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Magnífica derrota: del conformismo a la crisis
Colaboraciones nº 2282   |  8 de Mayo de 2008
 
El candidato del PP en las pasadas elecciones generales ha tardado tres semanas en ofrecer a sus militantes y votantes un escueto análisis de la derrota ocurrida el pasado 9 de marzo, pero ni FAES u otra entidad cercana se ha dedicado a analizar en profundidad lo sucedido, cosa que sí han hecho la Fundación Pablo Iglesias y algunos académicos con una proximidad variable al Partido Socialista de Rodríguez[1]. En el discurso de Rajoy se echó de menos una mayor atención a ese pequeño detalle que, pese a las mejoras relativas, le ha hecho quedar segundo. La semana anterior no se había podido celebrar la Junta Directiva Nacional del PP porque, como se ha informado desde Génova, no se habían podido enviar los 500 telegramas necesarios para convocarla. Que un órgano importante para el funcionamiento interno tenga un tamaño que lo hace inoperante y difícil de convocar tiene explicación peliaguda. Pero que  se lo convoque con un medio decimonónico en pleno siglo veintiuno y rodeados por la frenética proliferación de tecnologías de información y comunicación carece de justificación racional. Que se haga público además por los propios encargados de prensa del partido demuestra una falta de adaptación a la tarea que tienen entre manos. Todo es muy representativo de los problemas que acucian al PP como partido, como organización política.
 
Para explicar la segunda derrota consecutiva a la sombra del terrorismo, se han señalado defectos de mercadotecnia y de comunicación política, de una falta de defensa de las convicciones y los valores propios, de una deferencia hacia las pautas culturales de la izquierda. Con ser muy importantes todas estas cuestiones me parece que no se han resaltado otros factores subyacentes, además de los propiamente electorales, que creo que contribuyen precisamente a explicarlos. El primero es la infravaloración del adversario, de las características ideológicas del proyecto sobrevenido con el acceso al poder de Rodríguez. El segundo es la aludida debilidad del PP como organización política y la incomprensión de su propia trayectoria. El tercero lo configuran las características fundamentales del funcionamiento operativo de la democracia contemporánea en general y en la España actual. Me refiero a ellos por este orden a continuación.
 
Se ha convertido ya en un lugar común el afirmar que en la democracia española se produce una selección negativa o adversa en el reclutamiento de su personal político. Dicho de otra manera, a la política como profesión se dedican los peores y no los más capacitados o los que acreditan más méritos en otras esferas sociales. La imagen cuadra bien con el Partido Socialista de Rodríguez (PSR). Tanto él mismo como su brazo derecho, o algunos de los ministros y altos cargos nombrados en sus gobiernos, son representativos de esos militantes medios y de base que ingresaron a través de las juventudes, con escasa o nula formación académica o vida profesional al margen del partido. Estos rasgos les han servido para desmitificar a la elite política de la época de González, claramente superior en estas dimensiones, alentando el populismo también en esta faceta. Pero precisamente como no tienen alternativa vital distinta a la profesión política, los socialistas se desenvuelven en esta parcela con la máxima atención pues les va en ello el sustento. El partido ha ido creciendo además desde el inicio de la transición por la incorporación de antiguos militantes comunistas y miembros de la extrema izquierda, seguidos o precedidos por sus votantes, según los casos, militantes muy disciplinados y poco amigos del debate y la argumentación pero obedientes entusiastas. Ello hace de la maquinaria política socialista una organización donde las órdenes se cumplen y llegan hasta el último rincón controlado por el aparato del partido.
 
Esta composición estratificada temporalmente ha facilitado la conversión por Rodríguez de la antigua estructura, centrifugada progresivamente por efecto del Estado autonómico, en el actual PSR, una suerte de híbrido ideológico de partido demócrata socialista y sobre todo de social-populismo, más interesado en el control del pensamiento y de los mecanismos institucionales que en transformaciones económicas trasnochadas. Veamos con más detalle estos ingredientes.
 
