Se cumplen cinco años de la guerra de Irak. Abundan los comentarios críticos con la intervención americana y con la situación actual. Sin embargo, la realidad es otra.
Irak progresa sin ayuda del progresismo
Durante el año 2006, especialmente después del atentado de la mezquita de Samara que originó lo que se ha denominado violencia sectaria, prácticamente nadie que contara en el ámbito del debate público daba nada por Irak. Su futuro, dictaba el consenso, estaba sellado. Derivaría en una guerra civil que haría añorar los tiempos del tirano Sadam, y Bush era el culpable.
Cinco años después de la orden de Bush de invadir Mesopotamia y un año después del incremento de tropas comandado por el general Petraeus, Irak está en camino de convertirse en la segunda democracia estable de Oriente Medio, y nadie parece impresionado.
Un tanto incrédulo, Mario Vargas Llosa ya se preguntaba en El País del 4 de noviembre de 2007 por la victoria en Irak. Resumía allí los argumentos polémicos pero nada propagandísticos ni demagógicos de Bartle Bull en Prospect. Escribía el escritor peruano que:
“Las perspectivas que el analista británico señala para el porvenir de Irak son probablemente exactas, aunque los plazos sean acaso más prolongados de lo que él cree. Sólo el odio tan extendido hacia los Estados Unidos explica ese consenso, entre los comentaristas y políticos occidentales y tercermundistas, de que, al igual que en Vietnam, las tropas norteamericanas terminarían partiendo a la carrera, expulsadas de Irak por los “resistentes” y la repulsa de la opinión pública internacional”.
Y terminaba:
…la retirada de las tropas se irá haciendo sólo en la medida en que el gobierno iraquí esté en condiciones de reemplazarlas tanto en la batalla contra el terror como en el mantenimiento del orden público. Si es así, yo también pienso que los enormes sacrificios hechos estos últimos cuatro años y medio por el pueblo iraquí no habrán sido inútiles.
El New York Times, otro templo del progresismo, titulaba el 8 de noviembre pasado: Grupo militante, fuera de Bagdad, dicen los Estados Unidos. El críptico encabezamiento era ciertamente digno de la comparación que aplicaba Churchill a Rusia: “una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma”. Lo que significaba, sin decirlo del todo, era: AlQaeda en Irak, que el Times para disimular llama ingeniosamente (¿) AlQaeda en Mesopotamia, nombre que usan los terroristas, ha sido expulsado de los barrios de Bagdad. Las más numerosas tropas americanas controlaban cada vez mejor, más territorio, y la población iraquí estaba dando la espalda a la violencia brutal.
Lo cierto es que ha predominado el silencio acerca de lo que Vargas Llosa llama la contraofensiva última dirigida por el general Petraeus que ha tenido incluso más logros de los esperados. Cuando no ha habido silencio, ha habido desdén y desconfianza. En otros casos, alguno sonado, se ha negado la realidad de la evolución positiva. Así, por ejemplo, el 11 de septiembre de 2007, la Senadora Clinton durante la audiencia del general en el Congreso le dijo que creer su informe acerca del progreso en Irak requería una suspensión voluntaria de la incredulidad.
Algún día alguien estudiará las pulsiones posmodernas que han convertido la razonable discrepancia sobre todo conflicto bélico en un concurso de mentiras interesadas, pacifismos de salón y confesiones de debilidad disfrazadas de sentimentalismo. Mientras tanto, conviene hacer un balance argumentado de lo que ha pasado en esa confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, en ese sitio donde los niños estudiaban – antes del socialismo – que empezó la civilización, y donde dice la Biblia, nació Abram, que al convertirse en Abraham sería la cuna de las tres religiones del Libro.
