Corren tiempos difíciles para Colombia. La izquierda internacional tiene a la democracia suramericana pro-americana en su punto de mira. ¿Por qué? Porque Colombia cometió recientemente lo que los izquierdistas consideran el pecado capita: no solamente se atreve a resistirse a los izquierdistas, sino que en la práctica anota una victoria significativa contra esas fuerzas antidemocráticas.
La victoria llegaba a principios de marzo. Fuerzas del ejército colombiano lanzaban un ataque sorpresa en Ecuador, abatiendo a Raúl Reyes y a varios colombianos más pertenecientes a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) - la banda izquierdista criminal que lleva 40 años intentando llegar al poder en Colombia a tiros. Reyes era el número 2 de las FARC. Estaba en busca y captura en Colombia bajo 57 cargos de crímenes y terrorismo. Hasta el Departamento de Estado de Estados Unidos ha ofrecido 5 millones de dólares por su captura.
La quirúrgica operación militar de Colombia en la selva ecuatoriana suscitó denuncias vehementes por parte de los izquierdistas jefes de estado latinoamericanos, particularmente de Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua, y naturalmente el presidente de Ecuador, Rafael Correa. Es interesante que Correa se lanzase a la yugular a causa de este insulto de horas de duración a la soberanía ecuatoriana pero nunca haya denunciado la violación de años de duración por parte del ejército de las FARC de esta soberanía al utilizar Ecuador como refugio.
La acalorada retórica de Correa acerca de la incursión colombiana como manera ilegal de tratar a "una nación hermana" es descaradamente hipócrita. Proporcionar asilo a miembros de una fuerza armada dedicada a derrocar al gobierno democrático de un país vecino es la mayor ofensa que hay aquí. Correa sabía ciertamente que las FARC se ocultaban en el norte escasamente poblado de Ecuador, dado que uno de sus propios mandos militares afirmaba públicamente tras la operación que él "había destruido" numerosos campamentos de las FARC. A través de esto, suponemos que confiscó algunas hamacas y tiendas abandonadas en el bosque, dado que aparentemente nunca capturó a ningún miembro de las FARC. Dudo que el ejército ecuatoriano sea realmente tan incompetente.
De hecho, los ordenadores portátiles incautados por el ejército colombiano en el campamento de Reyes implican, según se informa, a Correa como cómplice o aliado de las FARC. Ciertamente, Correa debe ver a los integrantes de las FARC como angelitos, puesto que ambas partes comparten la ideología económica más equivocada y desacreditada del siglo XX -- el socialismo. En la práctica, no obstante, las FARC degeneraron hace mucho en una mafia terrorista cuya agenda se compone de asesinatos, secuestros y tráfico de estupefacientes. Que Correa haya tolerado, por no decir apoyado, la presencia de las FARC en su país constituye una política de hostilidad hacia Colombia.
Aún más indignante que la conducta de Correa fue la reacción del volátil líder de Venezuela, Hugo Chávez, Chávez elogiaba al criminal Reyes como "un buen revolucionario", desplazaba 9.000 soldados venezolanos a la frontera de su país con Colombia, y dejaba claro que va a proteger a las FARC de la justicia colombiana mientras permanezca en el poder. Las acciones de Chávez son claramente las de un hombre que corre en defensa de un aliado. Esas acciones dan credibilidad a las informaciones de que los ordenadores incautados documentan los centenares de millones de dólares en ayudas de Chávez a las FARC.
Pensará usted que los países latinoamericanos restantes -- al ver que Chávez intenta socavar al gobierno de Colombia -- protestarían por la intromisión de Chávez, por no decir que en realidad se pondrían de parte de Colombia. No es así. Los presidentes latinoamericanos menos radicales no están ciegos. Saben cómo Chávez ayudó a organizar los disturbios de Bolivia y Ecuador que obligaron a renunciar a presidentes para que pudieran ser reemplazados por aliados de Chávez. Saben cuánta riqueza petrolera está dispuesto Chávez a gastar para ayudar a aliados izquierdistas a derrocar a los demócratas de todo Latinoamérica. Esto, estoy seguro, les intimidó, y se unieron a Chávez para denunciar el acto de autodefensa de Colombia -- un acto que no perjudica a ningún otro país en ninguna otra manera.
Al menos que el Tío Sam se mantuvo firme respaldando a nuestro aislado aliado en Suramérica. ¿Por qué no? Llevamos más de 5 años en Afganistán en represalia por muchas menos muertes y destrucción de la que ha sufrido Colombia durante 4 décadas a manos de las FARC. Triste, trágica y vergonzosamente, no obstante, la solidaridad de nuestro gobierno con Colombia no se prolongó hasta abril. La presidenta de la Cámara Nancy Pelosi dinamitaba la firma del Tratado de Libre Comercio con Colombia alterando las normas de la Cámara con el fin de evitar una votación.
¿Qué explica este rechazo taimado hacia un aliado veterano en una situación tan crítica? El creciente comercio con Colombia no supone ninguna amenaza para la economía norteamericana. Ya tenemos acuerdos de libre comercio con México, los países de América Central y Chile, cuyo PIB colectivo supera con creces al de Colombia. El motivo es que John Sweeney - el izquierdista director del sindicato de la Federación Americana de Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales -- obligó a Pelosi a actuar contra su voluntad.
Este episodio es altamente instructivo. Plasma lo competitivamente que los sindicatos de trabajo controlan al Partido Demócrata. También ilustra con precisión lo izquierdistas que son algunos sindicalistas. Las generaciones previas de sindicalistas americanos apoyarían patrióticamente a los aliados de nuestro país. Sweeney, por el contrario, se está uniendo a sus correligionarios izquierdistas de Latinoamérica en su ataque a Colombia. Mientras la democracia está sitiada en nuestro hemisferio, poderosas fuerzas en Washington están haciendo causa común con los enemigos de la democracia. Una pena.