Con el primer expediente Rodríguez se diferencia de la corriente principal de la socialdemocracia y ha entroncado con la peor tradición extremista del propio PSOE durante la II República. Los demócratas socialistas se ven a sí mismos como la “izquierda” de la socialdemocracia, aceptan reticentes la democracia parlamentaria (¡qué remedio!) pero conservan un compromiso de transformación radical del sistema político, con frecuencia, mediante el fomento de movilizaciones y, en especial, mediante un rechazo genérico del capitalismo y de los mecanismos de mercado. No es difícil detectar este componente en sus ataques al tejido institucional de la democracia española en su primera legislatura: por ejemplo, la modificación unilateral del estatuto catalán y de la normativa del Tribunal Constitucional; la patrimonialización del Estado de Derecho; la intervención en el mundo económico empresarial. 
 
El ingrediente social-populista se nutre de la desmitificación de la elite política: su lema "Yo cada noche le digo a mi esposa: no te puedes imaginar la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar", septiembre 2004; sus designaciones para entrar o permanecer en el Consejo de Ministros por cuotas sexuales o regionales sin atención al mérito, la experiencia política, la capacidad técnica o la eficacia en la gestión; su impulso del resentimiento propio y ajeno; su práctica de la política como división y fractura, como complacencia de identidades y minorías en lugar de como búsqueda de acuerdos posibles para unir a la población, resolver los problemas de las mayorías y satisfacer el interés general.
 
Ante el vaciamiento y la desaparición del análisis marxista y el discurso de clase tras el hundimiento del socialismo real, los social-populistas se han apropiado de los resbaladizos asuntos de la identidad, imitando acríticamente al Partido Demócrata, y haciendo paradójicamente de Estados Unidos el centro vital de su proyecto político. Y lo han hecho abrazando y encomiando sentimientos regionales pseudo-étnicos en la periferia española, que constituyen en la práctica en esas regiones el equivalente moral y político de la derecha radical en otros países europeos. A los principios socialdemócratas de igualdad ante la ley y del internacionalismo, el PS de Rodríguez opone ahora los particularismos de la identidad, derivados de las prácticas sexuales o de los sentimientos regionales, con un fundamento teórico inferior, si cabe, a formulaciones anteriores pero con un estilo simbólico y propagandístico mucho más inclusivo y populista. De ahí los ataques a la Iglesia católica, una religión “mala” para su ideario populista, y el amparo, contra toda perspectiva estratégica y la mera sensatez, del Islam dentro de nuestras fronteras y más allá.
 
El resultado de la gobernación zapateril lo hemos visto con claridad durante la pasada legislatura en la que ha promovido preferencias incoherentes e ineficaces sobre las políticas públicas, apaciguando a terroristas propios y ajenos, aumentando nuestra vulnerabilidad estratégica, mintiendo con desfachatez a sabiendas de que no le comporta costes electorales, deteriorando la posición internacional de nuestro país, aplicando una política económica con aumento del gasto y de la presión fiscal, junto con una interferencia tercermundista con la libertad de mercado y sus instituciones. Pero sobre todo con la amalgama que ha servido para unir todos estos ingredientes: la industria en expansión sobre la denominada memoria histórica y su colección de desenterramientos selectivos según el color de las víctimas; la fabricación de la nostalgia; la invención de la tradición.
Con la absorción del mundo perdido imaginario de la II República y la Guerra Civil, se reacciona frente a los tremendos cambios sobrevenidos en la España de Franco y en nuestra propia transición a la democracia. Sin olvidar que no hay hechos particularmente gloriosos o dignos de confianza y recuerdo ni en la oposición socialista a la dictadura ni en la corrupción y el terrorismo de Estado de los gobiernos de González.
 
Por su parte, los niveles dirigentes del PP se nutren, salvo alguna excepción, de personas que han ingresado en alguno de los cuerpos superiores de las Administraciones Públicas, con un predominio abrumador de la formación jurídica en detrimento de otras cualificaciones más pertinentes para los tiempos que corren. El partido tiene, sin embargo, una muy amplia y motivada base social pues es el de mayor tamaño de España. Si se me permite la expresión, se trataría de un partido de notables de masas, que recoge apoyos electorales de muy diversos sectores sociales. Abundan las personalidades dirigentes, poco esforzadas a veces, en ocasiones una suerte de rentistas de la política, que conciben su ejercicio como una mera gestión tecnocrática y proyectan una cierta imagen de engominados señoritos de buena familia, reclutados a lo largo y ancho de la geografía española, pero un tanto alejada de las clases medias que nutren las filas populares y apoyan al partido en las elecciones.
 
