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Israel, 60 años y una lección
Colaboraciones nº 2276   |  6 de Mayo de 2008
 
‘Yo no puedo estar sin hablar, lo confieso – me dijo -. ¿Es usted alemán?... ¡español! … Yo he leído a López de Vegayo soy israelita y tengo en Berlín una pequeña tienda de relojes…’ El vagón se había llenado de hombres alemanes (…); apenas oyeron la palabra israelita, comenzaron a caer chanzas y groserías sobre el menudo viajero. Y yo me avergoncé, lo declaro: temí que aquellas gentes estólidas descubrieran en mi palidez española y en mis barbas negras una filiación hebrea. Me avergoncé y no tomé su defensa, y la otra noche, viendo El mercader, se puso de pie en mi memoria el pequeño relojero judío y me clavó sus ojuelos de avecilla maligna y sentí un pinchazo en el corazón. Ortega y Gasset.
 
Se cumplen los 60 años de la creación del Estado de Israel. No es difícil presumir el contenido de mucho de lo que se va a escribir al respecto. Con cierta probabilidad - con probabilidad cierta - una sorda crítica va a deslizarse en las líneas de los articulistas en nombre de la inexistencia de un estado palestino al lado del estado judío, y la responsabilidad se hará caer en las acciones turbias del segundo. El propósito de lo que sigue es una aclaración preventiva del curso de estos años que pueda además contener una lección para Europa.
 
La Declaración Balfour de 1917, el resultado del Holocausto o la Shoah, y una votación favorable en las Naciones Unidas, hicieron que el 14 de mayo de 1948 Israel pudiera declarar su constitución como Estado.
 
Fue en 1947 cuando la Asamblea general de la ONU votó el plan de partición del protectorado británico en Palestina. Los judíos lo aceptaron, los árabes lo rechazaron. Los cinco vecinos de Israel dieron la forma de guerra a ese rechazo, y fueron apoyados por la totalidad del mundo árabe. Israel logró con éxito superar este ataque, mientras pedía la paz a los colindantes y que aceptaran la nueva situación. Ninguno de ellos quiso, y se dedicaron a la desaparición del estado judío.
 
Ante diecinueve naciones convencidas de la necesidad de su destrucción, Israel participó en 1956, junto con Francia e Inglaterra en un ataque contra Egipto, que le colocaría en control de una franja del desierto del Sinaí. La consiguiente presión americana implicó la retirada de las tres partes, con la devolución del terreno a Egipto.
 
En 1967, en la recientemente conmemorada guerra de los seis días, Egipto cerró el estrecho de Tirán, entre el Sinaí y Arabia Saudí, y con él, la salida de Israel al Mar Rojo. Nasser, entonces al mando, había manifestado su intención de destruir Israel. Después de dos semanas de negociaciones con la destacada participación de los Estados Unidos, que tuvieron como objetivo principal evitar que se borrara a Israel del mapa - el lenguaje de hoy de Ahmadinejad ya lo había usado Nasser entonces -, los israelíes lanzaron un ataque contra este. A la vista del equilibrio de poder militar entre uno y otro país, un ataque inicial de Egipto hubiera dejado a Israel sin capacidad de respuesta. Tras seis días de una brillante campaña, el país judío se encontró en posesión de diversos territorios que habían pertenecido a Egipto (el Sinaí), Siria (los Altos del Golán) y Jordania (Cisjordania).
 
Nadie puso en cuestión que la intención de Nasser era clara y que el cierre efectivo del Estrecho de Tirán era el paso previo a una guerra de aniquilación. Israel pidió al rey Hussein de Jordania que no interviniera, pero al insistir, respondieron, quedándose posteriormente con el territorio conquistado.
 
Israel volvió a pedir a sus inquietos prójimos el acto de reconocimiento de su soberanía y consiguiente derecho a existir. La petición de negociaciones hubiera debido permitir la devolución de los territorios ocupados junto con el mantenimiento de unas fronteras que garantizaran a Israel su seguridad. En Jartum, Sudán, los árabes se negaron por triplicado: no al reconocimiento, no a la negociación, no a la paz.
 
En 1973, Egipto, bajo la jefatura de Anuar Sadat, intentó de nuevo la guerra. Tras este ataque sorpresa aprovechando la fiesta del Yom Kippur, Israel volvió a lograr la victoria. Sadat decidió entonces acceder a la oferta israelí reconociendo a su estado e iniciando negociaciones. Israel aceptó, al tiempo que devolvía el territorio conquistado a Egipto.
 