Camino de la guerra de Irak: el contexto del conflicto
Pero esta historia comienza al alba del 11 de septiembre de 2001, cuando unos fanáticos suicidas convirtieron unos aviones en proyectiles y decidieron que, después de todo, ellos iban a marcar el comienzo del siglo XXI. La guerra que se hizo patente aquél día iba a tener reverberaciones de tal calibre y un efecto multiplicador tan enorme que, desde entonces, la confrontación militar se vería acompañada de otra en el terreno de las ideas o cultural – según el término preferido en la otra orilla del Atlántico. Sus consecuencias electorales, sociales y morales, para europeos y americanos, no se alcanzan aún a determinar. En todo caso, ninguna época de guerra ha contado en Occidente con una quinta columna tan numerosa como la actual, ni con unos defensores de los valores en contienda tan comprensivos, tímidos y dubitativos con sus oponentes ideológicos.
En los tiempos posteriores al atentado se estableció una comisión para examinar qué elementos de la prevención y seguridad habían podido fallar. Durante este análisis varios aspectos defectuosos salieron a la luz. Probablemente el más elocuente de todos fuera el denominado muro de separación, que prohibía ciertos intercambios de información entre la CIA, que opera recabando información en el ámbito exterior, y el FBI, cuya labor es de protección dentro del territorio de los Estados Unidos. Esta doctrina, dispuesta bajo la presidencia de Clinton, tenía su fundamento en una serie de razonamientos presuntamente técnicos. No eran ajenas a ellos las quejas de ciertos círculos del progresismo que denunciaba la supuesta amenaza para la libertad y los derechos de una excesiva coordinación entre estas agencias de seguridad.
Tanto la propia comisión como varios medios de comunicación advertirían con posterioridad lo absurdo de esta regulación, y la necesidad de restablecer la cooperación entre aquellos a los que se encomienda proteger y servir a los ciudadanos americanos. Quizá el relato que mejor ejemplifica hasta qué punto era errada esa disposición es el siguiente:
Ali Soufan, un agente del FBI asignado a Al Qaeda, fue llamado aparte el 12 de septiembre y por fin se le mostraron los nombres y fotos de los hombres que llevaban más de un año en América según la CIA. Los aviones ya habían golpeado. Soufan corrió al baño y vomitó.
Finalmente la comisión eximió de responsabilidad a todos los gobiernos anteriores, pues la culpa yacía en los terroristas, lo que era hasta tal punto razonable que la política frente al terrorismo islámico, bajo Republicanos o Demócratas, en los treinta años precedentes había sido sustancialmente la misma. Cuál.
Durante las décadas de los 70, 80 y 90, una macabra lista de atentados terroristas contra personas e intereses americanos en el mundo islámico no llegó a agotar la paciencia de las autoridades. La respuesta, desde el diagnóstico al tratamiento, fue la de considerar estas actuaciones como una molestia – nuisance - con la que vivir, mientras se descubría el correcto cocktail de medidas diplomáticas, policiales y, en casos aislados, militares, que pudiera prevenir el peligro.
Entre 1970 y 1975 se produjeron atentados mortales y varios secuestros de personal diplomático americano en Sudán, Líbano e Israel. No hubo represalias. La guinda de ese pastel llegó en 1979 cuando la revolución islámica en Teherán consideró un deber someter al Gran Satán a la prueba del secuestro de 52 de los trabajadores de su embajada. Carter llegó a organizar una operación de rescate, después de largos meses de dudas, que Podhoretz ha considerado propia de una película de los Hermanos Marx, si no hubiese sido más humillante que cómica.
La liberación de los rehenes coincidió con la inauguración en el poder de Reagan, al que los autores de los hechos veían con más temor. Sin embargo, en 1983, la entonces incipiente organización sirio-iraní Hezbollah hizo explosionar un camión ante la embajada americana en Beirut matando a sesenta y tres personas. En aquellos años existía una fuerza de paz con apoyo multinacional en Líbano, en la que participaban soldados americanos. 241 marines fueron asesinados en sus cuarteles del aeropuerto de la capital. Poco tiempo después, Reagan sacó a sus tropas del lugar.
Más crímenes y secuestros contra el mismo país fueron marcando la tendencia de los ochenta. Más coches bomba siguieron haciendo explosión en los mismos sitios con la misma respuesta, o ausencia de ella.
