Grupo de Estudios Estratégicos RSS
Portada > Pensamiento Político > La globalización como reto político





Buscar artículos publicados por el GEES
Buscar BuscarEspanol - Ingles
La globalización como reto político
Análisis nº 278   |  24 de Abril de 2008
 

(Seminario Permanente de Derechos Humanos Antonio Marzal. XIV Sesión: curso 2007-2008. Globalización y Derechos Humanos. ESADE. Barcelona, 7 de abril de 2008)

Cada época acuña sus propios términos o expresiones para designar aquello que le caracteriza. En el tiempo en que vivimos, que percibimos como inicio de un nuevo período tras décadas de Guerra Fría, hay dos que están permanentemente en nuestras bocas y en los medios de comunicación: lucha de civilizaciones y globalización. Dos conceptos que, en realidad, hacen referencia a un mismo hecho, aunque visto desde ángulos distintos.
 
La globalización no es algo nuevo. La Roma clásica tuvo una clara vocación globalizadora. Integraba territorios y se interesaba por las diferentes culturas… pero su mundo de referencia no englobaba todo el planeta. Hoy la globalización ya es planetaria, tras un proceso que resulta claramente evidente desde el siglo XV. Como si de un canto rodado se tratara, la globalización ha ido cogiendo velocidad con el paso del tiempo, hasta el punto de producirnos, en la actualidad, un cierto vértigo. El colonialismo, las dos guerras mundiales, la intensa actividad comercial y el aumento y cruce de inversiones que hemos presenciado desde entonces ha ido trabando un conjunto de vínculos que han acabado trasformando radicalmente el mundo.
 
De la misma forma que los hombres del tiempo distinguen entre temperatura y “sensación térmica”, nosotros podríamos diferenciar cambio real de percepción del cambio o, más apropiadamente, de percepción de aspectos del cambio. Durante la última década del siglo XX, en especial durante los años de la Administración Clinton, entusiasta del comercio internacional, la sociedad percibió más claramente hasta qué punto vivía ya en una sociedad globalizada ¿A qué se debió este súbito descubrimiento? En muchas ocasiones se ha utilizado la imagen del “congelador” para hacer referencia al efecto que la Guerra Fría tuvo sobre muchos problemas de la sociedad internacional. Bajo la amenaza de un holocausto nuclear se guardaron conscientemente en el frigorífico del tiempo reivindicaciones, humillaciones, demandas y frustraciones. No era el momento apropiado. Los estados habían quedado organizados por su posición en el conflicto entre democracia y comunismo y cualquier disputa por un tema menor podía derivar en un choque entre los dos grandes bloques. El derribo del Muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética dieron paso a la apertura del congelador y al deshielo de aquellos viejos litigios. El rápido surgimiento de estas cuestiones nos ha producido cierta sensación de vértigo, pero en realidad estaban allí, entre el hielo, esperando su momento.
 
Dentro del proceso general de globalización, en las últimas décadas hemos asistido a un espectacular avance en la comunicación. Personas, mercancías, imágenes, ideas cruzan el planeta en una u otra dirección integrando a pueblos distintos y lejanos y dando sentido a la vieja idea de la “aldea global”. En el interior de Egipto pueden ver la serie norteamericana O.C. y, supongo que con cierta sensación de irrealidad, pueden seguir los avatares de una familia de clase alta norteamericana afincada en Orange County.
Conviene hacer un esfuerzo de imaginación para tratar de comprender el efecto que esas imágenes, textos, ideas y valores pueden provocar en otra familia que apenas puede sobrevivir y que se ha desarrollado en un entorno cultural radicalmente distinto. Al mismo tiempo que las imágenes, personas y empresas se han trasladado a otros países y continentes, conociendo e interactuando en entornos muy distintos al suyo. Esto no es nuevo, pero sí lo es el número. Ya no son minorías, sino masas. Cuando yo estaba finalizando mi bachillerato, allá por 1973, el Colegio organizó un viaje de fin de curso por Francia, Alemania y Suiza. Para muchos de mis compañeros era la primera vez que salían de España. En la generación de mi padre, muchos españoles tardaron décadas en ver el mar, y hasta los años 70 viajar por España era una actividad limitada. Mi hijo tiene catorce años, ha pasado largas temporadas en países europeos y en Estados Unidos, habla tres lenguas y no puede entender la sensación de aventura que hasta hace nada nos producía el hecho de salir de España. Él no es un caso excepcional en su clase, es sencillamente un adolescente de la primera década del siglo XXI. Ese conocimiento directo, aunque superficial, de nuestro entorno también nos influye y condiciona en uno u otro sentido. No somos los mismos ni pensamos lo mismo. Todos sufrimos un doble proceso de convergencia o de rechazo. En el mundo de la empresa es muy evidente el primero. Pero hay otros casos. Mohamed Atta, el joven egipcio de clase media alta que tuvo el privilegio de poder estudiar ingeniería en Alemania, conoció Europa, rechazó sus valores y optó por dirigir los atentados del 11-S en Nueva York.
 