Cansados de tanta derrota, los estados árabes de la zona parecieron resignarse, aunque sólo fuera de hecho. Lo cierto es que habían cambiado de táctica. Comenzaba la era del terrorismo.
 
Los palestinos sustituyeron, como término, a los árabes. La existencia de refugiados, que inevitablemente habían surgido de todos los conflictos acaecidos, fue adoptada como estrategia y  peón con el que jugar. En su defensa se erigía la organización para la Liberación de Palestina. En 1974, los Estados Unidos, bajo Nixon y Kissinger, se negaron a reconocerla como parte en cualquier negociación.
 
En 1982, al descubrir Israel que la OLP escondía armas en Líbano, declara la guerra tanto a los elementos de la organización terrorista que habían estado preparando alguna acción contra Israel, como a los ejércitos sirios que ocupaban territorio libanés con las mismas oscuras intenciones. Una vez más, la victoria recae del lado de Israel.
 
El líder de la OLP, Yasser Arafat idea otra medida de acoso y derribo del estado judío. El terrorismo callejero, implicando, más aún que durante la guerra del Líbano, a la población civil, será el protagonista de las dos intifadas hasta los años 90, incluso después de los acuerdos de Oslo.
 
Durante todo este periodo, la concepción del resto de Occidente hacia Israel había variado. Desde la simpatía por el David de la zona hasta 1967, hacia la reversión de Israel al papel de Goliat. La derrota árabe fue convertida en una victoria propagandística; ya no eran ellos los todopoderosos, sino que el correoso y potente estado de Israel a quien se enfrentaba era a los desposeídos palestinos.
 
Se ha hablado de ciclo de violencia o de conflicto palestino-israelí, expresiones que hoy gozan de consenso generalizado. No obstante, este uso de las palabras implica hacer equivalentes los ataques contra un estado democrático oficialmente reconocido, a la reacción de ese estado no ya para defenderse, sino subsistir. Si a ello se le añade la campaña del mundo árabe fundada en la falta de un derecho de Israel a existir, la consecuencia lógica no podía ser otra que tampoco gozaba del derecho a defenderse.
 
En 2002 Bush presenta su propuesta de un estado palestino que pueda vivir en paz con Israel. No debía dirigirlo un terrorista, había de condenar la violencia, y regularse democráticamente. Esta previsión no llegará a ver la luz puesto que, tras la muerte de Arafat, las elecciones harán que llegue al poder el grupo terrorista Hamas: no hay solución a la cuestión palestina salvo mediante la jihad. Teniendo en cuenta que otro grupo terrorista Hezbolá (nuestra lucha sólo terminará cuando esta entidad – Israel – resulte aniquilada), de influencia siria e iraní, acumula en el verano de 2006, lanzamientos de cohetes y secuestros, por una vez sólo tímidamente rechazados por Israel, su situación se ve de nuevo amenazada.
 
Como ha dicho un escritor español, Julián Marías, aunque el establecimiento de Israel haya supuesto inconvenientes para otros pueblos, e incluso se pueda hablar de una dosis de injusticia ¿no es justo que por una vez en la historia sea a favor de los judíos? Dos mil años de atroz injusticia histórica, coronados por la más monstruosa que en este momento puede venirme a la memoria (…) ¿No ‘justifican’ (es decir, hacen justa) esa posible fracción de injusticia que Israel pueda significar? (…) ¿No sería absolutamente inaceptable e hipócrita hacer aspavientos por las injusticias menores a favor de los que siempre han estado abajo, olvidando la mole gigantesca de opresión, crueldad o desprecio que durante tanto tiempo han gravitado sobre ellos? 
 
Al decir de otro escritor, judío, lo que demuestra esta historia es que, como en el mandato bíblico, los israelíes han escogido la vida.  Por ello Israel, que nunca ha dejado de ser una democracia, es el ejemplo, la luz, para esos otros pueblos que han llegado a creer que no hay nada por lo que merezca la pena luchar o morir. De modo que las críticas, a veces feroces, que se alzan contra Israel o los judíos, más que antisionismo o antisemitismo denotan una enfermedad aún más grave. Son una coartada para la renuncia ante el terrorismo, para el apaciguamiento ante el totalitarismo, para la falta de fe en los valores de Occidente.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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