En 1985, el secuestro de un avión de la TWA acabó en el aeropuerto de Beirut con la sórdida imagen, retransmitida en televisión, del cadáver de un oficial americano siendo lanzado al asfalto de la pista desde la aeronave. Ese mismo año fue secuestrado el barco Achille Lauro y uno de sus pasajeros, judío americano, inválido para más señas, lanzado por la borda.
La Libia de Gadafi fue vinculada a este acto, lo que añadido a otros atentados en los aeropuertos de Roma y Viena, y en una discoteca de Berlín Oeste frecuentada por soldados americanos, llevó a Reagan a bombardear. Durante tres años Gadafi permaneció en silencio. En 1988, la voladura de un avión de la PanAm sobre la ciudad escocesa de Lockerbie causó 270 muertos. Para el año 2001 había una condena penal de un agente libio en relación con este atentado.
Siguieron sucediéndose incidentes hasta que en 1993 una bomba mató a seis personas en las Torres Gemelas de Nueva York. El gobierno de Clinton aplicó toda la fuerza del sistema criminal de los Estados Unidos, sin atender a los datos de sus servicios secretos que creían responsable a un grupo poco conocido con sede entonces en Sudán, AlQaeda. Ese mismo año, el ex presidente Bush fue objeto de un intento de asesinato en Kuwait por parte de agentes iraquíes. Se lanzaron varios misiles sobre Bagdad causando daños materiales.
Continuaron los atentados. En 1996 las Torres Khobar en Arabia Saudí resultaron atacadas perdiendo la vida 19 soldados americanos. Siguieron detenciones y la actuación de los tribunales.
Varias embajadas en África fueron atacadas en el verano de 1998 matando a unas doscientas personas. AlQaeda reivindicó la autoría. En las inigualables palabras de la columnista Ann Coulter, Clinton lanzó misiles sobre Sudán donde se escondía entonces Bin Laden, dañando gravemente a un camello y una fábrica de aspirinas.
Bin Laden, de nuevo, en el año 2000, hundió el acorazado Cole en un puerto de Yemen. Diecisiete muertos.
En una entrevista de 1998, el islamista radical declaraba:
Después de abandonar Afganistán los combatientes musulmanes se dirigieron a Somalia (donde una intervención humanitaria, con aval de la ONU en 1993, acabó con varios Rangers muertos y sus cadáveres paseados por las calles de Mogadiscio) y se prepararon para una larga batalla pensando que los americanos eran como los rusos. Los jóvenes se quedaron sorprendidos por la baja moral de los soldados americanos y se dieron cuenta, más que antes, de que el soldado americano era un tigre de papel que tras unos pocos golpes, huía derrotado.
Así es como Podhoretz cuenta esos años de envalentonamiento de los terroristas en un capítulo de su último libro.
La Doctrina Bush: el instrumento teórico para hacer frente a la amenaza
Resultó pues que tras años de creciente violencia en Oriente Medio se alcanzó una suerte de culminación el 11 de septiembre de 2001.
Ocupaba entonces la Casa Blanca un segundo presidente Bush conocido por sus dificultades para recordar el nombre de mandatarios internacionales. Había llegado al liderazgo del mundo libre por escasos votos tras una dura pelea legal sobre papeletas mal agujereadas en el estado de Florida. Adherido por tradición a la escuela Realista en política internacional, no pensaba tener que enfrentarse con la mayor amenaza de muerte sobre territorio americano en toda su historia.
No obstante, reaccionó con inusitada agilidad. Pocos días después de los atroces atentados que conmocionaron al mundo, decía:
No olvidaré la herida causada a nuestro país ni a quienes la infligieron. No cederé y no descansaré, no desfalleceré en este combate por la libertad y la seguridad del pueblo americano. El transcurso de este conflicto no lo conocemos, pero su resultado sí. La libertad y el miedo, la justicia y la crueldad, siempre han estado en guerra, y sabemos que Dios no es neutral entre ellos.
