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Pío Moa o la frontera maldita de la derecha
Reseñas nº 129   |  5 de Mayo de 2008
 

(Del libro Falacias de la izquierda, silencios de la derecha, de Pío Moa. Libros Libres. Madrid, 2008)

Es ya conocida la tormenta desatada en los últimos años por Pío Moa. En sus anteriores obras, Los orígenes de la guerra civil o Los años de hierro, discute mitos, desmonta inexactitudes, combate mentalidades históricas. Lo que lleva a una primera conclusión: A los historiadores tocaría juzgar el trabajo de uno de los suyos; a la orgullosa izquierda intelectual, discutirlos, debatirlos, rebatirlos. De ninguna otra manera ocurre en una sociedad abierta.
 
Enfermizamente no es así. Lo que caracteriza a la España de 2008 es que la izquierda propone cada vez con más fuerza censurar y encarcelar a quienes disienten de su visión del mundo, del hombre y de la historia. Y Pío Moa encabeza la lista. Paradójicamente, los intentos por encerrar a Moa dan la razón a éste cuando recuerda la historia de asaltos, golpes de estado, crímenes y hechos antidemocráticos, golpistas, y chequistas del progresismo español. Cuando la izquierda española responde a la opinión mediante la amenaza de cárcel, entonces es que las opiniones de Moa ni eran tan extremas ni estaban tan desencaminadas.
 
¿Qué dice o escribe que indigna a la izquierda? Es bien sabido. Que la izquierda de los años treinta no sólo no quiso la democracia, sino que la persiguió concienzudamente: “Casi toda la historiografía desde los años 30 se construye sobre una falsedad clamorosa a poco que se repare en ella: la de que un bando de la república y la guerra, compuesto de marxistas radicales, anarquistas, estalinistas, racistas y golpistas, representaban a la república, a la que en realidad destruyeron, y a la democracia y las libertades, cuyos máximos enemigos fueron desde principio de siglo” (p.66).
 
Lo cierto, defiende Moa, es que la izquierda española no sólo no respetó la legalidad republicana sino que se dedicó con ahínco a destruirla para sustituirla por una dictadura colectivista: “Ninguno de ellos defendió jamás los valores democráticos, sino precisa y exactamente lo contrario” (p.69). El autor identifica los tres rasgos subyacentes a la memoria histórica; En cuanto a la república en sí, la identificación entre democracia y Frente Popular, cuando éste fue precisamente la negación de un régimen de libertades.
En cuanto a las víctimas, la equiparación de las víctimas inocentes del franquismo con los chekistas y torturadores, socialistas, comunistas y anarquistas que cayeron a la vez pero no junto a ellos. Intelectual y socialmente, el establecimiento, vía ley, de una versión única y obligada sobre el pasado.  Y en cuarto lugar, en relación con esto último, la construcción de una base ideológica sobre la que se sustenta la política actual del Gobierno de Rodríguez Zapatero.
 
Y este último es precisamente el punto donde la labor del Pío Moa historiador de los años treinta da el paso adelante que interesa aquí. Los debates historiográficos sobre la guerra civil no interesarían más que a historiadores si no fuese porque una determinada visión de la guerra de 1936 es el fundamento de la política gubernamental de la España de 2008. Y no afecta sólo al progresismo español, sino a la propia derecha.
 
Lo que realmente llama la atención del libro de Moa es su segunda parte; “silencios y escrúpulos de la derecha”. No sólo por superar una crítica que empieza a ser lugar común (la derecha no libra la batalla de las ideas, camina a remolque de la izquierda, se siente moralmente inferior al progresismo), sino por el hecho de que, a mi juicio, en el mundo de la cultura liberal-conservadora, es el único que por ahora se ha decidido a dar un paso adelante. Desde su peculiar estilo, aborda los temas fundamentales que dan a la izquierda la primacía moral y cultural en España. Actitud que constituye motivo suficiente para destacar este libro.
 
Lo cierto es que la derecha, hasta ahora, jamás ha discutido a la izquierda sus principales ideas; en lo referente a la familia, a la educación, a la religión, a la historia, a la moral, el mundo liberal-conservador español sigue a la defensiva, fragmentado y sumido en complejos. Por doquier, en columnas, tertulias y libros la derecha habla de disputa con la izquierda; las más de las veces, sus aguerridos ponentes desertan a la menor ocasión. Bajo el paraguas de la supuesta neutralidad y el individualismo moral, el mundo liberal-conservador aún no ha afrontado este problema. Y le está costando caro.
 
Y es en este punto donde el libro de Moa alcanza un valor simbólico; demonizado por la izquierda, temido por la derecha, parece no tener ya problemas en cruzar las fronteras malditas de la derecha, y libre de ataduras, remangado, lanzarse contra los mitos progresistas sobre la sociedad y el hombre. Así es como denuncia, con su contundencia habitual, el concepto de igualdad femenina y las consecuencias demoledoras para la sociedad: “esa falsa idea de igualdad conduce a la destrucción de los hogares, la degradación de la moral y la deseducación de los hijos, dejados a merced del puterío televisivo y similares” (p.148).
 
