Un día los colombianos sabremos cómo las Farc se las arreglan para instrumentalizar políticamente a sus ex rehenes. Pues el espectáculo es impresionante. Hay rehenes que han pasado seis o más años de suplicios, brutalidades y humillaciones y en menos de una semana, tras su liberación unilateral, hacen elogios y citan a la perfección el catecismo de sus verdugos. Y toman aviones, pagados no se sabe por quien, para ir a proponer la política de Manuel Marulanda
[1] a gobiernos extranjeros, como la mejor del mundo.
Hoy la pregunta no es si las Farc robotizan a algunos de sus ex rehenes sino hasta dónde podrán llegar en ese terreno. La pregunta no es si ellas chantajean a sus ex rehenes, sino cómo hacen para que el sometimiento espiritual de éstos aparezca como algo natural y aceptable. Otras preguntas: ¿dónde les hacen ese “trabajo” a sus víctimas? ¿En los mismos campos de concentración clandestinos? ¿En sus fincas y oficinas en Venezuela y Ecuador? ¿Puede hacer algo contra eso la sociedad colombiana?
Cuando Luis Eladio Pérez
[2], liberado el 27 de febrero de 2008, dice que las Farc son dignas de la confianza de los colombianos, pues ahora sí ellas están “pensando políticamente”, el asume una posición absurda. Cuando el pide a la comunidad internacional darle a las Farc un “status político” porque ellas, en su opinión, han hecho un “cambio de mentalidad”
[3], Luis Eladio Pérez asume un papel extravagante. Ningún hecho, ninguna serie de hechos, puede acreditar su tesis. ¿Por qué, entonces, la reacción de la opinión es tan tímida frente a esas elucubraciones contestables?
Hacerle decir las cosas más absurdas a sus víctimas es una de las armas más pérfidas y eficaces del comunismo. Los ejemplos en ese sentido son muchos y comenzaron desde los primeros años de la revolución rusa. ¿Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, íntimos colaboradores de Lenin, no terminaron confesando en 1936, antes de recibir una bala en la nuca, en la prisión de la Lubianka, que habían participado durante años “en actividades contrarrevolucionarias” contra el poder soviético? Kamenev gritó ante sus jueces: “Considero la sentencia justa, sea la que sea. Por eso, miraré hacia adelante y seguiré a Stalin”.
La técnica utilizada por la Nkvd, la policía del Kremlin, para arrancar “confesiones” y auto-inculpaciones de las víctimas de los falsos procesos de Moscú era una mezcla de engaños, violencias físicas y psicológicas contra los acusados, a lo que se agregaba una fuerte dosis de amenazas contra los familiares de éstos. Dos años después, cuando Nicolai Bujarin, el más joven dirigente bolchevique, fue purgado por “trotskismo”, el no cedió ante la tortura y ridiculizó al procurador que quería obligarlo a que dijera que él había intentado matar a Lenin. Sin embargo, antes de ser fusilado Bujarin terminó admitiendo la acusación cuando supo que su esposa y su bebé habían sido detenidos y separados por la policía
[4].
Esos métodos (violencia, engaños, amenazas) fueron utilizados miles de veces posteriormente por el comunismo y sus esbirros contra jefes stalinistas caídos en desgracia, contra los “enemigos del pueblo”, contra los “agentes del imperialismo” y contra los disidentes, hasta el derrumbe de la URSS en 1991.
Las Farc y sus aliados, sobre todo los cubanos, son los herederos de esa técnica macabra. Ellos tienen cuadros que se formaron en Europa del Este y que conocen perfectamente los mecanismos más sutiles de manipulación de la personalidad humana. El éxito que tienen ahora las Farc con algunos de los rehenes que están soltando debe abrirnos los ojos sobre eso. La escuela de la falsificación-manipulación continúa y se concentra en estos momentos sobre los rehenes y ex rehenes.
Cuando Luis Eladio Pérez asume el papel de vocero oficioso de las Farc, cuando pide un juicio contra el presidente Alvaro Uribe, cuando insulta a algunos de los rehenes que están aún en poder de éstas, para dividirlos y agravar los roces entre ellos, cuando siembra rumores contra Clara Rojas, la única ex rehén que se ha atrevido a decir que los secuestros que cometen las Farc es un crimen de lesa humanidad, cuando Pérez se retracta de lo dicho a la prensa extranjera y cuando sale en defensa de Piedad Córdoba, la principal agente de influencia del castro-chavismo en Colombia, ese ex rehén recién salido de un cautiverio infame, comienza a ser visto como un servidor de sus verdugos, como un ser cuya conducta no puede dejar a nadie indiferente.