El mundo ha encogido. Hasta hace poco tiempo las viejas civilizaciones desarrollaban su vida a gran distancia unas de otras. Viajar no sólo era una aventura, requería tiempo, porque había que cubrir grandes distancias. Sólo entonces se podía dar testimonio de un hecho obvio: la civilización humana era diversa y se expresaba en un gran número de culturas. Esa obviedad con la que yo crecí ya no lo es tanto para mi hijo. Las grandes culturas han incorporado muchos elementos de las restantes como resultado de la comunicación y se encuentran en un proceso de convergencia. Allá donde vaya encontrará en la esquina un McDonald y la posibilidad de comprar una amplia gama de refrescos conocidos en todos los continentes. La distancia ha dejado de ser una referencia y un problema. Mi hijo no se sorprende de que en las calles de Chicago, bajo un calor húmedo infernal, haya puestos rebosantes de botellas frías de agua de Evian.  Un agua reparadora que uno ingiere ante la descomunal masa acuosa de los grandes lagos. Para él es algo tan normal como que en un restaurante en Granada sirvan agua mineral del Pirineo.
 
Si del ámbito comercial pasamos al humano, una imagen que nos podría ayudar a entender lo que nos está ocurriendo es la del patio de vecindad. Hemos pasado de vivir en una casa de pocos pisos y vecinos a hacerlo en otra mucho más grande y numerosa, pero en torno al mismo patio. Somos la misma comunidad de vecinos, pero el número de miembros ha crecido y mucho. Tenemos intereses y problemas en común y debemos desarrollar mecanismos para protegerlos y resolverlos respectivamente, pero nuestras perspectivas son distintas. Los dos pilares para asegurar la convivencia serán la educación y el respeto a las normas.
 
Durante las elecciones primarias norteamericanas hemos podido observar cómo en ambas formaciones había un respetable número de votantes que demandaba una política más aislacionista. El tema no es nuevo y tiene su origen en el momento fundacional de ese gran estado. Dejando a un lado si es una buena opción lo relevante es que creen que es posible. Pero no es así.
 
·        Las grandes naciones, occidentales u orientales, tienen intereses tan importantes por todo el planeta que lo que ocurra en cualquier punto les afecta, en menor o mayor medida. Sus empresas trabajan en todos los continentes y sus beneficios están en la base de la paz social y del bienestar de sus sociedades. Adam Smith nos lo explicó hace algún tiempo: el comercio es la base de la riqueza. Hemos crecido porque hemos estado comerciando unos con otros y nuestro bienestar futuro depende de ello. Para que nuestras empresas puedan desarrollar sus actividades sus derechos deben ser respetados, así como la vida de sus trabajadores.
 
·        Pero no es sólo cuestión de intereses mercantiles. La desestabilización de un país puede provocar movimientos migratorios que, a su vez, generen problemas a otros estados. Imaginemos la presión migratoria que México podría provocar sobre la frontera de Río Grande si su economía se viniera abajo por culpa de una grave crisis política, un escenario, por cierto, altamente probable. Estados Unidos no puede quedarse de brazos cruzados ante la desestabilización de México.
 
·        Las amenazas militares, más aún si se convierten en realidad, provocan efectos que se hacen sentir sobre personas, sectores y estados muy lejanos. Para evitarlo se hace necesario adelantarse, tomar medidas que lo eviten. Los programas nuclear y de misiles iraníes han llevado a que la Alianza Atlántica apruebe la expansión de la Defensa contra Misiles Balísticos a Europa, porque teme un conflicto nuclear de consecuencias terribles.
 
·        La falta de desarrollo de determinados estados impide la generación de puestos de trabajo para las nuevas generaciones, lo que las aboca a la emigración. Estados como Marruecos, Argelia o Egipto están en manos de elites tan corruptas como incompetentes, lo que lleva a una creciente presión demográfica sobre estados ribereños que, aún necesitados de mano de obra inmigrante, ni pueden asumir toda esa carga ni afrontar los problemas de integración que plantean ¿Vamos a limitarnos a esperar que lleguen?
 
·        El escándalo social que produce la corrupción de muchos gobiernos sumada a la incompetencia que suele acompañarlo viene produciendo en muchos estados musulmanes un clima social que facilita el auge del radicalismo. Si a esta combinación añadimos la sensación muy generalizada de fracaso colectivo por el atraso de las sociedades musulmanas en comparación con buena parte de las restantes culturas tenemos la explicación de porqué ahora y no hace veinte años los islamistas están ganando importantes posiciones políticas. Sus objetivos manifiestos implican la desestabilización de regímenes, el rechazo a la presencia de inversiones exteriores por encima de un cierto nivel y sin un agobiante control estatal y, sobre todo, acciones violentas contra propios y extraños ¿Vamos a limitarnos a tratar de arrestar a los islamistas?
 