Da la impresión de que entre esas personalidades y la base militante y electoral no existe una cadena jerárquica de cualificados cuadros intermedios, encargados de la comunicación de las directrices y la línea política del partido entre la población en su conjunto. O en palabras del, sorprendentemente desaparecido en combate, fichaje estrella de última hora del PP, "Aquí, ni se dan órdenes, ni las órdenes se obedecen". Tampoco parecen abundar los órganos especializados nutridos por expertos en análisis político electoral y de medios, comunicación y mercadotecnia, planificación de contingencias y gestión de crisis, en una palabra un estado mayor que planifique y supervise la política acordada, transmitiéndola a la opinión, que garantice la interconexión entre los estudios y análisis, la formación de los cuadros y la persuasión de la opinión pública. Bien está que haya expertos externos contratados pero un partido moderno necesita también sus propios criterios y orientaciones elaborados por sus militantes especializados en las estrategias políticas. Tampoco las relaciones entre las distintas unidades organizativas parecen fluidas, por ejemplo, la coordinación entre el grupo parlamentario y los responsables del partido o entre las distintas organizaciones territoriales, ha brillado por su ausencia en la última legislatura. Los recientes nombramientos parlamentarios no han transmitido mayor eficacia por encima de la confusión.
 
Así, a grandes rasgos, los políticos socialistas son muy profesionales en la política pero no en su desempeño en la sociedad civil, aunque la organización de su partido sí actúa con profesionalidad y eficacia: los socialistas han ganado seis elecciones generales de las diez celebradas. Por su parte, los políticos populares sí son profesionales en la sociedad pero muy poco en la esfera política y su partido deja que desear tanto en la profesionalización de su organización como en la de su personal. Y es que la política contemporánea consiste en algo más que en que las cosas funcionen mejor y el ejercicio de la oposición en algo más que oponerse. Hay un dicho en la política estadounidense, “no puedes derrotar a algo o a alguien con nada”. No puedes derrotar una medida o a un candidato sencillamente señalando sus defectos e insuficiencias, hay que ofrecer una alternativa, criterios firmes y propuestas concretas. Pese a su excelente resultado, el PP no lo ha hecho y por eso, entre otras cosas, ha perdido las elecciones y después de perderlas ha sido incapaz de tomar la iniciativa política, transmitiendo desconcierto y luego división.
 
El PP como organización y sus dirigentes, y con esto entro en el tercer factor que quería comentar, no parecen ser conscientes tampoco de algunas de las características de la democracia contemporánea y sus manifestaciones concretas en España. Veámoslas.
 
La primera es la mediatización de la política. La política a través de los medios significa que los políticos individuales tratan de conseguir el poder, y de conducirse mientras está en él, mediante la comunicación que llega a los ciudadanos gracias a los medios de comunicación de masas. La comunicación política mediatizada se ha convertido en algo fundamental para la política y la vida pública en las democracias contemporáneas. Las características tradicionales de la política persisten. Sin embargo, buena parte de los sistemas de gobierno han llegado a un punto donde la gobernación no podría ocurrir en sus formas actuales sin los variados usos de los medios de comunicación, al igual que un conjunto de procesos relacionados como la formación de opinión. El ciclo noticioso se prolonga en la actualidad 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año, incluidas las vacaciones de Semana Santa, verano y Navidades. Con ello quiero resaltar que si no se alimenta constantemente esa voracidad informativa con los mensajes que interesa difundir, otros lo harán indefectiblemente. La vida política se desenvuelve en un ambiente simbólico saturado por los medios de comunicación.
 
