A nuestra política no le atraen los pensadores. Se admira y aplaude la llegada de un exitoso empresario, cuando no se dedica apenas atención a que intelectuales de unánime reconocimiento colaboren activamente en la fundación de un partido político. ¿Qué es un Savater o un Vargas Llosa al lado de un Pizarro? Por esta despreocupación, apenas contamos, sobre todo si se compara con lo que ocurre en países de un cierto nivel cultural, con obras dedicadas a examinar el pensamiento político, la teoría más primaria y directamente práctica, que alimenta a nuestros políticos. Tampoco, en este punto no hay diferencia con los principales regímenes políticos actuales, a excepción del Vaticano, último lugar donde el rey-filósofo sigue imperando, dirigen nuestros partidos intelectuales de renombre y prestigio, aunque numerosa sea la nómina de pensadores que se definen de ‘izquierdas’ y orgullosamente defienden cualquier acción del PSOE por enrevesada, incoherente o directamente contradictoria con el ideario más o menos clásico de la izquierda occidental.
Ciertamente las pocas excepciones a esta antiintelectual sociología política vienen por la margen izquierda de la política. Tanto la en peligro de extinción IU como el PSOE han mostrado algún interés por estar a la moda intelectual y por extraer a alguno de sus mandos de la academia. El partido socialista, por ejemplo, cuenta en su primera fila de mando con algunos catedráticos, una de historia (Mercedes Cabrera) y varios de derecho, sobre todo en la especialidad de constitucional (Diego López Garrido o López Aguilar quizá sean los más renombrados).
Aunque sin llegar al rango de doctor, Zapatero parece haber profesado en la misma área jurídica. Por esta ambición intelectual del presidente, se puede explicar el carácter marcadamente ideológico de este segundo socialismo gobernante, mucho más comprometido ideológicamente que la pragmática y exitosa electoralmente primera época. Desde el inicio de su gobierno, Zapatero se declaró admirador del esotérico profesor de la universidad de Princeton, Philip Pettit, cuya fama hasta entonces se circunscribía al ámbito académico, y anunció que sus políticas iban a guiarse por los principios del “republicanismo” definido por este irlandés de renegado pasado clerical. Esta información no proviene de una suerte de paparazzo académico sino que el propio Pettit nos cuenta sus traumáticas experiencias en el seminario justo al comienzo de su principal obra Republicanismo. Una teoría del poder (traducido por Toni Doménech, Paidós, Barcelona, 2004). Tras confirmar su adhesión a los postulados de Pettit, Zapatero le pedía a este filósofo que comprobara si los principios del republicanismo, que no tienen directamente con ver con la formación de una república en el sentido histórico del término, se habían aplicado en la España que los españoles le habían encargado gobernar. Es decir, Zapatero le pedía a Pettit que enjuiciara su primera legislatura. En esta obra, Examen a Zapatero (traducido por José Luis Martí, Temas de Hoy, Madrid 2008), Pettit nos informa de sus experiencias españolas para acabar calificando el ‘republicanismo’ de Zapatero.
Si una de las acciones más difíciles para el intelectual consiste en ofrecer un análisis preciso, imparcial y profundo de una realidad y un presente que conoce bien, como los de su propio país (la cantidad de tonterías que habitualmente respetables y sabios escritores dicen sobre su propio país es notable); esta labor parece del todo imposible cuando quien se lo propone carece de una buena formación acerca del país sobre el que ha de opinar. Por esta desinformación, la obra de Pettit pierde atractivo y sentido. Tan pobre resulta su conocimiento de España que no podemos saber si sus descabellados análisis se deben a un pensamiento político descabellado (este republicanismo cívico) o, simplemente, al déficit de conocimiento teórico necesario para establecer juicios.