Todo está relacionado. No es posible dar la espalda al mundo, por muy loco que esté. El aislacionismo ni es una opción para Estados Unidos ni lo es para Europa. No podemos volver al antiguo patio de vecindad donde todos nos conocíamos y, más o menos, todos pensábamos lo mismo. Ahora somos más, somos más distintos y, esto es lo peor, ni las viejas normas de urbanidad ni el antiguo reglamento de la Comunidad de Vecinos están vigentes.
 
En Europa hemos pasado en menos de un siglo de mantener una posición eurocéntrica de desprecio al resto de las culturas, consideradas como inferiores -aunque en algunos casos respetables por sus logros culturales o sus aportaciones a la civilización humana- a ser autocríticos hasta el desprecio y la renuncia de lo propio y ridículamente complacientes con lo ajeno. Se ha impuesto un pensamiento políticamente correcto por el que toda cultura merece el mismo respeto que las demás. Más aún, como reacción ante la autoflagelación que los europeos han practicado para superar su recién adquirida mala conciencia por su pasado colonial, se ha llegado a renunciar a realizar críticas sobre hechos concretos de otras culturas que atentan contra nuestros valores más evidentes. Así vemos que las asociaciones feministas festejan a dirigentes árabes o que líderes del movimiento gay-lésbico defienden a gobiernos donde se aplica la pena de muerte a todo aquel que se salga de la ortodoxia heterosexual.
 
Una de las características de nuestro tiempo, uno de esos términos llamados a describir este período de la historia europea, es el relativismo. Hemos perdido nuestra seguridad secular en creer. Nosotros desarrollamos la ciencia y el pensamiento porque sabíamos que con método se puede llegar a conocer. Lo que fue nuestra seña de identidad ha dejado de serlo. Nos hemos apuntado al “pensamiento débil” y hemos arrinconado la razón en beneficio del sentimiento. Ya no sabemos lo que está bien y lo que está mal porque el bien y el mal ya no existen entre nosotros. “Todos tenemos algo de razón” se nos dice ahora, lo fundamental es dialogar y llegar a acuerdos. Pero cuando la otra parte sabe lo que quiere y uno sólo trata de resolver la situación ya sabemos de qué lado se va a inclinar la balanza.
 
Hace unas semanas, volando de vuelta a Madrid, leía en la revista mensual de la compañía Air France una entrevista a Carlos Ghosn, presidente de Renault, y él mismo un ejemplo de globalización y cosmopolitismo. Hijo de padres libaneses, nació en Brasil, estudió ingeniería en París, se dio a conocer como revolucionario Presidente de una compañía japonesa de automóviles –Nissan- para llegar finalmente a la cúspide de la marca francesa. A la pregunta de qué tienen en común las empresas de éxito en un mercado global respondía con claridad: saber quiénes son y adónde van. Sin lugar a dudas la mejor receta para sobrevivir en la sociedad internacional es tener una identidad clara fundada en valores históricos. Las primeras bajas serán aquellos que, para adaptarse a los nuevos retos, renuncien a sus valores pensando que así todo será más fácil. No hay contradicción entre convergencia e identidad. Se converge desde identidades no desde la nada.
 
Esta flojera moral europea contrasta con sus logros. Cuando el Viejo Continente relativiza que la democracia sea la mejor forma de gobierno, en el resto del mundo, con muy contadas excepciones, reivindican que sus gobiernos sean democráticos. Tras el final de la Guerra Fría ha quedado patente, hasta para sus enemigos más encarnizados, los comunistas, que ningún régimen tiene tanta legitimidad como la democracia.
 
Esta falta de capacidad crítica se expresa en nuestra acción pública. Es evidente que muchos países necesitan ayuda para engancharse al tren de la modernización. Tanto por razones morales como de propio interés, necesitamos ayudarles a recorrer este camino. Los europeos destinamos una cantidad importante del dinero que pagamos en impuestos a estos fines, pero no siempre con resultados positivos. Hasta hace poco tiempo dábamos dinero sin apenas control, lo que suponía que con nuestra buena fe, cuando la había, agravábamos el problema de la corrupción y sus citadas consecuencias sociales. Ahora, tras innumerables denuncias de mal uso de nuestros fondos, somos algo más rigurosos, pero seguimos sin vincular ayuda a cambios políticos, económicos y sociales. Cuando tratamos de hacerlo se nos acusa de injerencia en asuntos internos de esos estados. No hay tal injerencia, porque la aceptación de la ayuda es un acto voluntario. Lo que no podemos olvidar es que la evolución de esos “asuntos internos” nos acabará afectando. Que nuestra seguridad y nuestra prosperidad dependen también de la evolución de nuestro entorno y que si no hacemos nada para evitarlo esos regímenes irán aumentando la bola de resentimiento y frustración con consecuencias muy graves para todos.


 

 


© 2003-2008 GEES - Grupo de Estudios Estratégicos
Aviso legal | Mapa Web | Lista de correo | Contactar