Era el primer pilar de la Doctrina Bush: adoptar principios morales como guía de la política internacional.
Esta era una posición defendida por un grupo de escritores y académicos que se habían dedicado sobre todo a combatir la contracultura de los sesenta en Estados Unidos y reclamar los valores de la sociedad tradicional americana. En materia de relaciones exteriores habían venido limitando su actividad al rechazo sin fisuras del comunismo, precisamente porque habían de prevalecer los principios morales de Occidente. Eran esas notas neo-conservadoras las que resonaban en los discursos de Reagan contra el Imperio del Mal, y en las brumas de Berlín: Sr. Gorbachev, derribe este Muro.
La inmediata consecuencia de lo anterior era:
Durante décadas las naciones libres han tolerado la opresión en Oriente Medio en nombre de la estabilidad. En la práctica, esta tendencia nos ha traído escasa estabilidad y mucha opresión, así que, he cambiado esta política.
Se desembocaba así en el segundo pilar de la Doctrina: la expansión de la democracia y la libertad, no sólo en aras de desprendimiento y altruismo sino por ser el interés de los Estados Unidos para garantizar su futura seguridad.
Así, resultaba claro que se equiparaba a los terroristas y aquellos estados fallidos o delincuentes que los albergaban y protegían. Pero aún había más. Los Estados Unidos habían sido atacados en lo que se veía como una sorpresa sólo comparable a lo sucedido en Pearl Harbor hacía sesenta años. ¿Cómo evitar otros sobresaltos todavía más letales?
Adoptando el tercer pilar de la Doctrina:
Seremos decididos, pero el tiempo no está de nuestro lado. No me pararé a esperar los acontecimientos, mientras los peligros confluyen. No me pondré a un lado mientras la amenaza se acerca más y más. Los Estados Unidos de América no permitirán a los regímenes más peligrosos del mundo que nos amenacen con las armas más destructivas.
De manera más afinada, ante los graduados de West Point un año después, junio de 2002:
Durante una parte sustancial de la pasada centuria, la defensa de América descansó en las doctrinas de la guerra fría de disuasión y contención. En algunos casos, esas estrategias siguen siendo válidas. Pero las nuevas amenazas también requieren pensar las cosas de nuevo. La disuasión – la garantía de una respuesta masiva contra naciones – no significa nada frente a redes terroristas fantasmales que no tienen naciones ni ciudadanos que defender. La contención no es posible cuando dictadores desequilibrados con armas de destrucción masiva pueden hacer uso de esas armas o misiles o proporcionárselos secretamente a aliados terroristas.
Conclusión, la prevención como necesidad:
En el mundo en el que hemos entrado, el único camino hacia la seguridad es el camino de la acción. Y esta nación actuará.
Por último, el cuarto y último pilar estaba orientado a dar respuesta al sempiterno conflicto de Israel con los palestinos. Para ser congruente con el resto de la argumentación, no se podía seguir sosteniendo ni vagamente un estado palestino que protegiera y facilitara el terrorismo, bajo la dirección de un terrorista como Arafat. En definitiva, en junio de 2002 quedaba concluida la construcción teórica de la Doctrina Bush:
Hoy, las autoridades palestinas no se están oponiendo al terrorismo, sino que lo están promoviendo. Esto es inaceptable. Los Estados Unidos no apoyarán el establecimiento de un estado palestino hasta que sus líderes se comprometan a una lucha sostenida contra los terroristas y desmantelen su infraestructura.
Bush lied, people died?
Sólo en el contexto apropiado, que es el precedente, puede entenderse la orden de invadir Irak. Cuando por fin, tras los largos meses de tanteos para lograr la siempre dudosa legitimidad de una resolución suplementaria del consejo de seguridad de la ONU, se inició la operación Libertad Iraquí, virtualmente todo el mundo occidental había perdido de vista – si es que alguna vez la tuvo en cuenta - toda esta elaboración teórica. El único asunto relevante era la existencia o no de la supuesta pistola humeante de las armas de destrucción masiva. No se advertía, por otra parte, que el humo en cuestión no podía esperarse salvo que se quisiera garantizar la imposibilidad de defenderse.