¿Tiene la derecha –política o intelectual-, algo que decir sobre la mujer y el trabajo, sobre el matrimonio homosexual, sobre las familias monoparentales? Respuesta: nada. Por doquier espantan las iniciativas de la izquierda en el poder, pero nadie, ni en el Congreso ni en los medios de comunicación, levanta la bandera de la dignidad de la mujer que se queda en casa, del carácter preferible del matrimonio heterosexual, de los derechos de un niño que se quedará huérfano por motivos naturales antes de cumplir los quince años. Todos estos temas, sin excepción, constituyen la batalla de las ideas que la derecha se niega a dar, y que al menos Moa se ha convertido ya en uno de los primeros luchadores.
 
Lo mismo puede decirse respecto a la educación, a la que Moa dedica otro capítulo en el libro, y de la que Educación para la ciudadanía es el último asalto progresista, más violento y menos disimulado. Pero ¿qué propone la derecha al respecto? Respuesta, nada: Educación técnica, tecnológica, idiomas, a lo sumo esfuerzo. Pero en lo fundamental, en lo relativo a la formación moral de los niños españoles, vía libre al progresismo y a sus ingenieros de almas; hipersexualidad, hedonismo, relativismo, cristofobia.
 
Acaba Moa con otros dos temas en los que la derecha ha aceptado la tutoría moral e intelectual de la izquierda. En primer lugar, en relación con la religión, y un hecho incuestionable; “tanto los creyentes como sus jerarquías tienen pleno derecho a expresar públicamente sus ideas y sus preferencias políticas: exactamente el mismo derecho que los aludidos políticos e intelectuales, que los sindicalistas o los miembros y directivos de cualquier otra asociación” (p. 173). Pío Moa pone el acento en el hecho fundamental; ¿cuál es la legitimidad de Iñaki Gabilondo o José Blanco, que no tengan Rouco Varela o Fernando Sebastián?¿porqué el Partido Socialista puede proponer lo que considera bueno para los españoles y no la Iglesia Católica?¿tiene la Cadena SER más legitimidad para hablar de moral, sexo o educación, que los sacerdotes españoles?¿por qué?
 
Lo que se juega en la España actual no es la laicidad; es la libertad religiosa y de expresión, que son cosas muy distintas. Y más allá de eso, la cosa no queda en tablas, porque Moa -de nuevo bastante sólo- defiende sin problemas la superioridad de la Iglesia sobre sus acosadores: “los valores morales que defiende parecen bastante más sólidos, bastante más elevados, que los defendidos por los políticos de los cien años de honradez, el GAL, los zerolos, los dialogantes con la ETA y acosadores de la AVT (…p. 174).
 
Acaba Pío Moa con el problema esencial de la derecha española del siglo XXI; su relación con el franquismo. Buscando marcar distancias con la dictadura franquista, la derecha cae una y otra vez en manos de la interpretación que la izquierda hace de la guerra civil. Si el franquismo fue el mal absoluto, como la derecha afirma, entonces hace bueno al bando de la checa y la quema de iglesias, en cualquier caso preferible. Atrapado entre un franquismo del que quiere distanciarse obsesivamente, y una izquierda que le acosa con la memoria histórica, la derecha no ha encontrado aún su lugar.
 
La última parte del libro, Moa aborda directamente las preguntas que por miedo o por certeza ideológica, España aún no se ha hecho: ¿Qué proporción existió entre víctimas inocentes del franquismo y culpables de crímenes horrendos?; ¿qué responsabilidad tuvieron los jefes frentepopulistas en el abandono de los suyos?; ¿cuántos de los familiares de los presos se adaptaron al franquismo?; ¿qué apoyo real tuvo el maquis?; “¿duró tanto el franquismo porque sometía a la población por el terror o porque la mayoría de la población no se sentía incómoda con él?¿Fue el franquismo un régimen monolítico y rígido, inmune al cambio, o bien cabe distinguir en el  una evolución y tendencias internas divergentes?” (p.208). Preguntas que son historiográficamente pertinentes, pero que en España pocos han osado hacerse.
 
En la parte cultural y moral del libro, Moa no es especialmente original o profundo, no dejará satisfechos a filósofos, ideólogos, teóricos; tampoco le hace falta. En lo que aquí nos ocupa, es su actitud lo que resulta gratificante. Moa ha cruzado la frontera maldita de la derecha, y ha penetrado en el terreno de los principios sagrados de la izquierda, combatiéndolos abiertamente. Algo que sólo quien ya no tiene nada que perder podría dar, pero cuya senda queda al menos abierta para quien quiera seguirle. Veamos quién se atreve.


 

 
 
Óscar Elía es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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