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Los problemas de la OTAN
En letra impresa nº 936   |  3 de Abril de 2008
 
(Publicado en Expansión, 3 de abril de 2008)
 
La OTAN llega a su cumbre de Bucarest con un grave problema, Afganistán. Es comúnmente aceptado que las tropas que tiene allí desplegadas son insuficientes para hacer frente a la creciente amenaza de los reconstituidos talibán más los terroristas de la jihad global. Más grave aún, que de los soldados aliados, sólo una parte esté dispuesta a enfrentarse al enemigo, combatirlo y acabar con él. A muchos, como al contingente español, sus respectivos gobiernos no le permiten nada más que aquello que sea pura reconstrucción de infraestructuras y, en el peor de los casos, acciones de autodefensa. Con todo, Afganistán no es la causa de los males que aquejan hoy a la Alianza Atlántica. Afganistán es en realidad una de sus muchas manifestaciones. Un síntoma más, no la enfermedad en sí.
 
En la OTAN hoy se solapan diversas fracturas de muy complicada solución y no importa lo sonriente que salgan en la foto sus máximos responsables políticos. Por un lado está la tradicional divergencia entre Norteamérica y los aliados europeos en lo que se refiere a la orientación estratégica y a lo que la Alianza debe acometer. Los Estados Unidos se mueven con una visión global, bajo la presión de la guerra contra el terrorismo y deseosos de ampliar rápidamente el marco de las democracias liberales, expandiendo la OTAN hacia el Este y más allá. Frente a unos europeos que tienen miedo de una OTAN global; en segundo lugar, están las divergencias entre los propios europeos, viejos y nuevos, y que un asunto como es el despliegue de interceptadotes de misiles balísticos ha puesto de manifiesto. Mientras que la antigua OTAN está preocupada con sus misiones de paz, sus miembros centroeuropeos siguen altamente concernidos con Rusia y buscan desesperadamente la ayuda de Washington para contrapesar a Moscú. Cómo lidiar con Rusia y qué relaciones tener con Estados Unidos siguen siendo temas altamente divisivos para los europeos; en tercer lugar está la relación entre los aliados y otros países que sin ser miembros sí contribuyen, y mucho, as las operaciones en curso o a la seguridad internacional. Es el caso de Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda e Israel. Cómo integrarles en el marco aliado no encuentra un acuerdo entre los miembros de la OTAN; por último, está la perpetua división entre quienes cuentan con las capacidades para actuar militarmente allí donde es necesario y lo que no, una mayoría muy preocupante.
 
El por qué de todo esto es lo que está en la base de la actual crisis de la Alianza Atlántica. Y no son males para los que haya una terapia ni clara ni eficaz. De momento ya no se niega la mayor, que la OTAN tiene serios problemas. Hay que aguardar a ver si la terapia homeopática que siempre favorecen las burocracias, es suficiente para resolver la situación. Si no, a la OTAN sólo le quedará lo que se ha negado todos estos años desde 1989, una terapia de choque.


 

 


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