(Publicado en ABC, 29 de abril de 2008)
Tanto se ha personalizado el debate internacional en la figura de Bush que hemos caído en el error de creer que la diplomacia norteamericana es cuestión de presidentes.
Decía Lord Palmerston, en 1848, que el Reino Unido no tenía ni amigos ni enemigos permanentes, sólo intereses.
Hoy, en una sociedad democratizada y vigorosa como la norteamericana, esto ha quedado matizado por el papel protagonista de la opinión pública, que exige valores que den coherencia a su acción exterior.
Como toda gran potencia, Estados Unidos busca que haya continuidad en sus estrategias y aquí juega un papel fundamental el Senado. Una de las misiones de los jefes de filas en cada comisión es lograr consensos, que se manifiestan como iniciativas legales conjuntas o con artículos de prensa firmados por los dos portavoces.
Los senadores Lugar y Biden, republicano y demócrata de más alto nivel en la Comisión de Asuntos Exteriores, han publicado un artículo en el diario «The Washington Times» sobre el ingreso de Georgia en la OTAN. Su lectura deja bien a las claras que las tensiones entre Estados Unidos y las naciones europeas van a continuar en los próximos años con una sola novedad: ya no podremos culpar a Bush.
Para Estados Unidos es inaceptable el chantaje ruso al ingreso en la Alianza de Ucrania y Georgia. Si quieren entrar en la Alianza y reúnen las condiciones exigidas deben ser aceptadas.
Si Moscú amenaza hay que contestar con firmeza. Por el contrario, los europeos no están tan seguros de querer defender las fronteras orientales de estas naciones, temen a Rusia, saben hasta qué punto dependen de su energía y son conscientes de su capacidad para poner los Balcanes patas arriba o desestabilizar Georgia, Ucrania...
La crisis trasatlántica volverá a ser más nítida tras Bush. Entonces veremos que el problema no era Irak o la «guerra preventiva», sino nuestra disposición a ceder al chantaje venga de donde venga, de Moscú, del Indokush o de unos delincuentes somalíes.