Esta característica cobra un perfil peculiar cuando consideramos las especificidades del sistema de medios español que sigue el denominado modelo mediterráneo de “pluralismo polarizado”, a diferencia de las prácticas del centro y norte de Europa y, sobre todo de los países anglosajones. Sus rasgos principales son: una circulación de la prensa reducida, un escaso grado de profesionalización de los periodistas, la politización partidista de los medios y una acusada intervención estatal sobre los mismos. El PP se ha enfrentado la pasada legislatura a la oposición, con una agitación y propaganda más o menos activa: de casi todas las cadenas de televisión públicas y todas las privadas, en la práctica; la primera cadena de radio y la radio pública; los diarios El País y Público y la prensa barcelonesa. Ha contado con el favor más o menos crítico, más o menos enfrentado entre sí, de dos canales regionales (Telemadrid y Canal Nou); la COPE y Onda Cero en radio; El Mundo, ABC, La Razón, en prensa; de los medios de Internet. Dado que la mayoría de la población se informa por la televisión, la inferioridad comunicativa estructural del PP es clamorosa, si a ello le unimos una deficiente gestión de su comunicación política, su penosa falta de oficio en la persuasión de la opinión pública, la conclusión es clara: su mensaje ha llegado muy deformado por los encuadramientos realizados desde los medios favorables al gobierno de Rodríguez. Y eso sin contar con el fuego amigo.
 
La segunda característica es la personalización de la política. La personalización se refiere al proceso dinámico que se expresa en un aumento en el peso del actor político individual y una disminución de la importancia del partido político, del grupo, a lo largo del tiempo. La personalización más significativa se produce con respecto a los medios y se refiere a un cambio en la presentación de la política en los medios de comunicación expresada en un aumento de la atención sobre los políticos individuales y una disminución del interés sobre partidos, organizaciones e instituciones. Este proceso es visible en la cobertura periodística y en las estrategias de la publicidad política de las campañas electorales. La personalización del comportamiento se expresa en un aumento de la importancia del proceder político individual y una decadencia de la actividad partidista colectiva, en especial en la conducta electoral de los votantes.
 
En la democracia española esta tendencia se concreta en el auge del presidencialismo en nuestro sistema político. Hay un legado histórico que favorece al ejecutivo que antecede a la propia dictadura de Franco, pero lo cierto es que ésta y las peculiaridades de la transición no han hecho sino reforzar la tendencia. Los ejemplos son claros y abundantes. Rodríguez decide por sí y ante sí la retirada de nuestras fuerzas en Iraq sin reunir siquiera el consejo de ministros. En esta legislatura designa a su capricho al responsable de su grupo parlamentario, que ni siquiera milita en su partido, y ejerce libérrimamente su prerrogativa de nombramiento de ministros, manteniendo antojadizo a ineptos acreditados, simplemente por un capricho infantil de no reconocer su pifia anterior refrendada por las urnas. A esta propensión no es ajeno el líder de la oposición que hace lo propio en su grupo parlamentario y en la vida de su partido, designando a personas de su círculo amistoso, sin aplicar los criterios de mérito y capacidad, a lo sumo reuniéndose con algún notable regional.
 
En último lugar, la mediatización y la personalización de la política han influido sobre el estilo de liderazgo, haciendo ahora las cualidades retóricas y de relación con los medios más relevantes que nunca antes, porque son sumamente importantes para el éxito electoral y la supervivencia política. Algunas de las características y las cualidades que influyen en la efectividad del liderazgo con respecto a la comunicación política son, entre otros factores, la iniciativa y la creatividad política y de comunicación; las habilidades retóricas y dramáticas; la cooperación con políticos y periodistas. Los discursos de los actores, su contenido y sus destrezas retóricas, son por tanto de la mayor importancia para las elecciones. La superioridad de Rodríguez sobre Rajoy en este terreno es manifiesta pese a ser este último un excelente parlamentario. La cuestión es que el parlamento pertenece a la política del pasado, lo que ahora importa es la telegenia, y en este aspecto el candidato del PP tiene un campo enorme para mejorar en los aspectos que de él dependen aunque no es algo en lo que se haya esforzado ni en la campaña ni en la pasada legislatura. Veamos ahora, para finalizar, algunos rasgos de la pasada para contextualizar la derrota electoral.
 
La oposición realizada por el PP en la última legislatura pese a los graves errores de Rodríguez y su gobierno no ha sido buena ni eficaz como consecuencia de su debilidad organizativa y de discurso. Se ha hecho oposición con un equipo de personas muy desgastado por la crisis del 11M: lo habitual en países con una trayectoria democrática más prolongada que la nuestra es que quien comete un error de entidad, dimita y se dedique a otra cosa. Por ejemplo, en la actual campaña de elecciones primarias para elegir al candidato presidencial del Partido Demócrata tanto Clinton como Obama han aceptado las dimisiones de importantes miembros de sus equipos respectivos por haber cometido errores o no ofrecer resultados.
 
