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Primarias EEUU. Semifinales en Pennsilvania
Apuntes nº 66   |  20 de Abril de 2008
 
El voto de hoy, martes 22 en Pennsilvania constituye para los demócratas lo que en principio se presenta como semifinales pero que sin embargo podría tener un carácter concluyente, sepultando sin remisión las aspiraciones de la senadora Clinton.
 
Sin contacto con las urnas desde el martes 11 de marzo, en el transcurso de estas seis semanas ha habido, por primera vez, momentos en que remitió algo la elevada atención que medios y público han venido prestando al proceso político desde el comienzo mismo del año. De manera un tanto esquemática podemos decir que en la primera semana estalló la bomba de las declaraciones rabiosamente antipatrióticas del padre espiritual del candidato de color. La semana siguiente contraatacó éste en forma de discurso sobre las relaciones raciales en Estados Unidos, muy celebrado por correligionarios y visto por sus rivales como un habilidoso escamoteo, agujereado de trampas. El primer balance resultó negativo. Perdió puntos en las encuestas frente a Clinton y más todavía contra el republicano McCain, decisiva cuestión, puesto que lo que está en juego entre demócratas es quién posee mayor dosis de elegibilidad como presidente.
 
El daño sufrido por Obama fue temporal. Una semana más, la tercera, y ya se había recuperado. En esos días y en los siete siguientes contemplamos una suerte de introspección demócrata no exenta de desgarro. Con Obama de nuevo a flote, el lastre de Hillary parecía aumentar en peso de día en día. Cada uno va consiguiendo con cuentagotas adhesiones de superdelegados, los que verdaderamente decidirán, pero la presunción de ganador aumenta de décima en décima la ventaja del político de Illinois. La cuestión del voto de Florida y Michigan, privados de sus representantes en la convención nacional del partido por su indisciplina en la fecha de las primarias, se fue apagando en detrimento de las tenues esperanzas de Hillary.
 
Bajo la presión del partido, no se atrevió a llevar el asunto a los tribunales. Se trata de una presión totalmente informal, el partido carece por completo de estructuras para imponerse sobre los candidatos. Pero no por eso es menos perceptible. Si Obama lleva las de ganar, la obstinada persistencia de la Clinton la convierte en la incordiante aguafiestas que todo lo podría echar a peder. Esta dinámica domina el enfrentamiento entre ambos. De una u otra manera cada uno actúa con un brazo atado a la espalda. Ella ha de cuidar ese gravoso handicap psicológico que la indispone con muchos compañeros de ideario y formación. Él debe contenerse porque su campaña rezuma retórica de unidad, nuevos estilos de ocuparse de la cosa pública que pongan fin al impresentable politiqueo. Vende talante, en suma. No puede sacar el alfanje y empezar a repartir mandobles. Tampoco puede envainar y delegarle la tarea a ningún Pepiño Blanco. Los equipos de campaña están estrechamente marcados y a un lado y otro ya han rodado varias cabezas por proferir la palabrita inadecuada ante oídos indiscretos. En una lucha tan enconada todo cuenta, nada se perdona. 
 
Entre las noticias que han llenado este interludio electoral están las de las encuestas que nos anuncian que un mínimo de un 20% en cada lado de la divisoria demócrata no votaría al contrario si obtiene el nombramiento. Nadie se lo toma al pié de la letra, pero no son cosas como para aplacar las inquietudes a flor de piel. Eso dicen ahora los encuestados pero es de esperar que a la hora de la verdad la perspectiva de cargar con un nuevo presidente republicano movilice a regañadientes a muchos resentidos de las primarias. Pero está por ver. Cuanto más hondas las heridas, más difícil la curación.
 
En consonancia con las preocupaciones en torno a la unidad demócrata, otra pequeña industria política y mediática ha sido la de las ideas para acelerar el cierre del combate interno y empezar cuanto antes a aprestarse para la pelea definitiva. A cual más utópica. Hillary no va a tirar la toalla aunque se lo pidan de rodillas mientras le quede un 0.1% de posibilidades. Si éstas llegan al 5 o no pasan del 2% ha dado pábulo a numerosas especulaciones aritméticas que alegran la literatura del género en tiempos de sequía de noticias sólidas al respecto. Entre las ideas manejadas para empezar cuanto antes a coser las heridas está la de celebrar una votación de los superdelegados tan pronto como termine la última primaria, el 3 de junio, predeterminando el trabajo de la convención nacional de finales de agosto, ganando así casi tres meses para la campaña que conduce a la Casa Blanca. Pero eso no está en las reglas y no hay poder que las cambie. No sería imposible si los candidatos lo acordaran, pero si Hillary alcanza hasta ese punto, aunque sea con respiración asistida, dirá que no.
 