Cuando con el tiempo fue desvelándose que ya no quedaban grandes arsenales de estas armas en Irak, el discurso fue desviándose interesadamente hacia una acusación de mentira deliberada por parte del gobierno americano. Pero tampoco esto era verdad pues nadie dudó de la amenaza que representaba Sadam ni sus armas.
Clinton, en 1998:
Si Sadam rechaza la paz y tenemos que hacer uso de la fuerza, nuestra decisión es clara. Queremos disminuir seriamente la amenaza que plantean las armas de destrucción masiva de Irak.
O Madeleine Allbright, su ministra de exteriores, 1998:
Irak está muy lejos (de los Estados Unidos), pero lo que sucede allí tiene mucha importancia acá. Porque el peligro de que los líderes de un estado delincuente use armas nucleares, químicas o biológicas contra nosotros o nuestros aliados es la mayor amenaza de seguridad a la que nos enfrentamos.
El propio Kerry, candidato derrotado a la Casa Blanca, por la misma época, urgía a Clinton para:
Ejecutar las acciones necesarias (incluyendo, si procede, ataques aéreos y con misiles sobre sitios sospechosos en Irak) para responder efectivamente a la amenaza planteada por la negativa de Irak a detener sus programas de armas de destrucción masiva.
En 2002, insistía:
Votaré para darle al presidente de los Estados Unidos la autoridad para usar la fuerza – si es necesaria – para desarmar a Sadam Husein, porque creo que un arsenal mortal de armas de destrucción masiva en sus manos es una amenaza grave y real a nuestra seguridad.
La senadora Hillary Clinton, hoy candidata a la presidencia, en octubre de 2002 – cinco meses antes de la intervención -:
En los cuatro años desde que los inspectores se marcharon, los informes de inteligencia muestran que Sadam Husein ha trabajado para reconstruir su arsenal de armas químicas y biológicas, su capacidad balística y de misiles, y su programa nuclear. También ha proporcionado ayuda, cobijo y santuario a terroristas, incluidos miembros de AlQaeda.
El incombustible defensor del cambio del clima, Al Gore, en septiembre de 2002:
El intento de Irak de conseguir armas de destrucción masiva se ha demostrado como resistente a toda disuasión, por lo que debemos asumir que continuará mientras Sadam esté en el poder.
En cuanto a las agencias de inteligencia, si se recuerda lo que decían, el panorama era aún más abrumador.
La Estimación de Inteligencia Nacional, que es el feo nombre burocrático que los americanos dan al consenso logrado por sus numerosos organismos encargados de recabar información relevante, decía en 2002:
Irak continúa, y en algunos casos incrementa sus programas químicos, biológicos, nucleares y de misiles en contra de las resoluciones de la ONU.
Ninguno de los servicios de Inglaterra, Alemania, Rusia, China, Israel o Francia discrepaba de esta convicción.
Recientemente el Departamento de Defensa de los Estados Unidos ha desvelado que Sadam apoyó activamente durante los 90 varios grupos terroristas y concretamente uno dirigido por el hoy vicejefe de AlQaeda, AlZawahiri. El informe recoge las conclusiones de estudiar documentos capturados a terroristas durante la guerra. He aquí un pasaje relevante:
Dado que las organizaciones de seguridad de Sadam y la red terrorista de Osama Bin Laden operaban con objetivos similares (al menos a corto plazo) era inevitable un notable solapamiento en lo que se refiere a controlar, contactar, financiar y entrenar a los mismos grupos foráneos. Esto generaba por un lado la apariencia de una colaboración y por el otro unos vínculos de hecho entre las organizaciones. En ocasiones estas organizaciones trabajaban juntas persiguiendo objetivos comunes, pero manteniendo su autonomía e independencia por razones innatas de cautela y desconfianza mutuas. Aunque la ejecución de planes terroristas iraquíes no era siempre exitosa, hay pruebas de que Sadam seguía utilizando tácticas terroristas y apoyando grupos terroristas hasta el mismo final de su régimen.