Luis Eladio Perez cree quizás que con esa actitud de paladín autoproclamado del acuerdo humanitario él ayuda a los rehenes, que con sus gestiones en Caracas, París y Buenos Aires él logrará sacarlos de las garras de las Farc. Pérez está sin duda animado de buenas intenciones. El parece decirnos que lo que es bueno para las Farc es bueno para los rehenes. Sin embargo, esa postura no puede ser vista como una contribución constructiva.
La información que él maneja es muy precisa y sus alcances muy calculados. No es la información de un rehén que ha sobrevivido en la selva y que se ha informado como pudo, con retazos de información y de rumores, a través de un maltrecho radio transistor. ¿Quien le dictó las consignas que el vino a exponer en París con gran exactitud ante la prensa y ante el presidente Nicolas Sarkozy sobre la necesidad de reconocer a las Farc como “fuerza beligerante”?
Al mismo tiempo, Pérez parece incapaz de ver el meollo del problema: lo que buscan las Farc. Estas utilizan a los rehenes, sobre todo a Ingrid Betancourt, como una palanca contra Colombia, para que Europa saque a las Farc de la lista de organizaciones terroristas
[5], para que éstas puedan abrir oficinas en París con sus combatientes convertidos en refugiados políticos, para relanzar en mejores condiciones sus campañas terroristas contra Colombia, con el aval de Ongs, sindicatos y partidos europeos y extranjeros.
¿Quien y cómo logró persuadir a Luis Eladio Pérez de que las Farc “han cambiado” en el buen sentido? El dijo en Caracas, el 28 de febrero de 2008, haber “dormido en Ecuador”, sin dar más detalles. El parece haber estado en Ecuador al comienzo y al final de su cautiverio. ¿Sostuvo él conversaciones privadas con alguien en Caracas? ¿Por que Luis Eladio Pérez no es más preciso? El habla mucho de ciertas cosas y es muy discreto frente a otras.
Los rehenes han salido de cautiverio con ideas negativas. Les han hecho creer una enorme mentira: que su país los había “olvidado”. Eso es pura infamia si se tiene en cuenta las numerosas manifestaciones que han habido en Colombia contra los secuestros y por la liberación de los rehenes y la gran movilización el 4 de febrero de 2008 en las que millones de colombianos repudiaron a las Farc. Por eso, el reencuentro de los seis rehenes con su país tras la liberación ha sido tibio, cuando no frío e inexpresivo. La mediatización de los abrazos y de las sonrisas han servido a Caracas. Los agradecimientos han sido para Hugo Chávez, quien durante más de catorce años ha apoyado a la organización que los secuestró. Ellos lo ven ahora como su “libertador”. Jorge Eduardo Gechem, 56 años, quien sufriera siete ataques cardíacos, tiene una úlcera y problemas de columna vertebral, prefirió hacer el largo viaje hacia Caracas en lugar de ingresar rápidamente a Colombia. Gloria Polanco de Lozada tras aterrizar en Caracas, le pidió a Chavez “no bajar la guardia”. ¿Frente a qué? No se sabe. La prensa completó la idea pero más tarde: “No bajar la guardia para liberar a más rehenes”.
Las Farc han manipulado no solo a los rehenes, sino también a las familias de éstos. Ellas le han hecho creer a esas familias que la solución era el “acuerdo humanitario”, con “desmilitarización” y todo lo demás. Pero esa vía era utópica y abusiva para con la población. Por ello no ha dado resultado alguno durante cerca de diez años. Los verdugos utilizaron esa consigna para crear un muro entre esas familias y el gobierno colombiano. Y lograron que las víctimas estuvieran más a la escucha del victimario que de quien lucha contra éste. Por fortuna, hubo una honrosa excepción: la madre de Clara Rojas. ¿Por eso han montado una campaña para desacreditar a Clara Rojas?