Frente al cúmulo de preocupadas presiones, el campo de la ex-primera dama replica que no ve nada malo en la prolongación de la disputa, bien al contrario, está produciendo una movilización sin precedentes de miembros y simpatizantes del partido, que no puede más que favorecer a quien finalmente se alce con la candidatura definitiva. La movilización es espectacular y los sondeos dicen que las bases quieren llegar hasta el final, de manera que ahí Hillary tiene un fuerte asidero argumental al que agarrarse. Y no falta, claro está, la ritual invocación democrática: no se puede privar de su derecho a elegir a los votantes de los estados donde aún no se han celebrado las correspondientes primarias.
 
Resulta francamente llamativo que el tema de la movilización demócrata no sea la estrella de todos los análisis que a diario inundan la prensa. Si lo que ahora está sucediendo es transferible a las presidenciales de verdad, los republicanos están muertos, aún con la hipotética inhibición del 20% o más del séquito electoral del aspirante perdedor, por mucho que hasta ahora McCain lo esté haciendo bien frente a ambos, algo por delante de Clinton y muy poco por detrás de Obama. Omisión curiosa, sólo explicable por la intensidad del proceso interno del partido demócrata. Tiempo habrá de que el trascendental tema preterido salte al primer plano.
 
La parte final de este tenso compás de espera en estas animadas primarias se ha visto sacudida por un nuevo traspiés en la campaña de Obama, unos días antes de la celebración de un gran debate televisado entre los dos campeones, el único en este mes y medio y posiblemente el último. En una reunión a puerta cerrada en California, en la mansión de un supermillonario, para recaudar fondos, Obama dio cuenta del rechazo que él sufre en las pequeñas villas de trabajadores blancos diciendo: “No es sorprendente que estén amargados, se aferran a las armas o a la religión o a la antipatía por gente que no son como ellos o al sentimiento anti-emigrante o contra el libre comercio, como una forma de justificar sus frustraciones”.
 
Muy chic para un auditorio de señoritos californianos izquierdistas y snobs, considerados en América como el colmo en señoritismo, izquierdismo y esnobismo, pero una metedura de pata monumental porque las palabras fueron grabadas de modo que ningún viento se las pudiera llevar. El candidato puede dolerse, quizás con razón, de que se le juzgue por unas palabritas improvisadas dichas casi en privado, pero así están las cosas. Si delatan sus ideas más íntimas y su personalidad más profunda puede ser discutido, pero de entrada, a primera vista, ofrecen un mayúsculo flanco a la acusación de elitismo, e implican, respecto al sector analizado, una actitud de desdén por su religiosidad y su apego a la caza y las armas, cuestión ésta candentemente polémica en los Estados Unidos, pero que, para sorpresa de muchos europeos, representa nada menos que un derecho constitucional en América. Por muchos Diegos que ahora diga donde dijo digo, la cosa es ya irreversible y con ella y con algunas de sus comprometedoras viejas amistades de extremo radicalismo le acosó Hillary en el áspero debate del miércoles 16 en Filadelfia, en el que consiguió ponerlo a la defensiva y hacerle manifiestamente morderse la lengua para no estallar.
 
Ello refleja que en la tensión entre la necesidad de atacar y la contención que el partido le está de muchos modos exigiendo, la campaña de Clinton parece haber concluido que ya no le queda casi nada por perder y que la única posibilidad está en abrir cuantas fisuras pueda en el blindaje de su rival. Es muy difícil que le llegue causar ninguna herida seria y es seguro que indigna a muchos en el partido porque le abre grietas por donde entrarán los ataques del verdadero enemigo en la batalla por la presidencia, pero ese mismo hecho puede convertirse en agua para el molino clintoniano. Si sus ataques aumentan la vulnerabilidad de Obama frente al republicano, su elegibilidad disminuye. Y por muchas que sean las consideraciones que guíen la decisión de los superdelegados, la elegibilidad es la número uno. Ante todo, ganar la Casa Blanca. El resultado es una espléndida paradoja. Muchos prebostes del partido pueden odiar a la Clinton por debilitar al candidato con más posibilidades de ganar. Pero si lo debilita lo suficiente como para comprometer seriamente sus posibilidades, la única alternativa es ella. No olvidemos que por muchas promesas que hayan hecho, los super-delegados conservan su libertad de voto. Bien pocos serán suicidas. Pero a su vez, votar en contra de la ventaja con la que Obama llegará a la convención originaría tal escándalo que…quién sabe. Tan difícil se lo pone la señora a los jerarcas demócratas y tan difícil lo tiene ella misma que cabe seriamente preguntarse si no estará jugando a perder, no el nombramiento para si, sino la presidencia para el partido, con vistas a poder optar en el 2012.
 
Ante tal panorama, muchos estarán rezando para que Pennsilvania la tumbe. Lo que dicen las encuestas es que obtendrá una victoria, pero no tan rotunda como se esperaba después de la última ronda de primarias. Obama ha ido acortando distancias en las tres últimas semanas. Una victoria, por tanto, que no dejará de incrementar un poco más su lastre y aumentará las presiones para que se retire, pero que en realidad le permitirá prolongar su agonía hasta la próxima cita con los votantes, en su angustioso reptar hacia la convención. Estas son las previsiones. Pronto hablaremos de resultados.


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