la novela y la política, política, no existiendo relación alguna entre el Kundera disidente de la hoy extinta Checoslovaquia y este escrito en particular, o sus demás ensayos en general. De modo que, pudo decirse entonces, los males del comunismo eran equivalentes a los del anti-comunismo que, tratando de exagerar los tintes, impedía una reconciliación con la renovación que, era entonces asumido, se había iniciado del otro lado del telón de acero.
 
Tal tesis, desatendía deliberadamente que para Kundera lo peor del comunismo soviético había sido declararle la guerra a la civilización occidental. El campo de batalla que más había sufrido el propio novelista era, claro, el de su propio país. A este había que añadirle el de los demás que, bajo la influencia de Moscú, habían tenido que pasar por las miserias de la aniquilación cultural. Esta suponía, en opinión de Kundera, y a pesar de tratarse de Europa central y oriental, un hurto de su propia tradición de especial gravedad, una auténtica amputación de Occidente.
 
Esto es lo que el checo decía, por ejemplo, en “La tragedia de Europa central”, sosteniendo que tras la entrega en Yalta de esta parte de Europa a la cultura ajena del Este, Occidente demostró que no sentía orgullo alguno por su propia civilización. Mientras que esta Europa, en las palabras del romántico alemán Novalis, fue, un día Die Christenheit oder Europa (La cristiandad o Europa), había pasado a ser un conjunto cultural  o de civilización. Pero ya ni siquiera eso era cierto, pues:
 
Igual que Dios, hace mucho tiempo, se rindió ante  la cultura, le ha llegado a esta el turno de rendirse.
 
Parafraseando a Kundera que no aclaró ante quién se rendía la cultura, se ha alcanzado el momento en que:
 
Dios se ha rendido ante la cultura; la cultura se ha rendido ante el multiculturalismo y el relativismo; y estos a su vez se están rindiendo, aunque no saben muy bien a qué.
 
Mientras, con su paradoja, Kundera había elegido las cosas con peso frente a la incertidumbre y la levedad, Europa pasa hoy por una época en que todo es levedad y levedad de levedades. Es más, podría decirse, estirando sólo un poco más la comparación, que tanto como en 1984 se igualaba el peligro del comunista al del anti-comunista, hoy se iguala el peligro de cualquier amenaza que pueda afectar a Europa, al de quien la denuncia, que pasa a ser un aguafiestas muy particular. Sin duda agua algo, pero no una fiesta, sino un cierto placer por deambular en la levedad, que, como se ve, no a todos resulta insoportable.
 
Por otro nombre se conoce a esta situación, lindante con el surrealismo, como posmodernidad, y una entrevista reciente a Henry Kissinger muestra sus manifestaciones:
 
Der Spiegel: ¿Qué es lo que Europa no entiende?
 
HK: (…) Estamos en una guerra contra el islamismo radical que intenta derrocar los elementos moderados en el mundo islámico y que pone en cuestión, de manera fundamental, las estructuras seculares de las sociedades occidentales. Todo esto está sucediendo en un periodo difícil de la historia europea.
 
DS: Difícil, ¿por qué?
 
HK: Los hechos más relevantes en la historia europea fueron dirigidos por los estados-nación que se desarrollaron durante cientos de años. Nunca existieron dudas en las mentes de las poblaciones europeas acerca de que el Estado estaba apoderado para pedir sacrificios, y que los ciudadanos tenían el deber de llevarlos a cabo. Ahora, la estructura del estado-nación ha sido abandonada hasta un punto considerable en Europa. Y la capacidad de los gobiernos para pedir sacrificios ha disminuido en la misma proporción. (…) Su futuro (el de los estados-nación) está ahora ligado a la Unión Europea, y la UE todavía no ha generado una perspectiva y una lealtad comparable al estado-nación.  Así que hay un vacío entre el pasado de Europa y el futuro de Europa.
 
El creador de la compañía periodística Time, hoy englobada en un conglomerado izquierdista que no reconocería, Henry Luce, acuñó en 1941 la famosa expresión del Siglo americano. Lo que significaba era lo siguiente:
 
A lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX este continente era un enjambre de proyectos y magníficos propósitos. Por encima de todos ellos y tejiéndolos conjuntamente en la más excitante bandera de todo el mundo y la historia, estaba el propósito triunfante de la libertad.
 
Es a ese espíritu al que estamos todos llamados, cada uno en la medida de su capacidad, y mirando al más amplio de los horizontes, para crear el gran siglo americano.
 
Si el siglo XIX fue el siglo europeo y el XX, el americano - ambos guiados por la idea de misión -, para no quedar démodé en el XXI, qué puede hacer Europa.
 
Timothy Garton Ash ha dado con el proyecto del siglo para Europa. Se trata, en palabras del comentarista inglés, de una hidra benigna encargada de la promoción de la democracia más allá de nuestras fronteras. A sabiendas de las dificultades de la Unión para generar consensos eficaces en materia relevante, lo que propone el británico es un plan de promoción democrática similar al que ya existe sobre la ayuda al desarrollo. Hay una proposición en esos términos ante el Parlamento europeo.
 
Se trata de hacer una política en la que todos los actores europeos – por lo que parece entender gobiernos y organizaciones no gubernamentales (las habitualmente más gubernamentales de las organizaciones) – contribuyan.
 
Lejos del superestado monolítico de Bruselas que causa pesadillas a los euroescépticos, lo que tenemos aquí es más bien algo parecido a pastorear gatitos.
 
Concluye:
 
Si podemos lograr una aproximación compartida, nuestra diversidad será una fuerza. Imagínese que en un país como Marruecos o Egipto, la miríada de jugadores europeos dedicados a la promoción democrática se pusiera de acuerdo sobre una serie de prioridades (…). Los más de 100 jugadores europeos irían tranquilamente a trabajar en sus distintas ocupaciones. Los gobernantes antidemocráticos del lugar lo odiarían (…) pero en sus acuerdos con la UE ya han firmado los principios de respeto a la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho. Pero qué podrían hacer. Si cortan tres cabezas, quedarían 97. Necesitamos, en resumen, una hidra europea benigna…
 
El contraste con las palabras de Henry Luce o con la Europa pujante de otros tiempos no puede ser más llamativo. Pero en este vacío, en esta confortable levedad, habitamos despreocupados de pasados, futuros y presentes, porque nosotros, europeos, ya hemos superado todo eso, y hemos alcanzado otro estadio superior. El de los animales mitológicos que promueven la democracia por nosotros, sin tener que obligar a nadie – ni siquiera a los gobernantes antidemocráticos del  lugar – a nada. Sin la insoportable levedad de la más mínima exigencia.
 
Carentes de todo peso, amorfos ante toda presión, nuestra propuesta más estimulante podrá ser la promoción democrática a la usanza de las costumbres posmodernas, pero la frase que forman nuestros labios es: ¿a qué hemos de rendirnos ahora sin que lo parezca?

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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