En primer lugar, Pettit desconoce absolutamente el proceso constitucional español y, con fantasía, considera que en España las autonomías crearon el Estado. En la historia ficción que se ha inventado, defiende que las Comunidades Autónomas existían antes de España y su reunión crea este nuevo Estado: ‘España es un país verdaderamente atípico al tener una Constitución que permite que un conjunto de comunidades autónomas que se constituyeron a sí mismas se relacionen con el centro del Estado en formas diversas que posibiliten grados también distintos de autonomía’ (p. 73). Pettit ni siquiera ha echado un vistazo a nuestra Constitución. Es plausible que lo irreal, lo imaginario, lo ficticio le sorprenda por atípico.
También es notable su desconocimiento de la historia reciente del país, cuando defiende que el PSOE hizo una oposición tranquila (p. 61). Seguramente no está al tanto ni de las agitadas manifestaciones contra el gobierno de Aznar y los asedios a las sedes del PP y los ataques a los militantes durante el primer año de guerra en Irak. A los ojos de Pettit estas reivindicaciones podrían resultar justas; si las conociera, confiamos en su inteligencia, no las consideraría ‘tranquilas’. Esta desinformación de Pettit proviene no sólo de una escasa documentación sobre el país sino de una documentación completamente sesgada.
Existen al menos tres puntos donde los juicios de Pettit denotan esta mirada desinformada y parcial: la negociación con ETA, la cuestión de las autonomías, la relación entre la Iglesia y el Estado. En este examen republicano, el filósofo irlandés aprueba la negociación que el gobierno de Zapatero (2004-2008) estbleció con la banda terrorista ETA. Su argumento más repetido se centra en el principio de Realpolitik de que hay que romper huevos para hacer una tortilla o de que nada se consigue sin ensuciarse. Debido a su experiencia como irlandés, asegura que ‘concierne al más puro sentido común’ negociar aun antes de que los terroristas hayan renunciado al terrorismo (p. 45). El Estado debe preocuparse por sus ciudadanos y cenar con el demonio del terrorismo para evitar al pueblo los males que le puede causar si el maléfico se encuentra con ellos (p. 77). Pettit respalda la negociación no sólo por este principio de mancharse las manos sino porque el propio Aznar, y por eso ‘la condena del PP resulta falsa’ (p. 45), negoció con los terroristas. Resulta más que dudoso que las negociaciones de Aznar con ETA se desarrollasen en los mismos términos que la de Zapatero. Además, en ningún momento, Pettit se eleva a argumentar como un filósofo, comprometido con la verdad y no con el partido, y sugerir que quizá, si Aznar, González, Calvo-Sotelo y Suárez habían fracasado en sus cenas, no convenía volver a invitar al diablo. Vencidas las elecciones de 2008 y con el cambio de estrategia antiterrorista del PSOE, no cabe duda de que Pettit suena más papista que el papa. Incluso, más tras el asesinato de Isaías Carrasco, en el actual el gobierno se mantiene hoy una actitud mucho más cauta hacia la negociación con los terroristas.
Se puede volver a suspender a Pettit por otro juicio: el que incumbe a las autonomías. Quizá este sea el punto de la obra donde los análisis resultan especialmente desinformados y sinsentido. Pettit, y en esto se le puede dar la razón, considera que, tal como están las cosas, el país se deshipanizará, pero que esto no tiene nada de grave (p. 71). Sin embargo, esta deshispanización no se podrá comparar a lo ocurrido en los Balcanes (p. 59 y 71), sino que España atravesará un proceso de suicificación. (p. 71) Ciertamente, el modelo es atractivo, cualquiera prefiere Suiza a la interminable guerra de los Balcanes, sin embargo, el argumento resulta completamente inválido desde un punto de vista histórico. La diferenciación histórica y regional de Suiza no tiene nada que ver con la de España, que a su vez difiere notablemente de la balcánica. Pettit, como buen político, no hace sino enfrentar una tontería (balcanización) con otra (suicificación). El profesor dice que no pasa nada si los niños no se educan en castellano cuando van a Cataluña; eso, para él, es un ‘hecho de la vida simplemente inevitable’, si la comunidad autónoma tiene esa competencia ya se sabe lo que va a pasar (p. 73). Debido a la falta de rigor lógico, se puede dudar de que la manera como una comunidad autónoma decide la organización pública sea un hecho de la vida. Sin duda, no nos encontramos ante un hecho inevitable, sino sólo ante una acción responsable y modificable. Además, Pettit se olvida, aunque ya sabemos que no la ha leído, de lo que proscribe la hasta hoy irreformada ley fundamental del país que gobierna su pupilo Zapatero. Para terminar su riguroso análisis sobre las autonomías, añade que el partido que ha ampliado los estatutos de Valencia y Andalucía es de un ‘centralismo agresivo’ (p. 59). Se ha creído la propaganda y no entiende que al PP no lo caracteriza un ‘centralismo agresivo’ sino simplemente un mucho más dócil ‘autonomismo incoherente’.