Con todo, el diario Le Monde, titula al respecto: La administración (por el gobierno) Bush admite que no había ningún vínculo entre Sadam Husein y AlQaeda.
Simples mentiras frente a verdades complejas: estado de la situación
Estamos ahora en 2008. Irak crecerá económicamente el año en curso, según el Fondo Monetario, un 7%, algo más que España. El declinar de la violencia causada por los terroristas, desde el aumento de tropas en enero de 2007 ha sido un logro fabuloso del general Petraeus. Esto se ha llevado a cabo gracias a tres operaciones militares de envergadura: La denominada Aplicación de la Ley, destinada a garantizar la seguridad entorno a Bagdad. La segunda, de verano del 2007, que expulsó a AlQaeda en Irak de los santuarios en que se había hecho fuerte. A partir de mediados de agosto de 2007, la tercera operación consistió en perseguir a los terroristas que huían para evitar que se instalaran en otras zonas. Por último, en estos meses se ha lanzado una cuarta operación destinada a terminar de echar a los terroristas que trataban de reagruparse en Diyala, junto con la batalla de Mosul donde se han refugiado la mayoría de los restantes.
En Irak hay una Constitución desde 2005. El primer gobierno elegido democráticamente de su historia, que sustituye al sanguinario Sadam, lleva casi una legislatura. Se han adoptado leyes en este periodo para unir a las partes del país entorno al uso compartido de los recursos naturales, tratando de buscar los mejores modos de convivencia entre las distintas creencias y zonas del país, que han luchado unidas contra los terroristas. Hay elecciones generales previstas para 2009.
Durante el año 2006, el atentado contra la mezquita de Samara, templo santo de los chiítas, hizo desembocar al país en una confrontación hasta entonces evitada entre estos y los suníes. La conflagración era uno de los objetivos desvelados de AlQaeda. Aparentemente habrán de transcurrir años hasta que se cuente de una manera decente cómo los americanos le han dado la vuelta a esta situación, siguiendo los consejos de incremento de tropas que los pocos neo-conservadores que quedaban venían defendiendo, y frente al Iraq Study Group dirigido por el ex secretario de estado Baker, que propugnaba una retirada ordenada.
Por ventura, el 10 de enero de 2007, elpresidente Bush anunciaba un plan que ha dado sus frutos. Jules Crittenden, un periodista integrado en 2003 en las tropas de combate que entraron en Bagdad, escribe:
La facilidad de la expulsión de los talibanes creó la falsa impresión de que nos las habíamos arreglado para reinventar la guerra en una manera más aceptable.
Pero al final lo único que hemos logrado como nación tras seis años y medio de guerra es confusión. Esta guerra no es fácil de entender, ha estado desarrollándose durante décadas. Se ha expresado en mil maneras, desde terrorismo de baja intensidad, a guerra convencional, pasando por amenazas nucleares, a lo largo de varios continentes, y con muchos adversarios, aparentemente desconectados. Sólo esa parte que llamamos la guerra de Irak ha implicado a muchos adversarios diferentes, no siempre claros, en varios conflictos solapados. Frente a este tipo de complejidad, no es tan sorprendente que vagos mensajes de ‘esperanza’ y ‘cambio’ resuenen en el público americano y que los políticos luchen por apropiárselos.
La vaciedad del debate sugiere que nuestra nación está en peligro de fracasar en la prueba de nuestro tiempo. Las circunstancias abstractas de causa y efecto en esta guerra han engendrado un impedimento de apreciar la realidad por parte de algunos, e incluso entre los más altos rangos de nuestro liderazgo, en algunos casos, crudamente, por razones de ventaja política.
Irak se ha convertido en el campo de batalla central del siglo XXI en la guerra contra el islamismo, y podía haber estado destinado a ser así, con o sin nosotros.