Como dice un excelente editorial
[6] de El Colombiano, las Farc usan a los secuestrados “como botín de guerra”, ellas explotan a las personas “como objetos e instrumentos políticos y de confrontación”. Pero no sólo las Farc hacen eso. Los grupos y personalidades de la oposición que sostienen la teoría del “acuerdo humanitario” colaboran también, de hecho, con esa explotación miserable, contribuyendo a la consolidación de ese “instrumento de confrontación”. Sobre todo, ayudan a la mistificación de las familias de los secuestrados. Pues al decirles que ese “intercambio” es legítimo, necesario y posible, ellos validan el método escogido por las Farc, el del secuestro como arma política y disculpan lo que es una monstruosidad: el creer que el secuestro y el sacrificio de cientos de vidas inocentes paga políticamente.
Los rehenes siguen siendo utilizados después de haber alcanzado la libertad. Esa libertad, en algunos casos, es una caricatura de libertad. Pues los ex rehenes siguen sometidos a presiones psicológicas y materiales directas por parte de sus victimarios. Algunos ex secuestrados de las Farc, y de otras bandas criminales, han sido obligados a “lavar” dinero de sus captores. Muchas de esas víctimas han tenido que aceptar que los bandidos camuflen en sus cuentas bancarias, y en las de sus familiares, dineros del movimiento terrorista, dineros de los secuestros. Incluso las familias de los secuestrados son obligados a convertirse en cómplices de los criminales, cuando son forzados a conseguirles tarjetas para teléfonos celulares que van a ser utilizados en actos ilícitos. La perversión llega allí a un punto extremo.
Lo que están haciendo las Farc con los rehenes “políticos” que están soltando no es menos indignante. A falta de voceros, ellas hacen que éstos desempeñen ese papel. ¿Cómo hacen para ser obedecidas? ¿Utilizan la amenaza de tomar represalias contra los rehenes que quedan? ¿O emplean el método menos brutal de la persuasión ideológica?
En el sistema soviético, las víctimas eran torturadas. Pero como la tortura física no produce siempre los resultados buscados, eran puestas bajo una presión psicológica ilimitada. En 1949, el ministro húngaro de Relaciones Exteriores, Laszlo Rajk, un fiel servidor de Moscú, fue detenido y acusado de “querer destruir todas las conquistas de la democracia popular húngara”. Es el comienzo del proceso de Budapest. Rajk no cede ante la tortura. Finalmente, el declara ante el tribunal que “sea cual fuere el veredicto del tribunal del pueblo, yo lo tomo como justo”. Como en el caso de Bujarin, la esposa y el hijo de Rajk habían sido secuestrados por la policía. Pero en esa “confesión” intervino otro elemento. Es lo que un historiador
[7] llama “la verdadera arma secreta” de ese proceso: la convicción inculcada. Apoyándose en la creencia ideológica del acusado, en su ignorancia de la verdadera realidad del stalinismo, sus torturadores logran que éste no se retracte, para salvar con ello, le dicen, “la unidad y el honor del partido”.
En Indochina, los militares franceses capturados por las fuerzas del general Giap fueron sometidos a procesos de “reeducación”, es decir a sesiones de despersonalización y de politización maoísta destinadas a desarrollar en ellos agudos sentimientos de culpabilidad y de negación de los valores “burgueses”. Entre los torturadores que colaboraban en los campos vietminh en las sesiones de “acción psicológica” había militantes del Partido Comunista francés, como Georges Boudarel. Este fue desenmascarado muchos años después, en febrero de 1991, y acusado de crimen contra la humanidad.
¿Las Farc realizan cursos de “acción psicológica” en sus campos de concentración? ¿Los rehenes son objeto de ese tipo de prácticas? ¿Qué buscan exactamente las “discusiones políticas”, aparentemente banales que se suelen dar entre y con los rehenes?
Esos aspectos de la vida de los rehenes no han sido tratados suficientemente por la prensa colombiana. ¿Por que ese silencio? En cuando al gobierno, él debería tomar medidas para ayudar rápidamente a quienes salen del infierno de los campos de secuestro de las Farc. Debería proveerles apoyo moral, espiritual e intelectual específico, a través de equipos médicos y profesionales de la salud competentes. Es lo que se llama el debriefing, un tratamiento de reconstrucción emocional de las personas que han sufrido un grave stress, un choque o un proceso psicológico violento. La técnica del debriefing emplea sobre todo el diálogo, la entrevista, y aspira a transformar el caos emocional vivido en recuerdo no traumático.
No hay otra vía para impedir que los rehenes y víctimas de las Farc, sean cosificados por éstas, utilizados tras su liberación como peones en el espacio social, político y mediático. Dejarlos sin esa ayuda equivale a prolongar el sufrimiento emocional generado en ellos por esa cautividad terrible e injusta.