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¿Por qué es un error retirarse de Iraq?
Colaboraciones nº 75   |  26 de Abril de 2004
 
La retirada española de Iraq es una decisión de gravedad extraordinaria. ¿Por qué? En estas líneas voy a tratar de argumentar por qué estimo equivocada esa decisión. Para ello, lo primero que conviene dejar claro es: ¿qué misión cumplen nuestras tropas en Iraq ahora?
 
Las tropas españolas, encuadradas en la coalición que lideran los USA cumplen, en primer lugar, una función asignada por las resoluciones 1483 y 1511 del Consejo de Seguridad, a saber, proveer a la seguridad del territorio. Nadie, mínimamente informado, puede negar que después del derrocamiento del régimen de Sadam, en Iraq surgió un grave problema de orden público. Por un lado, afloraron tensiones que habían sido reprimidas sangrientamente por el tirano derrocado: luchas entre árabes sunnitas y árabes chiitas, luchas entre kurdos indoeuropeos y árabes (sunnitas o chiitas), luchas entre indoeuropeos kurdos e indoeuropeos de la minoría turca. Todas estas tensiones, nadie lo puede negar, se han visto sensiblemente amortiguadas gracias a la presencia de las fuerzas de la coalición. La ausencia de estas tropas hubiera significado matanzas aún más espantosas que las vistas en los Balcanes. Junto a la misión de garantizar la seguridad en las relaciones interétnicas, las fuerzas de la coalición se vieron obligadas a proporcionar seguridad frente a los ataques terroristas de las fuerzas leales al partido Baaz (de ideología emparentada con el nazismo, por cierto). Estos ataques terroristas, conviene recordarlo, no sólo se dirigieron contra los soldados de la coalición: también se produjeron frente a civiles y personal de la ONU.
 
Sólo con esto, ya estaría justificada la presencia de las fuerzas de la coalición. De hecho, para cumplir este objetivo se han enviado soldados españoles a Bosnia sin que nadie haya reclamado su retirada. Pero las fuerzas armadas de la coalición tienen un segundo objetivo, no menos importante: las fuerzas armadas occidentales presentes en Iraq tienen la misión de establecer un régimen aceptablemente democrático y respetuoso de los derechos humanos básicos. Este objetivo, de hecho, estaba próximo a cumplirse. Amplios sectores de la opinión pública quizá desconozcan que sólo unos meses antes de los atentados del 11-M se había conseguido la aprobación de una “Constitución” provisional para Iraq que establecía el régimen más democrático y respetuoso con los derechos humanos de todo el Oriente Medio árabo-musulmán. Ni Jordania, ni Siria, ni Arabia Saudí, ni las monarquías del Golfo Pérsico, ni Irán, ni Afganistán, ni Pakistán tienen un régimen tan democrático y garante de los derechos humanos como el que, gracias a la presencia de las fuerzas de la coalición, se consiguió aprobar y se pretende poner en práctica. La existencia de un régimen democrático en el Oriente Medio pretende, nada más y nada menos, que ser el primer paso de la democratización del mundo árabo-musulmán, un mundo en el que las dictaduras y la negación de los derechos humanos son prácticas habituales que no hacen sino alimentar el extremismo islámico con sus, cada vez mayores, derivaciones terroristas.
 
Seguridad de los pueblos que componen Iraq y democratización del mundo árabo-musulmán que se añaden al cumplimiento de misiones humanitarias básicas. No parece que sean objetivos rechazables para cualquier persona que crea en la paz, la democracia y los derechos humanos como aspiraciones deseables no sólo para sí, sino también para los demás. Para conseguir la paz, la democracia y los derechos humanos fuerzas militares lideradas por USA se establecieron en Alemania y en Japón después de la segunda Guerra Mundial. Hoy en día, Alemania y Japón no son amenazas para la seguridad internacional y en su interior sus ciudadanos disfrutan de un régimen democrático en el que ven respetados sus derechos. La paz, la democracia y los derechos humanos en el mundo árabo-musulmán serán tanto más difíciles de conseguir cuanto menos tropas internacionales se hallen sobre el terreno ahora, en Iraq, para contribuir a su consecución y demostrar a los países vecinos que el Islam no es incompatible con la democracia. Hay otros que no creen en la paz, ni en la democracia, ni en los derechos humanos. Son quienes pretenden en el Oriente Medio expulsar a las fuerzas de la coalición: los seguidores del partido de Sadam Husseín y los simpatizantes del terrorismo islámico “yihadista” y su líder carismático, Bin Laden. ¿Queremos paz o yihad? ¿queremos democracia o dictadura? ¿queremos derechos humanos o atropellos? ¿Queremos que nuestras tropas estén en Iraq o se vuelvan? Que nadie se engañe: si los enemigos de la democracia y la paz triunfan en Iraq no se van a quedar con los brazos cruzados después. Y entonces algunos se lamentarán demasiado tarde.


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