Sin embargo, no vamos por donde muchos dicen:
Cinco años después, la amenaza que Sadam Husein suponía para la estabilidad de la región – o del globo si se tiene en cuenta los recursos sobre los que pretendía poner su mano – ha sido neutralizada. El coste en vidas americanas e iraquíes hasta el momento puede haber evitado un coste mucho mayor, aunque podemos todavía hacernos una idea de este si nos marchamos de manera precipitada.
Aunque nunca se gana una guerra fácilmente:
Todas las guerras atraviesan fases y es poco realista no esperar fallos. En este caso, sin embargo, son citados más frecuentemente no como ejemplos para mejorar en el esfuerzo bélico, sino como excusas para el abandono. El gobierno de Bush ha tenido éxito al final con una estrategia contra-insurgente que ha dejado disminuida a AlQaeda en Irak, y ha logrado bloquear a las milicias chiítas. La capacidad militar de Irak está mejorando y el próximo presidente puede muy bien heredar un Irak más o menos pacificado y reconciliado, una posición de influencia americana incrementada en Oriente Medio, grupos terroristas enfrentados entre sí en posiciones muy comprometidas, y una lista de nacientes democracias.
Por fin, concluye:
Los Estados Unidos tienen un compromiso con Irak y con el conjunto de la zona y un interés considerable en la defensa de sociedades libres y abiertas. Si abandonamos nuestras responsabilidades, simplemente plantamos las semillas de futuros conflictos. La cuestión clave de la campaña presidencial de 2008 es si la parte de la guerra global contra el terror que empezó hace cinco años se llevará a término satisfactoriamente o si el esfuerzo para terminar con la guerra de Irak quedará marcado por un tipo diferente de enredo, queja, ruido del que yo oí al amanecer cinco años ha, seguido de explosiones más devastadoras.
El propio Michael O’Hanlon de la Brookings Institution, de orientación Demócrata, escribía el 11 de marzo pasado:
Estos puntos de vista (acerca de errores en la guerra o angustia por su continuación) son (…) defendibles. Pero en ocasiones no tienen en cuenta la realidad de lo mucho que ha pasado en Irak en los doce últimos meses bajo la estrategia basada en el incremento de tropa que ha dirigido el general Petraeus. La mayoría de los Demócratas parecen minusvalorar o incluso negar el progreso, a pesar de la reducción de la violencia en un 75% y los inicios de un compromiso político en Irak.
Hace poco, entre algunos partidarios iniciales de la guerra desencantados con los sucesos del año 2006 se recordaba el lema que empezaba a reproducirse en carteles y pegatinas: Sé bueno con nosotros, o te llevaremos la democracia. Esta anécdota, que pretendía ilustrar el fracaso de las buenas intenciones, reflejaba mal el modo en que se ha tergiversado interesadamente acerca de un asunto complejo, y la atroz demagogia que se ha desplegado. Una voracidad por la mentira y el uso de medias verdades que sólo puede resumir una frase que solía repetir el afamado Norman Mailer, ese enfant terrible de la izquierda más recalcitrante:
Nunca se puede estar demasiado seguro acerca de lo que ha pasado.
Que es la versión más cínica de aquella afirmación inicial de Revel en El conocimiento inútil: la primera de las fuerzas que mueven el mundo, es la mentira.
Sin embargo si seguimos el ejemplo de esa otra doctrina que combatió la guerra fría, formulada por un presidente, Truman, valorado muy negativamente al final de mandato por la guerra de Corea, puede intentarse llevarle la contraria al escritor francés; con Bush:
Ya los hemos visto antes. Son los herederos de las ideologías asesinas del siglo XX. Al sacrificar la vida humana para servir sus visiones radicales, al abandonar todo valor y guiarse por la única voluntad de poder, siguen el camino del fascismo, del nazismo y del totalitarismo. Y seguirán ese camino entero hasta donde termina, en la tumba sin epitafio de las mentiras desechadas por la historia.