El último punto en el que Pettit muestra la debilidad de sus argumentos estriba en la relación entre Iglesia y Estado. Parte por considerar injusto el concordato del 79 (p. 48). También le merece una crítica que hasta el año pasado el Estado pagara el déficit de la Iglesia, cuando en los acuerdos se preveía que la Iglesia se autofinanciara. Dice que si no se han retirado esos subsidios, se debe a que el gobierno tenía medio de que la Iglesia le enfrentara a sus fieles (p. 49). Esta afirmación parece dudosa, porque los subsidios no se han retirado incluso, cuando la Iglesia, para bien o para mal, ha dirigido a los creyentes contra las políticas del gobierno de Zapatero Tampoco entiende porque la mayoría de la población deberá mantener una institución religiosa (p. 49). Por supuesto, no recuerda cómo nuestra Constitución, dentro del marco sagrado de la libertad religiosa, reconoce la especial colaboración que se mantendrá con esta institución. En ningún caso, menciona la labor, que mucha gente acepta independientemente de su falta de fe, que la Iglesia realiza entre los más desfavorecidos. Podría echar un vistazo al diálogo sobre la República de Viroli y Bobbio.
Este libro poco aportará a quienes, desde la izquierda o la derecha, quieran conocer mejor la figura intelectual de Zapatero. Pettit en esta obra sólo se retrata a sí mismo y el irrefrenable deseo del intelectual moderno de estar a buenas con el poder político, incluso cuando uno dispone de un cómodo y seguro refugio en Princeton. La obra resulta pobre no sólo por el incierto republicanismo al que Pettit afirma adherirse y renovar (si Salutati, Bruni o Maquiavelo; si Cicerón o Aristóteles levantaran la cabeza, qué vergüenza sentirían con el test republicano de ‘mirar a los ojos’, p. 38, ¡que revele Pettit en qué obra republicana florentina ha encontrado semejante test!) sino por la falta de seriedad para enjuiciar un país extranjero. Los libros de Pettit de ciencia y filosofía política, aunque históricamente dudosos, son obras serias y documentadas. Pueden no convencer, pero muestran una visión cimentada y desiderativamente original de alguno de los principales problemas que se debaten en la filosofía política anglófona actual. Ninguna de estas virtudes acompañan este libro, desordenado, imprevisto, deseoso de aprovechar un tirón de ventas, del que jamás hubiera disfrutado si un extraviado y exitoso profesor de derecho constitucional no lo hubiera citado.
Pettit escribe sobre España con escaso conocimiento del país, juzga sus principales instituciones sin haber leído la Constitución. Se ha nutrido de escasas fuentes y se ha apresurado a aprobar el modelo republicano de Zapatero. Salvo por dos pegas relativamente imprecisas (la excesiva densidad carcelaria y la indebida influencia política sobre los jueces), no pone ninguna objeción republicana a un gobierno que le puede resultar simpático, pero que ha sido sumamente conflictivo en muchas cuestiones claves para el desarrollo político de cualquier ‘república’. Existe un vacío de obras escritas sobre el pensamiento de nuestros políticos. Lamentablemente este panfleto no constituye un buen cuadro para rellenarlo.