Como la campaña ha durado toda la legislatura, al seguir al frente del PP los mismos que tan mal gestionaron la crisis del 11M, aunque para los votantes del PP y para los observadores no partidistas no mintieran, a buena parte de los españoles sí les pareció que lo hicieron. Y como es sabido, o debería saberse, las percepciones son reales en sus consecuencias. En todo caso, lo hicieron mal y al no desaparecer de la escena política no han terminado de cortar el desarrollo de la crisis en lo que atañía a su propio partido, ampliado por la maligna e ineficaz gobernación de Rodríguez.
 
Los políticos de la oposición, tienen que convencer de que las medidas que propugnan no sólo son necesarias sino apropiadas. Deben elaborar un discurso que proyecte una visión coherente de cómo encaja la nación en la integración europea y en un mundo globalizado que también resuene en las estructuras más profundas de los valores y la identidad nacional. Este discurso legitimador ya se echó de menos con las decisiones más polémicas de la segunda legislatura de Aznar y ahora es especialmente importante porque se opone a un gobierno que impulsa cambios que han atacado y atacarán el núcleo mismo de nuestros valores e identidad como españoles, a nuestros acuerdos constitucionales sobre la arquitectura institucional del sistema político, a nuestra organización económica, a nuestro bienestar e incluso a los débiles equilibrios y contrapesos que articulan nuestra democracia. ¿Es este el discurso de oposición que ha hecho el PP?
 
Ha habido en ocasiones una falta de discurso y en otras uno contradictorio. No se puede criticar, con toda la razón política, el malhado estatuto catalán sólo porque no se respeta que España es una sola nación, como recoge el artículo 2 de la Constitución, y aceptar en otros estatutos regionales todos los artículos que cuestionan la viabilidad política o financiera del Estado, y ello por la debilidad del discurso político del PP, del líder y del partido frente a algunos notables regionales. Las cuestiones espinosas que Rodríguez planteó a Rajoy en el segundo debate televisado sobre el trasvase del Ebro, Iraq y el 11M, eran absolutamente predecibles. Con todo, el candidato popular pareció completamente desprevenido y abrumado, sin un discurso preparado y a más de cuatro años de los hechos, acompañado además por su asesor de cabecera. No lo hizo bien por la misma razón por la que no ha conseguido superar a Rodríguez en los debates sobre el estado de la Nación en toda la legislatura: hay convenciones comunicativas en televisión y son distintas de las de un parlamento, Rajoy las desdeña como buena parte de la dirección del PP. Habría necesitado ser menos filosófico y abstracto y más visceral y personal, proferir citas jugosas para los medios, e intercambiar golpes de efecto. No se puede ser desdeñoso o guardar silencio sobre asuntos reales que están en la mente de muchos españoles.
 
Decía Churchill que el éxito consiste en la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Rajoy y su equipo personalizado no lo transmiten después de su magnífica derrota. Y en esas estamos con la crisis institucional del PP ante la delectación zapateril, que recuerda embelesado las cuatro victorias electorales consecutivas de los socialistas con González. Y el PP debería recordar no sólo la crisis de UCD con la importancia de mantener la unidad sino también la de AP, con la necesidad de superar los fulanismos y de debatir sobre proyectos políticos y la labor de oposición. Si no lo hace y no se resuelve bien la crisis, tendremos a Rodríguez y a su política durante más tiempo todavía y con resultados más perniciosos para España.

 
 
Notas


[1] Véanse referencias en http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276234499 y en http://portal.uned.es/portal/page?_pageid=93,644264&_dad=portal&_schema=PORTAL&id_noticia=813. La ex ministra Del Castillo ha publicado un artículo de alcance en el número 18 de Cuadernos de Pensamiento Político editado por la FAES. Que no se disponga de la encuesta postelectoral del CIS no empece para que se analicen los datos disponibles y se reflexione sobre las razones de la derrota.


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